jueves, 9 de agosto de 2007

Un moco


La Real Academia Española nos dice que la palabra grupo puede ser definida como “pluralidad de seres o cosas que forman un conjunto, material o mentalmente considerado”. Entonces, para que alguien pertenezca a un grupo debe precisamente compartir alguna cualidad o una característica única e identificable con otras personas.
Pensando un poco más, ya en un esfuerzo sobrehumano, traté de hallar qué aspecto une a los automovilistas, pero no en sus vidas, sino puntualmente cuando están al volante.
Tal vez el placer de manejar; pero no, porque muchos lo hacen casi como una obligación o lo ven como un simple medio de transporte.
La necesidad de insultar cuando otro realiza una maniobra equivocada, imaginé, aunque después de meses de observación caí en la cuenta de que la mayoría de los automovilistas no insulta ni toca la bocina.
¿Qué podría ser?
Ya me estaba desgranando los sesos y luchaba contra mi impotencia intelectual al no poder hallar alguna característica común a todos los automovilistas. Porque, por ejemplo, la falta de respeto al peatón sólo se da en las ciudades latinoamericanas, pero no en otros lugares con mayor educación vial, por caso Estocolmo, no. Entonces tampoco podría encuadrar mi teoría en esa cualidad.
Luego de horas, días y hasta meses de una fuerte deliberación interna estaba a punto de darme por vencido. No había manera de codificar a los automovilistas como una raza, al menos cuando están sobre sus vehículos.
Afortunadamente, en ese momento de desazón, cruzaba la avenida General Paz hacia mi trabajo, cuando una visión cuasi divina solucionó mi problema e iluminó mi espíritu.
¡Lo había encontrado! Había hallado aquello que ningún automovilista puede evitar.
Sucedió que al intentar cruzar la calle, un Peugeot 505 marrón oscuro pasó por mi lado de manera vehemente, sin detenerse en que por poco no se lleva mi humanidad consigo. Yo, como cualquier ser humano común, giré mi cabeza hacia la izquierda, por donde se dirigía el vehículo, para rajarle una soberana puteada, cuando apareció la visión divina: el hombre, muy abstraído en sus pensamientos, se estaba hurgando la nariz de una manera casi grosera. Tanto, que parecía que en realidad se rascaba el cerebro.
De pronto, observé un Fiat 147, conducido por una bella mujer, quien de disimuladamente insertó su dedo meñique, con mucha delicadeza, aquella que sólo tienen las mujeres refinadas, para sacarse alguna inmundicia de su fosa nasal derecha.
Allí fue cuando descubrí que por algún motivo extraño, todos los automovilistas alguna vez en su vida se han sacado un verde y jugoso moco de sus narices.
Nadie queda exento de esta ley universal, aunque lo nieguen, porque la mayoría lo niega, vale aclararlo. Pero evidentemente lo hacen de manera inconsciente, casi sin quererlo.
Es como si una fuerza superior en algún momento de sus vidas empujara su mano hacia su nariz y los llevara a ese inmenso placer que es sacarse un buen moco cuando este molesta las vías respiratorias. Luego lo hacen un bollito con sus dedos índice y pulgar y generalmente lo desechan hacia el asfalto.
Lo curioso de estos casos es que todos nos hemos sacado un moco alguna vez en nuestras vidas, sólo que normalmente buscamos lugares privados. Nada de hacer pública una actividad tan desagradable.
Pero los automovilistas, como si fuesen solos por la vida, no se detienen a pensar que sus vidrios son por lo general transparentes y que desde fuera puede verse absolutamente todo.
Tanto que normalmente, los transeúntes solemos poner cara de asco cuando observamos a alguno de esos genios del volante sacarse un buen moco con una sonrisa placentera, cual deber cumplido.
Así fue que comprobé la gran característica universal que une a toda persona que maneja automóviles: sacarse los mocos.
¡Díganme si no me merezco un Nobel!

