jueves, 9 de agosto de 2007

La eterna pregunta

Normalmente me levanto cerca del mediodía. Sí, ya sé, me gusta la noche. Me baño, almuerzo algo liviano y voy hacia el trabajo. Hasta ese momento del día la duda que carcome mi cerebro y que no me deja vivir en paz todavía no ha llegado.
Salgo de mi casa, me voy caminando porque además de ahorrar unos pesos creo que para ser un buen periodista uno de los requisitos es caminar la calle, y veo en la calle 25 de Mayo, la primera cuadra peatonal de Córdoba, a un cieguito tocando un acordeón con una latita en sus pies que nunca tiene más de dos o tres monedas.
Sigo caminando, cruzo la calle, y observo a los pibes que venden la revista La Luciérnaga; más adelante, una nena arrodillada junto a una puerta con un cartelito en el pecho diciendo que no es de este país y pidiendo a gritos una moneda. Un par de pasos más y una mujer con el mismo cartelito, arrodillada de la misma manera pero con un bebé en sus brazos, rogando por una limosna.
Después, están los chicos que como no cobran en sus becas, deleitan al público de ocasión con música clásica. Un poco más allá, otro ciego, más joven que el anterior, tocando con su guitarra temas de la trova cubana. A la vuelta, frente a la Legislatura, un pibe con síndrome de dawn pide una moneda; a su lado, un hombre mayor, ciego y con problemas motrices pide ¡una ayuda por favor!, en cordobés básico. O sea, ¡una aiuda por favor!
Además, durante todo el recorrido pueden observarse a los mozos de los bares echando a patadas a los chiquitos que, con sus ropas harapientas, dejan una tarjetita en cada mesa de las señoronas o los yuppies para pedir una monedita.
Ya en Vélez Sarsfield, a media cuadra de Deán Funes, un par de tipos intentan cuidar algunos autos; en la esquina, está la chica que vende La Luciérnaga, a quien yo siempre le compro esa revista. Después de dos años de trabajo y unas ocho horas por día, pudo comprarse unos lentes de aumento.
Cruzando la calle, en diagonal, hay dos pibes más que también venden La Luciérnaga y que cuando pueden abren las puertas de los taxis a cambio de algún centavo. Enfrente, en el ex Banco Social, generalmente hay una familia, que como no tiene casa se sienta a pasar la tarde allí.
Cuando llego a mi trabajo, en el diario Hoy Día Córdoba, las primeras informaciones locales me indican que un chico de catorce años acuchilló a otro por encargo de un tercero; que mataron a un tipo porque era linda su campera; que en un barrio reclaman porque no tienen agua o porque no tienen cloacas y la bosta los está tapando; etcétera. Posteriormente, me dedico a lo que ahora sería mi especialidad: política internacional. Aquí me encuentro con soldados norteamericanos que mueren todos los días, producto de los ataques de la resistencia iraquí, mientras sus compañeros reaccionan metiéndole un balazo a cuanto árabe con turbante se cruzan. Más arriba, en el mapa digo, los jóvenes palestinos mueren porque cometen la osadía de tirarle una piedra a un tanque de guerra, que obviamente contesta con balas; una nena israelí que fue con su mamá al shopping voló en mil pedazos, víctima de un atentado suicida, donde ese suicida es una persona que decidió morirse, pero acompañado. En Africa las guerrillas secuestran niños y niñas, potenciales soldados los primeros y placer las segundas. En el continente negro también hay muertos, pero se cuentan de a cien.
Terminado mi trabajo, voy a tomar un café y me encuentro con esos chicos que son echados a patadas por los mozos por pedir una moneda y por estar sucios. El mozo no entiende que esos chicos viven en esos barrios donde no hay agua potable.
Más tarde, a la noche, en los bares de Nueva Córdoba, una mujer con un batallón de chicos sale a pedir en cuanto bar encuentra. En el bulevar Illia unos pibes duermen en la entrada a un edificio, que está al lado de una pizzería, tapados con una caja de cartón desarmada. Seguramente cuando el portero se avive que están allí los echará a patadas porque dan una mala imagen al edificio.
Cuando vuelvo a mi casa, caminando siempre, me cruzo con los cartoneros. Los cartoneros son familias que se dedican a buscar precisamente cartones, que luego los venden por algo de dinero. Pero como ya no los dejan entrar al centro de la ciudad con sus carros tirados por caballos, los cartoneros deben arrastrar ellos mismos los carros para luego descargar lo obtenido en las carretas que los esperan en las entradas del Centro. Hacen estos viajes innumerables veces al día.
Esto no es lo único que veo en estos recorridos diarios, pero enumerarlo todo se haría interminable.
Más tarde llego a mi casa, encuentro a mi familia, a mis perros, y cuando me acuesto en mi cama, en mi pieza con calefacción, la duda, la pregunta que ya ha estado rondando por mi cabeza durante todo el día, me atormenta con violencia. He buscado a través de la filosofía, de la psicología, de mis propios sentimientos y de mil maneras más pero no he logrado responderla. A veces lloro.
¿Qué demonios es la felicidad?
Y luego, me duermo.

No hay comentarios: