jueves, 27 de septiembre de 2007

El pulpo


Él siempre había hecho lo correcto. Se graduó con honores y en el tiempo necesario. Luego comenzó a trabajar. En el medio consiguió a la chica de sus sueños y era tan, pero tan inteligente que su mayor ambición era formar una familia y ser feliz.
Siempre había hecho lo correcto. Su padre lo adoraba, sus hermanos lo respetaban y sus amigos lo querían. Con sus ojos saltones, su baja estatura y su cuerpo macizo desde la secundaria se había ganado el mote de “gordo”. Aunque, y aquí viene la reverencia, sus amigos también lo llamaban “cerebro”, simplemente porque cuando Carlos te decía algo, lo hacía con una fuerte convicción y sólidos argumentos. Y vos, en silencio, pensabas: “¡cómo sabe este tipo!”.
Pero hasta el más perfecto de los seres humanos tiene su momento de debilidad, aquél que nos hace recordar a todos que ese ser al que admiramos tanto también puede caer en excesos, errores y confusiones.
El momento de Carlos llegó en unas aisladas vacaciones en Santa Rosa de Calamuchita, allá en los comienzos del siglo que aún está naciendo. En principio, nada salía de lo normal: una carpa, cuatro amigos, un poco de carne, alcohol a raudales, un jeep para los traslados y la idea fundamental de despejar las mentes en ese paraíso lleno de gente joven… y mujeres.
El primer día no me di cuenta, pero ya en el segundo pude observar como a Carlos se le entrecerraba levemente su ojo izquierdo cada vez que íbamos a la playa. Algunas horas después, las pulsiones ya eran claramente visibles: un bikini, y el Gordo se estremecía de pies a cabeza, mas aún conservaba la cordura acaso porque dentro de su mente primaba la imagen de su amada. Pasó la playa, abundó el alcohol y la noche nos encontró con una amiga que, a su vez, tenía muchas amigas a su alrededor. El asado de presentación no pudo ser mejor, nosotros revoloteábamos como vampiros sedientos alrededor de aquellas jóvenes doncellas, que preferían mostrarse como presas cuando en realidad eran ellas las cazadoras. Pero así estaba bien.
Él, el Hombre que nunca se había equivocado, se dedicó a cocer la carne y, por todos los medios, se abstrajo de esa danza de hormonas que pululaban a su alrededor. Más tarde, ya con la confianza a pleno entre los dos grupos que tenían el destino de una noche en sus manos, Carlos comenzó a perder la compostura. Llegaron los concursos de fondos blanco, pero Carlos se mantenía al margen, aunque ya se reía con el resto. Luego comenzó la ronda de bar en bar, y Cerebro ya era definitivamente uno más del grupo. Su testosterona podía palparse. Con esos ojazos enormes seguía en detalle a cada niña que se cruzaba frente nuestro, y sólo algunos minutos más tarde ya nos comentaba en voz baja las características de las bellezas que tenía ante sí. A este ritmo, no pasó mucho para que esos comentarios se hicieran directamente sobre el destinatario. Es decir, sobre esas chicas que caminaban alegremente por la noche serrana.
La Vaca Echada, el célebre boliche de Santa Rosa, fue el destino del grupo de amigos, porque ya era uno solo. Nos tomamos unos minutos para reconocer la arquitectura del lugar y nos mezclamos con la jauría, como quienes necesitan un instante para sumarse a un banquete infernal.
A esas horas, Carlos ya estaba totalmente desbocado. Entre el deseo que nacía ferviente de sus entrañas y la peligrosa mezcla de alcohol con energizante no pudo contener las toneladas de libido acumuladas en una vida entera y se abalanzó como un predador sobre absolutamente todas las mujeres de la discoteca.
Empezó con un tímido “¿querés bailar?”, continuó con piropos de baja calidad poética: “¿qué pasa, hay huelga en el cielo que los ángeles están en la tierra?”; para finalizar ya con un lamentable “adiós corazón de arroz… ¡esta que me cuelga es para vos!”. En todas esas instancias, Carlos lo intentó todo. Fue simpático, sagaz, mentiroso, prepotente y hasta un hábil bailarín, pero no pudo obtener el favor de ninguna de las mujeres que habitaban aquel antro.
Quizás porque no tuvo suerte, quizás porque su deseo sólo era pasar una noche de desenfreno pero mantenerse fiel a su amada. Lo cierto es que, esa noche, Carlos dejó la perfección de lado. O, más bien, se comportó como lo que era: un joven brillante que cada tanto se toma la licencia de comportarse como uno más en la multitud.