La eterna pregunta

Normalmente me levanto cerca del mediodía. Sí, ya sé, me gusta la noche. Me baño, almuerzo algo liviano y voy hacia el trabajo. Hasta ese momento del día la duda que carcome mi cerebro y que no me deja vivir en paz todavía no ha llegado.
Salgo de mi casa, me voy caminando porque además de ahorrar unos pesos creo que para ser un buen periodista uno de los requisitos es caminar la calle, y veo en la calle 25 de Mayo, la primera cuadra peatonal de Córdoba, a un cieguito tocando un acordeón con una latita en sus pies que nunca tiene más de dos o tres monedas.
Sigo caminando, cruzo la calle, y observo a los pibes que venden la revista La Luciérnaga; más adelante, una nena arrodillada junto a una puerta con un cartelito en el pecho diciendo que no es de este país y pidiendo a gritos una moneda. Un par de pasos más y una mujer con el mismo cartelito, arrodillada de la misma manera pero con un bebé en sus brazos, rogando por una limosna.
Después, están los chicos que como no cobran en sus becas, deleitan al público de ocasión con música clásica. Un poco más allá, otro ciego, más joven que el anterior, tocando con su guitarra temas de la trova cubana. A la vuelta, frente a la Legislatura, un pibe con síndrome de dawn pide una moneda; a su lado, un hombre mayor, ciego y con problemas motrices pide ¡una ayuda por favor!, en cordobés básico. O sea, ¡una aiuda por favor!
Además, durante todo el recorrido pueden observarse a los mozos de los bares echando a patadas a los chiquitos que, con sus ropas harapientas, dejan una tarjetita en cada mesa de las señoronas o los yuppies para pedir una monedita.
Ya en Vélez Sarsfield, a media cuadra de Deán Funes, un par de tipos intentan cuidar algunos autos; en la esquina, está la chica que vende La Luciérnaga, a quien yo siempre le compro esa revista. Después de dos años de trabajo y unas ocho horas por día, pudo comprarse unos lentes de aumento.
Cruzando la calle, en diagonal, hay dos pibes más que también venden La Luciérnaga y que cuando pueden abren las puertas de los taxis a cambio de algún centavo. Enfrente, en el ex Banco Social, generalmente hay una familia, que como no tiene casa se sienta a pasar la tarde allí.
Cuando llego a mi trabajo, en el diario Hoy Día Córdoba, las primeras informaciones locales me indican que un chico de catorce años acuchilló a otro por encargo de un tercero; que mataron a un tipo porque era linda su campera; que en un barrio reclaman porque no tienen agua o porque no tienen cloacas y la bosta los está tapando; etcétera. Posteriormente, me dedico a lo que ahora sería mi especialidad: política internacional. Aquí me encuentro con soldados norteamericanos que mueren todos los días, producto de los ataques de la resistencia iraquí, mientras sus compañeros reaccionan metiéndole un balazo a cuanto árabe con turbante se cruzan. Más arriba, en el mapa digo, los jóvenes palestinos mueren porque cometen la osadía de tirarle una piedra a un tanque de guerra, que obviamente contesta con balas; una nena israelí que fue con su mamá al shopping voló en mil pedazos, víctima de un atentado suicida, donde ese suicida es una persona que decidió morirse, pero acompañado. En Africa las guerrillas secuestran niños y niñas, potenciales soldados los primeros y placer las segundas. En el continente negro también hay muertos, pero se cuentan de a cien.
Terminado mi trabajo, voy a tomar un café y me encuentro con esos chicos que son echados a patadas por los mozos por pedir una moneda y por estar sucios. El mozo no entiende que esos chicos viven en esos barrios donde no hay agua potable.
Más tarde, a la noche, en los bares de Nueva Córdoba, una mujer con un batallón de chicos sale a pedir en cuanto bar encuentra. En el bulevar Illia unos pibes duermen en la entrada a un edificio, que está al lado de una pizzería, tapados con una caja de cartón desarmada. Seguramente cuando el portero se avive que están allí los echará a patadas porque dan una mala imagen al edificio.
Cuando vuelvo a mi casa, caminando siempre, me cruzo con los cartoneros. Los cartoneros son familias que se dedican a buscar precisamente cartones, que luego los venden por algo de dinero. Pero como ya no los dejan entrar al centro de la ciudad con sus carros tirados por caballos, los cartoneros deben arrastrar ellos mismos los carros para luego descargar lo obtenido en las carretas que los esperan en las entradas del Centro. Hacen estos viajes innumerables veces al día.
Esto no es lo único que veo en estos recorridos diarios, pero enumerarlo todo se haría interminable.
Más tarde llego a mi casa, encuentro a mi familia, a mis perros, y cuando me acuesto en mi cama, en mi pieza con calefacción, la duda, la pregunta que ya ha estado rondando por mi cabeza durante todo el día, me atormenta con violencia. He buscado a través de la filosofía, de la psicología, de mis propios sentimientos y de mil maneras más pero no he logrado responderla. A veces lloro.
¿Qué demonios es la felicidad?
Y luego, me duermo.

El padre falluto

La escenografía otoñal ofrece el marco perfecto para ese barrio residencial de alguna parte del mundo. Los árboles que tiñen sus copas de un marrón claro y que dejan caer sus lágrimas en forma de hojas hacia los pastizales ya amarillos por la cercanía del invierno permiten al curioso observador pensar que tal vez el paraíso no diste demasiado de aquella visión.
En una de las amplias aceras, el padre, rubio y fornido, lleva a su hija blanca como la nieve de la mano. Una mano protectora que para la nena de cabellos de oro puede cubrir el mundo entero y aislarla de cualquier peligro.
Él fue a buscarla a la escuela y la traía de nuevo a casa. Era un alto en su trabajo en el cual se daba el placer de acompañar a su hija, su sueño, más no sea por unos minutos. Ese momento, para ambos, era mágico, perfecto.
Mientras caminaban, uno al lado del otro, el padre la tomó entre sus brazos trabajados, la alzó y le dijo al oído:
-Hija, mientras yo esté cerca de ti, nada va a pasarte.
Continuaron caminando en una especie de recreo excelso cuando, de repente, al cruzar la calle, una camioneta negra, de miles de dólares, apareció de la nada y a gran velocidad embistió a la nena lanzándola a unos veinte metros de la mano de su padre. Murió al instante.
El padre falló.

