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jueves, 25 de septiembre de 2008

La ingrata que se fue

La mesa se hace eterna ante mis ojos. El café posa tranquilo en la inmensidad blanca y su vapor envuelve mis sentidos con placer. Un placer minúsculo en el doloroso vacío que me invade. El cigarrillo se consume ante pitadas inconstantes pero profusas. La gente habla, grita y gesticula en silencio a mí alrededor. Mis pensamientos son como espinas que lastiman cada nervio de mi cuerpo. No puedo borrar de mi mente su espalda y su andar lejano. No logro evitar esta especie de suicidio del alma en medio de la multitud. El mundo sigue, la gente continúa con sus vidas como si nada hubiese pasado. Como si mi dolor se perdiera entre los gritos mudos de la gran ciudad. Un hombre acompaña a sus hijos; una mujer camina apurada; un anciano se sienta a descansar en la plaza y las palomas comen del pan que les tira una viejita con ojos dulces.
Y yo, ni siquiera puedo llorar.
Y ella, la turra, la causante del dolor que destrozará al mundo, se fue con el sodero. ¡Con el sodero!

jueves, 9 de agosto de 2007

Un moco


La Real Academia Española nos dice que la palabra grupo puede ser definida como “pluralidad de seres o cosas que forman un conjunto, material o mentalmente considerado”. Entonces, para que alguien pertenezca a un grupo debe precisamente compartir alguna cualidad o una característica única e identificable con otras personas.
Pensando un poco más, ya en un esfuerzo sobrehumano, traté de hallar qué aspecto une a los automovilistas, pero no en sus vidas, sino puntualmente cuando están al volante.
Tal vez el placer de manejar; pero no, porque muchos lo hacen casi como una obligación o lo ven como un simple medio de transporte.
La necesidad de insultar cuando otro realiza una maniobra equivocada, imaginé, aunque después de meses de observación caí en la cuenta de que la mayoría de los automovilistas no insulta ni toca la bocina.
¿Qué podría ser?
Ya me estaba desgranando los sesos y luchaba contra mi impotencia intelectual al no poder hallar alguna característica común a todos los automovilistas. Porque, por ejemplo, la falta de respeto al peatón sólo se da en las ciudades latinoamericanas, pero no en otros lugares con mayor educación vial, por caso Estocolmo, no. Entonces tampoco podría encuadrar mi teoría en esa cualidad.
Luego de horas, días y hasta meses de una fuerte deliberación interna estaba a punto de darme por vencido. No había manera de codificar a los automovilistas como una raza, al menos cuando están sobre sus vehículos.
Afortunadamente, en ese momento de desazón, cruzaba la avenida General Paz hacia mi trabajo, cuando una visión cuasi divina solucionó mi problema e iluminó mi espíritu.
¡Lo había encontrado! Había hallado aquello que ningún automovilista puede evitar.
Sucedió que al intentar cruzar la calle, un Peugeot 505 marrón oscuro pasó por mi lado de manera vehemente, sin detenerse en que por poco no se lleva mi humanidad consigo. Yo, como cualquier ser humano común, giré mi cabeza hacia la izquierda, por donde se dirigía el vehículo, para rajarle una soberana puteada, cuando apareció la visión divina: el hombre, muy abstraído en sus pensamientos, se estaba hurgando la nariz de una manera casi grosera. Tanto, que parecía que en realidad se rascaba el cerebro.
De pronto, observé un Fiat 147, conducido por una bella mujer, quien de disimuladamente insertó su dedo meñique, con mucha delicadeza, aquella que sólo tienen las mujeres refinadas, para sacarse alguna inmundicia de su fosa nasal derecha.
Allí fue cuando descubrí que por algún motivo extraño, todos los automovilistas alguna vez en su vida se han sacado un verde y jugoso moco de sus narices.
Nadie queda exento de esta ley universal, aunque lo nieguen, porque la mayoría lo niega, vale aclararlo. Pero evidentemente lo hacen de manera inconsciente, casi sin quererlo.
Es como si una fuerza superior en algún momento de sus vidas empujara su mano hacia su nariz y los llevara a ese inmenso placer que es sacarse un buen moco cuando este molesta las vías respiratorias. Luego lo hacen un bollito con sus dedos índice y pulgar y generalmente lo desechan hacia el asfalto.
Lo curioso de estos casos es que todos nos hemos sacado un moco alguna vez en nuestras vidas, sólo que normalmente buscamos lugares privados. Nada de hacer pública una actividad tan desagradable.
Pero los automovilistas, como si fuesen solos por la vida, no se detienen a pensar que sus vidrios son por lo general transparentes y que desde fuera puede verse absolutamente todo.
Tanto que normalmente, los transeúntes solemos poner cara de asco cuando observamos a alguno de esos genios del volante sacarse un buen moco con una sonrisa placentera, cual deber cumplido.
Así fue que comprobé la gran característica universal que une a toda persona que maneja automóviles: sacarse los mocos.
¡Díganme si no me merezco un Nobel!