Pasó la noche. Nosotros, sus amigos, que también habíamos acabado solos, debimos ayudarle a regresar al camping pues Carlos apenas si podía caminar. Al día siguiente, nos comportamos como cualquiera se comportaría cuando su amigo pasa una noche alocada, prohibida: con crueldad. Y Carlos lo aceptó con hidalguía. Sabía que él sería el centro de todas las bromas cuando el grupo se sentara a repasar las anécdotas de una noche increíble.
Sabía, sí, pero no contaba con nuestra particular manera de hacernos burla. “¡Si no nos pagás un asado le contamos a tu novia lo que hiciste!”, vociferábamos entre risas. “La próxima vez que nos juntemos, tratá de que tu novia no entienda ninguna indirecta… ¡pulpo! ¡No nos dejaste avanzar a ninguna mina!”, decía otro. Y así se sucedían las gastadas, una tras otra, hora tras hora. Carlos, que se supone un tipo inteligente, cayó en la trampa, pues en un momento hasta pensó que sus amigos de toda la vida podrían traicionarlo en serio. Temió en un momento de poca lucidez que quienes más quería podrían revelar su secreto: se había portado mal. En realidad no se había portado mal, pero lo había intentado con todas sus energías.

Terminaron las vacaciones y el regreso de Carlos fue en el más absoluto de los silencios, mientras sus amigos continuaban con las burlas de rigor. A Carlos cada palabra le entraba por sus oídos como una aguja caliente. Le dolían.
De pronto, a poco de regresar a Córdoba, un miedo indescriptible invadió su alma con la misma violencia con la que el mar golpea las rocas en algún acantilado perdido en el universo. “Mi novia no se puede enterar”, pensó. Pero tras un pequeño trabajo de deducción, entendió que se había portado bien, que no tenía nada que esconder porque fue fiel a su amada.
Ante la posibilidad de que las bromas y los chistes hicieran referencia a cosas que no habían pasado, apenas llegó a la ciudad fue a ver a su novia, la miró fijo a los ojos y le dijo, con la voz entrecortada: “Amor de mi vida, que con tus ojos iluminas mi camino, el sábado en Santa Rosa me alcé un pedo de novela. Todo lo que te digan los chicos son mentiras. Te amo”.

miércoles, 19 de septiembre de 2007

Agendas prioritarias


Una de las teorías más lúcidas sobre los medios de comunicación de masas es la del Establecimiento de la agenda, o la Agenda Setting (Donald Shaw). Básicamente, la Agenda Setting indica que la cantidad de información que nos brinda la realidad jamás podrá ser incluida en un diario o un informativo (radial o televisivo). Por lo tanto, normalmente se realiza una selección de los temas que serán mostrados al público, de acuerdo siempre al criterio del mass media, claro está, pues de acuerdo a esta teoría los medios masivos de comunicación no pueden decirnos cómo pensar, pero sí sobre qué pensar.Y esto es lo que nos importa, porque ya estamos acostumbrados a que los grandes medios nos impongan la agenda de acuerdo a su criterio, pues todo el mundo lo tiene. Además, esta frase nos aclara que desde el vamos la objetividad no existe, pues sólo con elegir cuál será la noticia de tapa, un medio o una persona ya está siendo subjetiva. Pero de todos modos, a conciencia de que es inevitable no opinar sobre algún tema, el quid de la cuestión pasa en saber cuál es el motivo para realizar esa selección. Y aquí ya entramos en el terreno de los intereses que manejan (a) los mass media y que los lleva a diagramar tal o cual Agenda Setting.¿Qué habría sido de la invasión a Irak de no existir ese poderoso sustento mediático que ayudó a los norteamericanos a convencerse de la amenaza nuclear que representaba Irak? Nada. Hubiese sido sencillamente imposible, pues efectivamente el único método que sostuvo aquella empresa fue la alianza con los medios de comunicación de masas más importantes del mundo. O mejor dicho la sumisión de los mass media a los intereses de la Casa Blanca, que a su vez está sumida a los intereses particulares de un grupo de personas. Hoy, cuando han pasado ya cuatro años de aquella brutal invasión, y ante la evidencia de los hechos (Irak jamás fue un peligro nuclear), el propio Alan Greenspan, presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos de 1987 a 2006, admitió que la verdadera motivación de la acción armada fue el petróleo, y no la defensa de la humanidad. Tampoco tiene defensa la actualidad de las sufridas tropas norteamericanas, que vivieron en carne propia aquella mentira de "cuando derroquen a Saddam los van a tratar como a dioses". Todo lo contrario, la verdad fue "gracias por derrocar a Saddam, pero ahora vuelvan a casa o sufran las consecuencias", y sólo en algunos casos, pues en otros fue aún peor.Pero eso no es todo, y aquí va una severa advertencia: debemos estar atentos a la nueva agenda de los mass media. ¿O acaso algún lector desprevenido piensa que los reveladores informes sobre los planes norteamericanos para atacar a Irán salieron a la luz justo ahora, por coincidencia o sagacidad periodística?