miércoles, 8 de agosto de 2007

Medio lleno... o medio vacío


La indefinición en la Asamblea Constituyente, las críticas de algunos por la falta de transformaciones “profundas” y los reclamos sectoriales empañaron los festejos que el presidente Evo Morales había planeado para el 182º aniversario de la independencia de Bolivia, que se cumplió el lunes. Lejos de los actos masivos y con vítores, el mandatario en este caso tuvo que tolerar algunos abucheos cuando se presentó, varias horas más tarde, en el desfile cívico preparado por el gobierno de Sucre.
Pero lo de los abucheos es lo de menos, puesto que provinieron de un sector mínimo de la concurrencia. Lo más preocupante para el presidente es precisamente la pérdida de, podríamos decirle, empuje que registró su gobierno luego de un inicio por demás optimista, cuando cumplió a rajatabla todas las promesas electorales que había cumplido, con el llamado a una Asamblea Constituyente y la nacionalización de los hidrocarburos como banderas. Sin embargo, un año y medio después de la asunción del gobierno vemos que la Asamblea lleva ya un año estancada y que la nacionalización de los recursos naturales no fue tan extrema como algunos exigían. Y es que, luego de 18 meses, el presidente Morales y su trouppe tal vez descubrieron que no es lo mismo hacer política desde la oposición, mucho menos desde una mesa de café, que desde el gobierno. Porque cuando expropió las tierras a las grandes empresas privadas, se encontró con que uno de los principales perjudicados por la medida era nada menos que Petrobras, la empresa brasileña principal compradora de gas. Y decirle que no a Petrobras significaba además decirle que no a Brasil, el país más importante y poderoso de la región. También enfrentó problemas con su gigantesco vecino y la Argentina por la venta de gas, ya que Bolivia exportaba ese recurso natural a precios irrisorios. Ni qué hablar de la resistencia de los capitales bolivianos, concentrados en la separatista Santa Cruz, que han hecho y hacen lo posible por mantener el sistema que otrora gobernaba al país.
De todos modos, el primer año de la gestión Morales en el poder también se puede analizar desde un costado positivo, como si se tratase del vaso medio lleno.
Si bien es cierto que las transformaciones prometidas no tuvieron la profundidad deseada, también es cierto que era utópico o ingenuo pensar que se podía desarticular el funcionamiento completo de un país en tan sólo 18 meses. Y es que Bolivia nunca jamás gozó de una integración social, ni de algún vestigio de igualdad, y mucho menos de una democracia participativa. La mayoría indígena nunca fue tenida en cuenta seriamente, y aún muchos habitantes hacen diferencia entre en blanco y el indígena.
Ante este panorama, que a decir verdad apenas enumera algunas características de la “Bolivia histórica”, la gestión del Movimiento al Socialismo (MAS) puede entenderse como más que aceptable, siempre y cuando continúe con las transformaciones que realizó a medias hasta el momento.
En efecto, todo depende del punto de vista con que se lo mire. Porque en estos momentos puede entenderse que el gobierno boliviano transita hacia el camino de la integración y la justicia social, o bien que ya se bajó de la ruta para dejar que todo siga igual que antes, que siempre.

jueves, 2 de agosto de 2007

Aquellos nuevos viejos enemigos


Lejos de la guerra contra el terrorismo y Al Qaeda, la política exterior norteamericana apunta sus dardos fundamentalmente a dos países, acaso los nuevos (o viejos) enemigos del poder: Rusia e Irán. En efecto, mientras los funcionarios estadounidenses se llenan la boca con palabras como “democracia”, “terrorismo” o “defensa”, sus acciones están fundamentalmente direccionadas hacia estos dos países, cuyo crecimiento representa un peligro real para Estados Unidos, fundamentalmente por la creciente influencia que tienen sobre determinadas áreas.
Si no fuera así, no se habrían producido estas últimas escaladas políticas norteamericanas, las cuales tienen claramente planteadas sus objetivos, aunque intenten convencernos de lo contrario. Con respecto a Rusia, la Casa Blanca apunta sus cañones en varias direcciones contra el gobierno de Vladimir Putin. Primero fue a través de algunas indirectas y la aparición de oportunas denuncias para sugerir la falta de libertades y democracia en Moscú. Luego, llegó la ofensiva de Europa, liderada por el Reino Unido, con los movimientos “pro Unión Europea” en las ex repúblicas soviéticas (por caso, Ucrania) y el sospechoso asesinato del ex espía crítico del Kremlin, Alexandr Litvinenko. Y poco después, la frutilla del postre: el sistema de defensa que Estados Unidos pretende instalar en Polonia y República Checa, circunstancia que representó ya un enfrentamiento diplomático directo entre ambas potencias.
Por el lado de Irán, la enemistad con la Casa Blanca es más pública y notoria, pues las relaciones entre ambos nunca se recompusieron desde la revolución islámica del Ayatollah Khomeini en 1979, cuando un movimiento religioso depuso al sha pronorteamericano. Pero, desde aquél entonces y con el furcio realizado por Ronald Reagan en el medio, Irán no representó un peligro consistente sencillamente porque nunca tuvo el poder para serlo (mucho menos después de la guerra contra Irak, en épocas en las cuales Saddam Hussein era aliado de Estados Unidos). Pero los últimos años nos demuestran lo contrario, ya que la invasión a Irak y el crecimiento económico iraní permitió a la República Islámica transformarse en el actor más importante de Medio Oriente, en cuanto opositor a las potencias occidentales. En consecuencia, ahora más que nunca, Irán requirió de la atención estadounidense, que incluye hasta amenazas de guerra en el medio.
Atento a este panorama, se me ocurre sólo una pregunta: ¿Qué sería de Vladimir Putin, en Rusia, o de Mahmmoud Ahmadinejad, en Irán, de no existir la constante presión norteamericana?