jueves, 26 de julio de 2007

Una extraña sensación


El día había comenzado como cualquier otro. Me había levantado temprano, desayuné en el lugar de siempre y me fui caminando al trabajo. En fin, la rutina de siempre.
La mañana, recuerdo, era lluviosa y con neblina, parecía Londres y no el otoño de Córdoba. Parecía que el día estaba decidido a mostrarme el clima de mi corazón.
Eran días difíciles, pues el negocio de la venta de insumos para computación estaba destinado a desaparecer luego de la inflación y mi pequeña empresa apenas si sobrevivía. Además, seguía solo. Pocos amigos y ningún amor.
Esa tarde fui a tomar un café al lugar de siempre, el bar de Tito, en el centro de la ciudad, que usualmente me fiaba cuando no tenía dinero.
Todos los días después de cerrar el negocio iba a ese antro y luego caminaba solo y despacio por la ciudad con el inconsciente fin de retrasar el momento de llegar a mi casa y encontrarla vacía; como siempre.
Sin embargo, no tenía idea de que ese no era un día como los otros. Que el destino me había deparado lo que tanto había estado esperando. Y era exactamente como lo imagina.
Estaba en lo de Tito leyendo los clasificados del diario, debía mudarme a una casa más barata, y tomando un café en jarrito cuando entró ella; la mujer más increíble que había visto en mi vida. Parecía un ángel. A decir verdad, no tiene mucho sentido describirla porque sería imposible, era demasiado bella.
Inmediatamente, con sólo verla, me di cuenta que mi vida cambiaría para siempre. Mientras su figura ingresaba al bar entré como en un estado de shock; sólo podía ver su figura envuelta en un aura brillante que la atraía acia mí.
¡Sí! Venía hacia donde yo estaba sentado; y me miraba.
Sin ninguna duda era la mujer de mi vida, jamás había sentido algo así, tan repentino, tan violento como para dejarme sin reacción. Estaba hechizado. Todos mis sentidos estaban ocupados en esa hermosa mujer. Podía ver su figura esbelta, oler su fragancia mágica, escuchar su andar pausado y mi boca ya imaginaba lo que sería sentir esos labios y mis manos abrazar su espalda.
Por primera vez en mi vida, había descubierto el amor. Y no me costó tanto como me habían contado. No necesité ni de la terapia que me recomendaron, ni era gay, como otros me habían sugerido. Simplemente no había conocido a la mujer correcta. Aquella con la capacidad de quitar mi corazón de su lugar, batirlo, golpearlo con una pared si ese era su deseo, y luego devolverlo a su lugar.
Mientras todo esto giraba por mi cabeza, la Mujer más maravillosa del mundo seguía avanzando hacia mí, como en esos sueños en los cuales uno corre y no puede avanzar. Esos cinco segundos fueron los más maravillosos de mi vida.
Lástima que a partir de allí mis recuerdos son difusos. Sólo sé que me levanté para expresarle que estaba perdidamente enamorado de ella y, de repente, una luz blanca inundó mis ojos y sentí un profundo dolor que me hizo perder el conocimiento.
Era el amor, pensé yo. El amor puede producir todas las sensaciones existentes en un santiamén. Por eso sentía dolor, éxtasis, felicidad y tantas otras cosas que no puedo describir.
Cuando recuperé el conocimiento todo era confuso. Aunque esa luz blanca y brillante no había desaparecido, sí lo habían hecho el bar y la mujer de mi vida. ¿Qué había pasado? ¿Dónde estaba?
En medio de ese desconcierto pude descifrar la imagen de una mujer. Pero no era la mujer de mi vida, esta llevaba un atuendo blanco y su aspecto era más bien maternal. Me sentía contenido, cuidado, sentí por un momento que estaba nuevamente en el vientre de mi madre. Pero la sensación de paz era a la vez inquietante. No entendía qué era lo que pasaba.
Intenté hablarle a esa mujer, pero el dolor en mi cuerpo era insoportable. No podía mover ni un solo músculo.
Finalmente, con un esfuerzo sobrehumano, pude balbucear y preguntarle a si sabía algo de lo ocurrido. Ella, muy amablemente, aclaró todas y cada una de mis dudas.