martes, 18 de septiembre de 2007

Sólo una vez (por semana)


Hugo, Paco y Luis habían salido esa noche simplemente a matar el tiempo. No tenían un plan determinado, ni siquiera expectativas, sólo se sentían como aquellos que realizan alguna actividad más por costumbre o por miedo a quedarse solos entre sus pensamientos que por convicción. Era el último día de una extensa semana laboral y los tres tenían deseos de distraerse un poco. Tomar alguna cerveza, ver mujeres hermosas, hablar de la vida y luego volver a casa. Simplemente eso. Salieron al barrio estudiantil, aquél que acostumbraban visitar siempre que podían, pues contaba con una infinidad de bares que ofrecían una variada oferta, tanto de estilos como femenina. Eligieron uno de ellos, se sentaron en una mesa y se dispusieron a conversar y mirar, con la misma energía. Sin embargo, no contaban con que esa noche de verano ofrecía un intenso calor, con el inconveniente que trae consigo: cuando la temperatura es elevada uno tiende a transpirar mucho y, para recuperar ese líquido perdido, el cuerpo, esa máquina perfecta, nos lo demuestra a través de la sed. Si bien lo que acabo de explicar es lo más normal y acaso básico del mundo, en una noche de alcohol puede tornarse peligroso, pues esa demanda de líquido no se sacia con agua, sino con cerveza o fernet con coca. Así fue como pasaron algunas horas y Hugo, Paco y Luis comenzaron a sentir los primeros efectos del alcohol, esos que a uno le exaltan la felicidad y le quitan las ganas de volver a casa. Ya con las inhibiciones guardadas en algún arcón perdido, nuestros héroes comenzaron a rondar entre bar y bar como fieras hambrientas que pretenden saciar su deseo cueste lo que cueste. Bailaron, posaron para alguna cámara inexistente como si fuesen lindos, contaron chistes, recitaron poemas, mintieron en cuanto a su fortuna; en fin, intentaron toda clase de peripecias para lograr el favor de alguna bella muchacha, pero no lo lograron. A medida que pasaban las horas y el consumo de alcohol no mermaba, el concepto de belleza varió radicalmente, y para las cinco de la mañana todo aquello que se pareciese a una mujer era bello. Ya ni siquiera había un máximo entendible de kilogramos ni la más mínima pretensión de facciones o curvas. Lo que sea, literalmente, estaba bien. Tanto para Hugo, como para Paco y Luis. Pero todos los esfuerzos fueron infructuosos: nada, ni nadie quiso cuanto menos intercambiar unas palabras con ellos. El jueves hacía rato que se había hecho viernes, el sol amagaba con asomarse y ellos estaban solos. Y así tendrían que dormir. Aparentemente. Poco después, uno de ellos fue invadido por la cordura y propuso que la noche había terminado, por lo tanto, ya era hora de emprender la retirada. Estaban demasiado borrachos como para continuar en otro lado y tenían la plena certeza de que no podrían de ninguna manera conocer a una chica. Definitivamente, no era su noche. Los tres lo entendieron así, salieron del enésimo bar e iniciaron el regreso a casa. Recorrieron una cuadra, entre tropezones, para llegar al automóvil en el más absoluto silencio. Era el silencio de la derrota. Sin embargo, nunca sabremos si fue durante aquella eterna caminata o sobre el rodado que los trasladaría a casa que uno de ellos lanzó la idea a los demás: amor de alquiler. O, palabras más simples, ir de putas. Casi sin discutir, nuestros héroes pusieron manos a la obra y realizaron una rápida puesta en común para decidir, con el espíritu renovado, cuál sería el destino. Que yo conozco una wisquería con lindas chicas y buenos precios por allá, decía uno; pero la que está en aquél otro lado es mejor, retrucaba el otro. Luego de más de media hora de un debate encendido decidieron acudir al más cercano, pues, no olvidemos, estaban completamente borrachos, y no es fácil manejar en ese estado. El tugurio en cuestión estaba ubicado en calle 9 de Julio, a pocos metros de La Cañada. Quienes lo conocen, dicen que combina tres cuestiones básicas para este tipo de comercios: precio, calidad y poco tiempo de espera. A los pocos minutos, ya habían arribado al local, pero se encontraron con la sorpresa de que la disponibilidad no era la ideal; apenas una chica podría hacerles el favor y a todos juntos. Paco y Luis aceptaron inmediatamente, pero a Hugo lo remordió la conciencia, y el bolsillo, pues no era para nada accesible. Así fue como dos de nuestros héroes acudieron sin pensarlo a la habitación del amor, donde serían atendidos como lo que eran: dos borrachos absolutamente desesperados que terminarían aquella aventura más entre risas y eructos que extasiados de placer. Hugo, mientras tanto, esperó pacientemente en la sala de entradas, hasta que una de las prostitutas le pidió que fuese a otro lado porque esperaban más clientes. Entonces, Hugo, que era el encargado de sostener los bolsos de sus amigos, no tuvo más remedio que encerrarse en el baño, rodeado de bártulos, y reírse de sí mismo por la situación: estaba en sentado sobre el excusado de un prostíbulo, esperando a que Paco y Luis terminaran con aquella deliciosa prostituta. Pasada la anécdota, a la semana siguiente cuando regresaron al trabajo, los tres, entre risas, juraron que jamás volverían a hacer una cosa por el estilo. Hasta el jueves siguiente, claro.