jueves, 26 de julio de 2007

Una extraña sensación


El día había comenzado como cualquier otro. Me había levantado temprano, desayuné en el lugar de siempre y me fui caminando al trabajo. En fin, la rutina de siempre.
La mañana, recuerdo, era lluviosa y con neblina, parecía Londres y no el otoño de Córdoba. Parecía que el día estaba decidido a mostrarme el clima de mi corazón.
Eran días difíciles, pues el negocio de la venta de insumos para computación estaba destinado a desaparecer luego de la inflación y mi pequeña empresa apenas si sobrevivía. Además, seguía solo. Pocos amigos y ningún amor.
Esa tarde fui a tomar un café al lugar de siempre, el bar de Tito, en el centro de la ciudad, que usualmente me fiaba cuando no tenía dinero.
Todos los días después de cerrar el negocio iba a ese antro y luego caminaba solo y despacio por la ciudad con el inconsciente fin de retrasar el momento de llegar a mi casa y encontrarla vacía; como siempre.
Sin embargo, no tenía idea de que ese no era un día como los otros. Que el destino me había deparado lo que tanto había estado esperando. Y era exactamente como lo imagina.
Estaba en lo de Tito leyendo los clasificados del diario, debía mudarme a una casa más barata, y tomando un café en jarrito cuando entró ella; la mujer más increíble que había visto en mi vida. Parecía un ángel. A decir verdad, no tiene mucho sentido describirla porque sería imposible, era demasiado bella.
Inmediatamente, con sólo verla, me di cuenta que mi vida cambiaría para siempre. Mientras su figura ingresaba al bar entré como en un estado de shock; sólo podía ver su figura envuelta en un aura brillante que la atraía acia mí.
¡Sí! Venía hacia donde yo estaba sentado; y me miraba.
Sin ninguna duda era la mujer de mi vida, jamás había sentido algo así, tan repentino, tan violento como para dejarme sin reacción. Estaba hechizado. Todos mis sentidos estaban ocupados en esa hermosa mujer. Podía ver su figura esbelta, oler su fragancia mágica, escuchar su andar pausado y mi boca ya imaginaba lo que sería sentir esos labios y mis manos abrazar su espalda.
Por primera vez en mi vida, había descubierto el amor. Y no me costó tanto como me habían contado. No necesité ni de la terapia que me recomendaron, ni era gay, como otros me habían sugerido. Simplemente no había conocido a la mujer correcta. Aquella con la capacidad de quitar mi corazón de su lugar, batirlo, golpearlo con una pared si ese era su deseo, y luego devolverlo a su lugar.
Mientras todo esto giraba por mi cabeza, la Mujer más maravillosa del mundo seguía avanzando hacia mí, como en esos sueños en los cuales uno corre y no puede avanzar. Esos cinco segundos fueron los más maravillosos de mi vida.
Lástima que a partir de allí mis recuerdos son difusos. Sólo sé que me levanté para expresarle que estaba perdidamente enamorado de ella y, de repente, una luz blanca inundó mis ojos y sentí un profundo dolor que me hizo perder el conocimiento.
Era el amor, pensé yo. El amor puede producir todas las sensaciones existentes en un santiamén. Por eso sentía dolor, éxtasis, felicidad y tantas otras cosas que no puedo describir.
Cuando recuperé el conocimiento todo era confuso. Aunque esa luz blanca y brillante no había desaparecido, sí lo habían hecho el bar y la mujer de mi vida. ¿Qué había pasado? ¿Dónde estaba?
En medio de ese desconcierto pude descifrar la imagen de una mujer. Pero no era la mujer de mi vida, esta llevaba un atuendo blanco y su aspecto era más bien maternal. Me sentía contenido, cuidado, sentí por un momento que estaba nuevamente en el vientre de mi madre. Pero la sensación de paz era a la vez inquietante. No entendía qué era lo que pasaba.
Intenté hablarle a esa mujer, pero el dolor en mi cuerpo era insoportable. No podía mover ni un solo músculo.
Finalmente, con un esfuerzo sobrehumano, pude balbucear y preguntarle a si sabía algo de lo ocurrido. Ella, muy amablemente, aclaró todas y cada una de mis dudas.

-¡Usted debe estar loco señor!- me decía- en un bar del centro se le tiró encima a una chica de manera descontrolada. Pero cuando la pobre mujer empezó a gritar, el novio, que estaba justo detrás suyo, y es campeón sudamericano de físico culturismo, comenzó a golpearlo salvajemente. Ahora, por este arrebato de locura tiene quebrada la mandíbula, dos costillas fisuradas, moretones en todo el cuerpo y, si tiene el dinero, deberemos implantarle una dentadura nueva porque el mastodonte ese se los voló a todos. Ah, me olvidaba, cuando se recupere va a tener que comparecer ante una junta de psicólogos porque fue denunciado por disturbios, destrozos de propiedad privada e intento de abuso deshonesto. Por eso, le recomiendo que rompa el chanchito porque seguramente tendrá que hacerse cargo de todos los gastos del juicio, más una compensación a las víctimas de este bochorno y todos los destrozos que provocó, mientras el grandote lo golpeaba salvajemente, en el bar ese.

El amor, suele obrar de maneras extrañas.

martes, 24 de julio de 2007

Harto de tí


En esta oportunidad dejaré fluir mi enojo por un tirano que, a decir verdad, ya me tiene cansado: Hugo Chávez, presidente de la República (Bananera) de Venezuela.
¿Cómo podemos permitir que este personaje haga y deshaga a su antojo en un país que guarda en sí tantas riquezas como Venezuela? ¿Acaso nosotros, los Estados Unidos, no tenemos derecho a incidir en la política venezolana si somos los principales compradores de petróleo?
Es una aberración que seamos su principal fuente de riqueza y este hombrecito nos agravie continuamente con vituperios injustificados. Acepto que desde la Casa Blanca salió el intento golpista de 2002 y el paro empresarial que le prosiguió; pero, siempre es válido decirlo, para defender la libertad, muchas veces hay que violarla. Y precisamente eso es lo que hacemos nosotros.
Porque, para los Estados Unidos, los países latinoamericanos son como nuestros hijos, a los cuales lamentablemente en muchas oportunidades nos vemos forzados a educarlos con mano dura. Por eso fue que apoyamos los golpes de Estado en décadas anteriores. No podíamos permitir que el marxismo se apoderara de nuestras tierras; las latinoamericanas. Y por eso es que ahora grito a los cuatro vientos contra este presidente innombrable, discípulo de Fidel Castro –el peor de todos- y con una comitiva de lamentables seguidores como Evo Morales o Rafael Correa.
Pero les aviso a estos hombres: ahora tenemos algunos problemitas en Medio Oriente, pero ni bien resolvamos ese entuerto, volveremos a poner nuestros ojos sobre nuestras tierras; sí, las latinoamericanas.
¡He dicho!