-¡Usted debe estar loco señor!- me decía- en un bar del centro se le tiró encima a una chica de manera descontrolada. Pero cuando la pobre mujer empezó a gritar, el novio, que estaba justo detrás suyo, y es campeón sudamericano de físico culturismo, comenzó a golpearlo salvajemente. Ahora, por este arrebato de locura tiene quebrada la mandíbula, dos costillas fisuradas, moretones en todo el cuerpo y, si tiene el dinero, deberemos implantarle una dentadura nueva porque el mastodonte ese se los voló a todos. Ah, me olvidaba, cuando se recupere va a tener que comparecer ante una junta de psicólogos porque fue denunciado por disturbios, destrozos de propiedad privada e intento de abuso deshonesto. Por eso, le recomiendo que rompa el chanchito porque seguramente tendrá que hacerse cargo de todos los gastos del juicio, más una compensación a las víctimas de este bochorno y todos los destrozos que provocó, mientras el grandote lo golpeaba salvajemente, en el bar ese.

El amor, suele obrar de maneras extrañas.

miércoles, 27 de junio de 2007

La maldición del semáforo



Los misterios de una ciudad no sólo despertaron curiosidades entre los especialistas y científicos, sino que en muchas ocasiones generaron tal obsesión entre los investigadores, que arruinaron la vida de muchos de ellos.
Este fue el caso de Jaime Albarracín, un reconocido físico del FAMAF que perdió trabajo, familia y amigos en pos de descubrir el funcionamiento de los semáforos de calle General Paz, a media cuadra de Avenida Colón, en la ciudad de Córdoba, Argentina.
La curiosidad de Albarracín se despertó a partir de su propia observación, ya que todos los días para ir y volver del trabajo cruzaba la arteria por esos extraños aparatos ubicados en mitad de cuadra y siempre tenía que detenerse porque el paso era de los automóviles. En muchas ocasiones, veía el semáforo en rojo y aceleraba su marcha para cruzar la calle, pero cuando se acercaba al cordón de la vereda el semáforo súbitamente cambiaba su color y lo obligaba a detenerse abruptamente.
A medida que pasaban los días, la extraña frecuencia de los semáforos iba despertando en Albarracín la curiosidad típica de los científicos que pretenden encontrarle una explicación a todas las cosas, como si el universo entero tuviese una. Así fue como, poco a poco, comenzó a realizar cálculos y a formular distintas hipótesis para hallar una solución al problema que se había planteado.
La primera de ellas era sencilla, pues se relacionaba con un simple cálculo matemático. Es decir, por esa calle cruzaban unas 10.000 personas por día y los semáforos permitían el paso sólo por 20 segundos y lo negaban por 45; un lapso diferente al resto de la ciudad dado que se trata de un paso exclusivamente peatonal. En consecuencia, era lógico que la mayoría de las personas que pasaban por ese sector debieran esperar para llegar a la otra vereda, pues 20 segundos apenas alcanzaban para cruzar una avenida que contaba con cinco carriles. Sin embargo, esta explicación no convenció a Albarracín cuando inició un trabajo de campo en forma de encuesta. En efecto, el científico se hacía pasar por un encuestador y en plena calle preguntaba por el funcionamiento de los semáforos. Y nadie, absolutamente nadie, le dijo que la frecuencia de esos semáforos en particular era cuanto menos extraña.
Años más tarde, el científico ya se había transformado en un erudito en múltiples ciencias, pues había intentado de todas las formas posibles hallarle una explicación al funcionamiento de esos malditos semáforos. Incluso apeló a las ciencias oscuras para averiguar si esos aparatos estaban dominados por algún espíritu malévolo. Pero todos sus esfuerzos fueron infructuosos. La única certeza que tenía, era que él nunca podría cruzar esa calle sin esperar el cambio de verde a rojo. Todos los días de su vida debería detenerse en el borde de la acera para atravesar el asfalto de la avenida General Paz.
La obsesión de Albarracín por esa cuestión le costó además todo lo que había construido en su vida. Porque, sabemos, hay distintos tipos de obsesiones, acaso algunas más respetadas que otras. Y la obsesión por unos semáforos no es para nada respetable. Al contrario, genera risas, burlas y descrédito. No es lo mismo estar obsesionado por la cura del cáncer que por el funcionamiento de los semáforos de la General Paz. Eso está claro.
Entonces, nuestro héroe comenzó a sufrir por su propia locura. Primero fueron sus colegas quienes se burlaban de él y luego hasta sus propios amigos. Todos empezaron a catalogarlo como un loco que no medía la realidad. Hasta su familia en algún momento empezó a desconfiar de él.
Con el paso del tiempo, se transformó en uno de los típicos personajes pintorescos de cualquier ciudad. Pues ya sin trabajo, sin familia, sin amigos y sin respeto pasó los últimos días de su vida viviendo como un desamparado, en harapos, todo el día parado sobre esa cuadra maldita que le había costado la vida. Y cada vez que intentaba cruzar la calle, los semáforos que habían arruinado su existencia le hacían un guiño, del rojo al verde, para impedir que cumpla de una vez por todas con su empresa.

miércoles, 30 de mayo de 2007

El misterio del cigarrillo en las paradas de los colectivos



La vida en las ciudades presenta situaciones que si bien forman parte de la cotidianeidad no por ello dejan de ser misterios sin resolver. Hechos que parecen simples, pero que en realidad no se ajustan a ninguna lógica y huyen de cualquier estudio que un especialista pueda realizar sobre ellos. Un modesto intento para explicarlos fueron las ya célebres leyes de Murphy, pero el error en este caso es que parte del concepto “el mundo gira alrededor de uno mismo”, y todos sabemos que no es así, sino que en realidad intervienen fuerzas mucho más poderosas que uno mismo.
Durante muchos años la ciudad de Córdoba fue la cuna de investigaciones sobre la vida cotidiana y sus misterios. Cuna de una gran cantidad de científicos debido a su importante población universitaria, en muchos casos los estudios iniciados en Córdoba atrajeron incluso a ilustres nombres de otros lares, generalmente de Europa.
Uno de los más llamativos surgió gracias a una ley que prohibía fumar en lugares cerrados. La nueva ola antifumadores fue sorprendentemente respetada en la ciudad, pero cambió la escenografía de la urbe, pues si uno caminaba apenas unos metros podía observar a muchas personas salir rápidamente de un lugar cerrado para prender un cigarrillo. De hecho, poco tiempo después la mayoría de la gente que caminaba estaba fumando, como para calmar el vicio antes de ingresar a cualquier lugar.
La ley en realidad desnudó un misterio que se produjo por años en todas partes del mundo pero que nunca quedó tan en evidencia como en Córdoba. Un misterio que resulta casi imposible de explicar: el cigarrillo y los colectivos.
Como la restricción impedía fumar en lugares cerrados, en los trabajos no se podía prender un cigarrillo. Por tal motivo, los fumadores esperaban a que terminase su jornada laboral para saciar su vicio, situación que generalmente se daba en las paradas de los colectivos. Miles de personas fumaban mientras esperaban su transporte, pero se encontraban con el desencanto de no poder terminar sus respectivos cigarrillos porque, como por arte de magia, enseguida aparecía un autobús.
La noticia comenzó a regarse a toda velocidad en Córdoba y no faltaban personas que alentaban a los transeúntes que esperaban un colectivo a que prendiesen un cigarrillo. “No tiene ganas de fumar señor, es que estoy esperando hace media hora el N4 y tengo mucho apuro”, susurraban algunas mujeres a aquellos con pinta de fumadores (bigotes manchados, dientes amarillos, tos recurrente).
Por supuesto, y como era de esperarse, poco tiempo después especialistas de todos los colores comenzaron a investigar el fenómeno. Urbanistas, médicos, arquitectos, adivinos, alquimistas y charlatanes medían, observaban y repetían los recorridos una y otra vez para darle una explicación más o menos coherente al fenómeno. Pero no lo lograban.