Los otros olvidados


Ellos son también víctimas de la invasión. No ganaron medallas, ni salieron en la televisión por algún acto heroico. Tampoco tuvieron muchas posibilidades de explicar sus pesares o denunciar sus problemas. Las personas corrientes, ni siquiera podían ver cómo sus cajones regresaban a casa.
Ello son los soldados norteamericanos que estuvieron o están en Irak o Afganistán; acaso los más parecidos a aquellos que volvían de Vietnam en la década del ’70 porque les ha llevado un tiempo ser escuchados y porque muchos de ellos cayeron en graves delitos como abusos sexuales, torturas o asesinatos en una acción militar que con el paso del tiempo ganó en repudios. Pero, más allá de que alguien podría argumentar que ellos formaron parte de invasiones ilegales, planteadas fundamentalmente contra la población civil disfrazada de guerrilla y no contra un ejército regular; también es cierto que esos soldados fueron tan engañados como el resto de los norteamericanos, cuando les vendieron que iban a liberar un país de algún tipo de tiranía. Pocos imaginaron que iban a imponer otra y menos que esa población que supuestamente iban a rescatar se transformaría en su peor enemiga. En Irak, por caso, aquellos vítores chiitas por la caída de Saddam Hussein se transformaron prontamente en odio cuando los iraquíes vieron que los libertadores eran en realidad reemplazantes: un tirano por otro mucho peor. Y quienes sufrieron en carne propia ese odio generalizado no fueron ni los políticos que tomaron la decisión del embuste ni los generales que ordenan las estrategias de guerra, sino precisamente esos soldados de campo que regresan a su casa en ataúdes escondidos o con heridas eternas o con sus cerebros arruinados, y en el olvido.
Precisamente ese olvido que los llevó a manifestarse en la década del ’70 y los lleva hoy a imponer una demanda judicial contra el Estado para obtener ayuda en su largo proceso de reinserción en la sociedad. La presentación judicial apunta fundamentalmente a la falta de tratamiento del síndrome de estrés postraumático que supuestamente sufren muchos veteranos de Irak y Afganistán. La queja apunta a la demora de la Secretaría de Asuntos de Veteranos para atender las miles de solicitudes de ayuda que le llegan diariamente, pues en ese ínterin muchos caen en profundas depresiones que culminan con adicciones o suicidios. También trascendieron malos tratos en los hospitales de veteranos, como para completar un panorama más que gris para estos jóvenes que, reitero, fueron tan engañados como la población.
Podemos criticar las aberraciones que cometió el gobierno norteamericano al ordenar invasiones que apuntaban únicamente a una estrategia para mantener el poder como potencia mundial. Podemos incluso condenar las barbaridades en las que cayeron muchos soldados en tierras iraquíes o afganas, acaso azuzados por sus líderes en el campo de batalla –aunque los juicios por estos casos se empeñen en demostrar lo contrario-; pero especialmente en este país hemos aprendido que en una guerra ordenada por un borracho no todos son culpables.