Quienes se subían a un colectivo no percibían ningún cambio en el recorrido, y tampoco observaban modo alguno de detectar si había alguien fumando en una parada. Los que esperaban, tampoco podían determinar movimientos extraños en el tránsito generados por el aroma del cigarrillo. Incluso, varios científicos trabajaban en equipo; uno viajaba en el autobús y otros se apostaban en las paradas para encender un cigarrillo, pero no pudieron averiguar nada. La única certeza era que nadie podía fumar un cigarrillo completo sin que apareciese un colectivo. Ni siquiera en horarios nocturnos, en los que supuestamente no había servicio.
Así fue que aparecieron explicaciones de todo tipo. Los astrólogos sostenían que el humo afectaba la undécima luna de Júpiter y ésta variaba de modo imperceptible el tiempo. Los religiosos afirmaban que Dios cuidaba a sus corderos y modificaba el tiempo y el espacio para que la gente fume menos. Los médicos señalaban que los fumadores perdían capacidad pulmonar y, por lo tanto, cada vez tardaban más para terminar un cigarrillo. Incluso, algunos de ellos se animaron a aseverar que después de 20 años, una persona podía tardar un año y medio para fumar un cigarrillo. Los matemáticos, simplemente explicaban que una persona promedio tardaba entre cinco y siete minutos para terminar un cilindro de tabaco, tiempo suficiente como para que aparezca un colectivo. Esta hipótesis fue rápidamente desechada atendiendo al desastroso servicio del servicio de transporte urbano cordobés.
Uno de estos expertos, el filósofo húngaro Ferenc Takátsy, señaló que en realidad el misterio se develaba a partir de la energía. En efecto, Takátsy explicó que el aroma del tabaco generaba un frente de energía que atraía a los colectivos como un trozo jugoso de carne a un perro. Claro que esta atracción era absolutamente imperceptible para el ser humano, que continuaba si vida, fumando o no, sin darse cuenta del fenómeno.
Otra teoría desarrollada por la médium Mathilda afirmaba que todos los espectros que habían muerto de un cáncer al pulmón provocado por el cigarrillo empujaban al mismo tiempo a los colectivos para que éstos aceleraran y no permitieran a los fumadores aspirar tanto humo nocivo. Para sostener su afirmación, Mathilda mostró imágenes del Concejo Deliberante cordobés, en las cuales se observaban misteriosos brazos levantados cuando se votó la ley de “Córdoba libre de humo”.
Así pasaron cientos de especialistas que, cada uno desde su área, intentaba dar una explicación sobre el fenómeno. Pero, ante la imposibilidad de hallar una respuesta satisfactoria, la población fue perdiendo interés en el tema y los científicos, uno a uno, abandonaron la ciudad o bien regresaron a sus habituales tareas, como hallar una cura para el cáncer y todas esas cursilerías.
Lo cierto es que los fumadores continuaron sin poder saciar sus ansias mientras esperan el colectivo, en un hecho que hoy y por siempre será un misterio de la vida en la ciudad.