lunes, 23 de julio de 2007

El Hombre Desdichado


Hay pocas personas en el tribunal. El juez lo observa, lo analiza, mientras El Hombre Desdichado comparece en el sillón de los testigos. El caso era simple, un hecho de robo que salió mal, una persona herida de bala y el rápido accionar de la policía que atrapó inmediatamente al maleante; al Hombre Desdichado.
El juez lo interroga y dice las palabras mágicas, -Oiga señor, ¿por qué lo hizo?
-Si me permite, señor juez, le voy a contar los últimos acontecimientos de mi vida para que le quede más claro -contestó el Hombre Desdichado-. Toda mi vida trabajé en la fábrica de Fiat. Soy ordenanza. Hablo en presente señor juez porque limpiar la fábrica es lo único que sé hacer. Pero me echaron. Me dieron una indemnización miserable, porque dicen que casi todo mi sueldo era en negro, y me dejaron en la calle. Antes de eso, mi vida era más o menos feliz, señor juez. Vivíamos en una casita humilde de barrio Yapeyú. Digo vivíamos señor juez porque yo tengo una familia, se compone de dos hijos, un nene y una nena, y, obviamente, mi mujer. Pero después de que me echaron mi vida se derrumbó. Empecé a hacer changas como albañil pero no me alcanzó el dinero para pagar el alquiler. Mi mujer, pobre, hacía lo que podía con su magro sueldo como empleada doméstica. No teníamos ni para comer, señor juez. Después nos mudamos a la villa de la Maternidad, a una casilla sin agua y con el piso de tierra. Pero no era tan tremendo porque estábamos todos juntos y con buena salud. Yo creo, señor juez, que si uno está con su familia y todos gozan de buena salud lo demás no es tan importante. Pero seguíamos sin plata. Tan así que uno de mis hijos casi se nos va, señor juez. Él es diabético y no conseguíamos insulina porque el dólar había aumentado y no sé que otras cosas. La cuestión es que se pasó una semana en el hospital. Pero, a pesar de eso, seguíamos todos juntos. Sin embargo, señor juez, tomé la decisión cuando mi hija de diez años comenzó a trabajar. No pude soportarlo, señor juez, no pude soportarlo. Ahí me convencí de hacerle caso al Oso y hacer un trabajito que él me había ofrecido. Supuestamente era fácil. Entrábamos a un restaurante sosteníamos las armas con firmeza y él hablaba. Pero el restaurante tenía alarma, el Oso se enloqueció y disparó a quemarropa al que había hecho sonar el fatídico botoncito. Gracias a Dios me informaron que esa persona está viva. Tenía cara de buena, no sé por qué, pero si alguien tiene cara de bueno, seguro que lo es. Esa es mi filosofía, señor juez. La cuestión es que la policía llegó bastante rápido, yo tiré el arma inmediatamente y me entregué. Pero el Oso estaba fuera de sí y se tiroteó con los policías. Pobre Oso, era un buen tipo, lástima que eligió ese camino. El mismo que el mío. Él me dijo que se había hecho una promesa a sí mismo: nunca más iría preso. Y cumplió el hombre. Usted sabe, señor juez, la policía lo mató en el tiroteo. A mí esa situación me duele mucho porque no voy a estar con mi familia, señor juez. Como le dije, mientras estemos todos juntos soportamos cualquier cosa, pero separados no sé. Mi hijo tiene 15 años y tengo miedo de que tome mi ejemplo. Yo tengo que estar ahí para guiarlo, para explicarle que esto que yo hice no está bien, señor juez. Mi mujer se va a tener que encargar de todo, de la nena también. Pobre mi mujer señor juez, es una buena mujer, no se merece a alguien como yo. Sé que lo que le voy a decir, señor juez, no va a servir de mucho, pero puedo darle mi palabra de que no lo voy a volver a hacer. Tengo en claro que la palabra de un ladrón vale poco. Pero quiero que tome la palabra del ordenanza de Fiat Pablo Cardozo, no del despojo que usted está viendo en este momento. Por todo esto lo hice, señor juez, espero la sentencia porque no estuve bien, pero le suplico piedad.

El señor juez dictó la sentencia y tuvo piedad. El Hombre más desdichado pasará los próximos cuatro años en prisión por robo calificado a mano armada.

martes, 17 de julio de 2007

El mal no es externo


Normalmente, los líderes intentan deslindar responsabilidades cuando sus gobiernos afrontan etapas dificultosas. Lejos del mea culpa, apuntan a poderes maléficos, intangibles, externos y hasta inexplicables para detallar las vicisitudes de una crisis. Sino, vale la pena preguntarse a modo de ejemplo: ¿qué es Al Qaeda? o ¿Quién apoyó durante 50 años a las FARC? Nadie lo sabe. Pero, de lo que se olvidan nuestros líderes, es que cualquier intento desestabilizador necesita indefectiblemente de un caldo de cultivo para prosperar. En otras palabras, no sólo importa quién esté detrás de tal o cual protesta, sino que esa expresión tiene una base sustentable en un descontento en particular. Para explicar mejor esta hipótesis, nos trasladaremos a Perú y México, dos países que actualmente enfrentan violentas movilizaciones por motivos puntuales. Unos, quieren echar del poder a un gobernador excesivamente corrupto y represor; los otros, pretenden evitar que el país se inserte aun más profundamente en un sistema, el neoliberal, que no les conviene para nada. Y en ambos casos, los presidentes de turno dirigen su retórica hacia la maléfica concepción de un socialismo implementado en Cuba o Venezuela. El punto no pasa solamente por preguntarse si efectivamente las protestas en Oaxaca y en todo Perú son azuzadas por terceros que pretenden desestabilizar a un gobierno legítimo, hecho que de por sí es gravísimo. Sino, en encontrar los motivos que generan semejante descontento. Porque en ambos casos estamos hablando de miles y miles de personas que arriesgan mucho más que unos días en prisión para realizar protestas; que enfrentan a las fuerzas del orden sin más que palos y gargantas a sabiendas que del otro lado los esperan balas de acero y gases lacrimógenos. Más allá de un malo de turno, más bien sería acorde preguntarse ¿por qué están tan enojados?, ¿no será realmente que algo anda mal con Ulises Ruiz en México o con las políticas económicas y sociales en Perú? No estamos hablando solamente de grupos que responden a una ideología determinada, sino a personas que en carne propia sufren aquello del privilegio para unos pocos. Algo similar ocurre con el Mundo Islámico. Nadie en su sano juicio podría felicitar a un grupo o corriente que incite a sus seguidores a volarse en mil pedazos en una plaza concurrida de inocentes. Pero sí es necesario preguntarse por qué esos grupos o corrientes tienen la capacidad de reclutar a personas capaces de realizar cualquier empresa debido al odio que han acumulado durante años, durante toda su existencia. En fin, aunque parezca ingenuo, no estaría mal exigir de vez en cuando que el poder de turno anteponga la justicia social al interés particular.

El hombre más triste


La noche era fría y bastante estrellada; un típico día de julio. Seguro que al amanecer iba a caer una helada.
Yo venía caminando por la calle Sarmiento, crucé el bulevar Guzmán y me aprestaba a atravesar el puente rumbo a mi casa. Era tarde, no recuerdo bien la hora, pero era tarde, y estaba muy cansado.
Necesitaba dormir porque me esperaba un día realmente largo. Más por lo doloroso que por su duración en sí.
Además, el día siguiente a un suceso como el que a mí me ocurrió siempre se torna eterno. Primero, tolerar los cambios que vive la casa y, después, una serie de trámites burocráticos que son tediosos, especialmente cuando uno tiene el alma destrozada.
No sé cuando me vendrán a buscar, pero no me resistiré. Es inevitable. Mi vida ya no tiene sentido. Lo siento por la mujer que amo, sé que sufrirá con mi decisión y con lo que hice, pero tenía que ser así.
Ya crucé la calle Pringles y llegué a mi casa. Está oscura, vacía. No puedo evitar que las lágrimas corran por mi cara. Mi mujer no está, se debe haber quedado en el hospital. Espero que me entienda.
Trato de respetar la rutina que hago todos los días cuando vuelvo a trabajar por la noche. Como algo liviano, voy a arropar a mi hijo a su pieza, hoy vacía, y me acuesto y abrazo a mi mujer, que tampoco está.
¡No debo pensar más! tengo que dormir. Seguro que mañana a primera hora, cuando hallen el cuerpo, la policía no tardará en venir a buscarme.
Imagino inclusive cómo ocurrirá: algún transeúnte verá un cadáver tirado en el río y un Renault Twingo cerca, abandonado. Llamará a la policía, y los investigadores de la fuerza determinarán que es el cuerpo del conductor ebrio que arrolló a mi hijo y lo mató. Entonces, tal vez con una lágrima en la cara, me vendrán a buscar para hacer justicia.
Me duermo pensando que ese día fui el hombre más triste del mundo.

martes, 10 de julio de 2007

Huyen... ¿pero a dónde?





La extrema violencia no solamente provoca víctimas directas, como aquellas personas que pierden la vida o sufren heridas a causa precisamente de ese estado de situación, sino que también genera un efecto que puede ser llamado colateral, aunque en realidad no es menos dramático.
Porque la violencia, además de violencia, genera una precariedad en todos los ámbitos que impide el normal desarrollo de una vida más o menos normal en esos lugares y que, por lo tanto, empuja a las personas a huir hacia otras partes. No sólo por el peligro al que están expuestos, sino por la imposibilidad de tener acceso a educación, salud, alimentos, etcétera. Así, entonces, se generan los refugiados. A estas alturas ya una nueva clase social de personas, debido a que por los múltiples conflictos en el mundo ya suman millones. Pero, como decíamos antes, mientras un conflicto se desarrolla el foco no está puesto exactamente sobre los refugiados, o “desplazados”, como otros los llaman. Como ejemplo es bueno mencionar a Yugoslavia, cuya guerra se cobró miles de vidas y provocó el desplazamiento de cientos de miles. Estas personas pasaron a ser una prioridad una vez culminado el conflicto.
Algo similar ocurre hoy en día con los iraquíes, quienes huyen despavoridos de su país porque ya no pueden continuar viviendo allí a causa del estado de desprotección en el que se encuentran. Desde Estados Unidos, están demasiado preocupados por contener a la resistencia, que todos los días acaba con algún soldado. El ejército local, en tanto, dirige sus fuerzas a la cooperación con las tropas invasoras y para amedrentar a la población sunnita, hoy la más perjudicada en esta guerra civil. Mientras las fuerzas del orden están en otra cosa, la población civil queda a manos de los grupos extremistas, de delincuentes o paramilitares, que se mueven a sus anchas en medio del caos. Paralelamente, la crisis humanitaria se traduce en falta de alimentos, energía y el mal o nulo funcionamiento de los hospitales y las escuelas. Entonces, la fórmula es sencilla: inestabilidad política más extrema violencia más precariedad humanitaria, igual a mejor marcharse de allí lo antes posible.
Y así lo hacen los iraquíes. Según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur), cuatro millones de personas huyeron de sus hogares desde que se produjo la invasión, en marzo de 2003. En consecuencia, la gran pregunta que surge de esta situación es la siguiente: si Estados Unidos fue el responsable de invadir un país pese a no tener consenso externo ni en Irak para hacerlo; ¿no debería hacerse responsable de la suerte de los desplazados? No. Sólo 701 personas fueron acogidas por Estados Unidos desde que comenzó la invasión. A juicio del subsecretario de Estado, John Bolton, no es necesario admitir iraquíes porque "no tiene absolutamente nada que ver con nuestro derrocamiento de Saddam Hussein. Nuestra obligación era proveerlos de nuevas instituciones y seguridad. Cumplimos. No pienso que tengamos la obligación de compensarlos por las privaciones de la guerra".

¡Basta de mentiras!


La prensa norteamericana comenzó a poner el ojo sobre la situación de los refugiados iraquíes, a su juicio un aspecto más para demostrar el fracaso de George W. Bush en el país árabe. Aunque todos sabemos que no es así.
Porque los intereses ajenos a los Estados Unidos nunca dejaron de operar en el país. Es cierto que la invasión no va bien, pero también lo es que en el país de la libertad aún existen agentes comunistas que no hacen más que mancillar las políticas liberadoras que ofrece la Casa Blanca. Desde los viejos lugares, como Cuba o la ex Unión Soviética, o los nuevos, como iraníes o venezolanos, siempre habrá enemigos allá afuera.
Seamos francos, ¿quién podría liberar a Irak de un tirano como Saddam Hussein si no fuera Estados Unidos? ¿existe alguna otra nación capaz de cuidar y proteger al mundo entero, además de nosotros? Por supuesto que no.
Entonces, ¿por qué nos critican? Si lo único que hicimos fue, en su debido momento, decir algunas mentirillas sobre los motivos que nos llevaban a invadir Irak para cumplir con un bien superior. Admito que en ese país no había armas de destrucción masiva y que una conexión con Al Qaeda era imposible porque Saddam era un declarado enemigo de Osama ben Laden. Pero, piénsenlo bien, ¿habría posibilidades de realizar una acción armada si sólo decíamos nuestra proclama liberadora? No. Jamás. Porque esos agentes comunistas que no supieron tolerar su derrota habrían salido inmediatamente a hablar de imperialismos y toda esa sarta de obscenidades cuando el primer avión sobrevolara Irak.
Otro argumento de esta gentuza es el tan mentado petróleo; ¡pues claro que nos vamos a llevar el oro negro! Es un precio mínimo si se tiene en cuenta la obra que estamos realizando. ¿O acaso las grandes personalidades de la historia no conseguían algo a cambio de las obras que realizaban? ¿de qué vivirían si no fuera así? Nuestro caso es el mismo. Movilizar soldados, armamento, medios de comunicación amigos y alentar a nuestros aliados a que se sumen a nuestro proyecto tiene un costo. Nada es gratis en esta vida, y los iraquíes deberían saberlo.
Bueno amigos, espero que mi incursión en este lamentable blog sirva para aclarar algunas mentes. Aunque lo dudo, si hay algún error en mi español les pido mil disculpas y que me lo hagan saber. Oportunamente le diré a mi gran amigo, el secretario de Defensa Alberto Gonzales –de quién hablaré más adelante-, que me guíe para comunicarme correctamente con ustedes.

¡Bienvenido Eric!



Un nuevo columnista se suma a este blog. Se trata nada menos que de Eric Choffa, un prestigioso analista que se formó con Milton Friedman, en el campo económico, y Henry Kissinger, en el político. Fiel seguidor del senador Joseph McCarty, desarrolló su animaversión hacia el comunismo y se volcó decididamente hacia el conservadurismo norteamericano, retratado fielmente por el Partido Republicano y, más precisamente, por el Clan Bush.
Sus detractores lo califican de ser un nazi fascista que, con cierta habilidad para disfrazar sus verdaderas intenciones, a lo largo de los años ha intentado justificar las mayores aberraciones realizadas por el sector más duro de los Estados Unidos; aquél que está convencido de la "misión libertadora, encomendada por Dios" que tiene la Casa Blanca.
Y desde aquí, con humildad y mucha ignorancia, adherimos fielmente a éstos últimos.

miércoles, 4 de julio de 2007

Sólo una muestra



La desclasificación de documentos secretos realizada por la CIA la semana pasada puede definirse como una guía práctica y completa de cómo una organización es capaz de romper absolutamente todas las leyes existentes en tan sólo 14 años. Asesinatos, intentos de asesinatos, espionaje a personas y medios de comunicación; experimentos con seres humanos; intervención en la soberanía de países independientes; derrocamiento de gobiernos para preservar los intereses propios; en fin, toda una gama de delitos de cualquier índole que fueron desclasificados por el director de la CIA, Michael Hyden, “ante la presión de leyes nacionales sobre información federal”, según indican los medios norteamericanos.

Pero si esta información es sorprendente, o bien reveladora, más lo será saber que en realidad estos documentos fueron previamente censurados por las autoridades gubernamentales, ya que sus partes más sensibles están tachadas. En consecuencia, si la porción de los informes publicados admite los intentos de asesinato de Fidel Castro, Patricio Lumumba -ex premier del Congo, asesinado en 1961, aunque sin “responsabilidad de la CIA”- y Rafael Trujillo –dictador pronorteamericano de República Dominicana-; la experimentación en soldados estadounidenses de drogas que alteran facultades mentales como el LSD, y el espionaje de medios de comunicación como The Washington Post; ¡Dios mío!, ¿qué dirá entonces la parte que no fue enseñada al público en general? o bien, ¿qué prácticas llevará a cabo la CIA actualmente? Tal vez nos enteremos en unos 40 años, siempre y cuando, claro, la ocasión lo obligue.

Pero, más allá de lo que podemos saber o no sobre la agencia de espionaje estadounidense, la información desclasificada nos ratifica que hasta el “país más libre del mundo”, como ellos mismos se definen, es capaz de hacer cualquier cosa con tal de mantener el dominio sobre uno, dos, diez o doscientos países. Nos ratifica que todo vale si la meta es mantener el “american way of life”, aunque viole la propia Constitución estadounidense, porque el funcionamiento de la CIA lejos está de respetar los derechos de los ciudadanos o las soberanías de los países o los principios de la democracia que tanto defienden.

Por supuesto que estos conceptos son archiconocidos por todo el mundo, especialmente en estas latitudes. Ya el ex presidente Bill Clinton pidió perdón a latinoamérica por el apoyo estadounidense a los militares golpistas de la región, y los documentos que ratifican el apoyo del entonces secretario de Estado Henry Kissinger a Augusto Pinochet para derrocar a Salvador Allende en Chile fueron publicados hace tiempo; por citar sólo dos ejemplos. Pero es bueno tener presente que la tierra de la libertad se mantiene de esa manera con la sangre de los que no tienen la suerte de vivir allí. Y también es bueno tener plena conciencia de que cualquier política que promueva la integración y la independencia latinoamericana será contrarrestada desde nuestros vecinos del norte, porque para ellos su poder proviene precisamente de la dominación, y bajo ningún punto de vista les conviene perderla.