jueves, 13 de septiembre de 2007

El mismo conflicto


La victoria de Salvador Allende en las elecciones chilenas, en 1970, polarizaron a un país que poco después decidiría su destino sobre la base del terror. Entre esos extremos se encontraba una masa desprotegida que exigía igualdad o, al menos, mayores oportunidades para progresar, mientras que en el otro podía verse a las clases medias y altas, aterradas por la llegada de un socialista al poder, con el fantasma de Cuba siempre presente. El resultado ya es conocido: el 11 de septiembre de 1973, un general, Augusto Pinochet, traicionaría a sus comandantes (entre ellos un tal Alberto Bachelet, el padre de la actual presidenta Michelle Bachelet) y tomaría el poder con la vital ayuda de Henry Kissinger. Y la historia conocida continuó: Pinochet se encargó de imponer las medidas que abrirían paso al neoliberalismo, pero en 1988 el clamor popular por democracia y la falta de apoyo norteamericano lo llevaron a tomar la difícil decisión de hacerse a un costado y llamar a elecciones. Llegaron los comicios y ganó la Concertación Democrática, una alianza entre el socialismo y la Democracia Cristiana. Hasta allí, Chile no cambió un ápice de las recetas impuestas por el viejo general, hoy fallecido. Es más, se transformaría en el orgullo del poder central, pues fue el único país de la región que no sufrió una debacle social y económica a causa de ese sistema. Sin embargo, el paso del tiempo demostraría que la población, de a poco, ya se estaba cansando de celebrar los éxitos macroeconómicos sin palpar de manera tangible sus bondades. La deuda interna hacía estragos en un país que no escapa del factor común en toda América latina: la desigualdad social. Así llegó al poder Michelle Bachelet, con un fuerte discurso que apuntaba precisamente a limar esas diferencias aunque no se atrevía a dejar de lado un camino que ya superaba los 30 años -especialmente por la fuerte resistencia dentro de la misma Concertación-. Pero los años de gobierno demostraron que la presidenta aún no cumplió con su promesa. Presa de la imposibilidad de hacerlo por la fuerte estructura creada a su alrededor o bien por incapacidad, lo cierto es que Chile poco ha cambiado y ese reclamo ya se está transformando en acción. Desde el domingo, miles de chilenos salieron a las calles para hacer sentir su voz, con la bandera de Salvador Allende entre sus manos como el pretexto ideal para hacer valer su descontento. El resultado también es conocido: fuertes enfrentamientos con la policía y hasta un muerto. Los intelectuales sostienen que la historia no es circular, y tienen razón, pero la realidad nos demuestra que pese a la sangre que tiñe los suelos, en esencia, poco ha cambiado. El sueño de Allende y de tantos otros todavía no se ha cumplido, y nosotros no aprendimos la lección.

miércoles, 12 de septiembre de 2007

Solo en el mundo


La última década estuvo marcada por la unipolaridad mundial, la guerra contra el terrorismo y la aparición de movimientos alternativos a ese dominio exclusivo, especialmente en latinoamérica. En 1997, Estados Unidos todavía tenía dinero para comprar el mando mundial –sin recurrir exageradamente a las armas-, en Venezuela gobernaba Rafael Caldera, Rusia aún no se había recuperado y en el Reino Unido asumía el poder un político progresista llamado Tony Blair, el primer ministro más joven de la historia británica que diez años después dejaría el cargo hostigado por su partido y convertido en un conservador.
¡Cómo pasa el tiempo!
Cuando Hoy Día Córdoba recién daba sus primeros pasos el mundo estaba acomodándose al violento cambio que significó el hundimiento de la Unión Soviética y la asunción de Estados Unidos como potencia hegemónica. En otras palabras, por primera vez en mucho tiempo teníamos un mundo unipolar, con las consecuencias que, sabemos, acarrearía. Recién salíamos de la Guerra de los Balcanes y la realidad ya era clara: la unipolaridad socavaría irremediablemente las entidades supranacionales y, al mismo tiempo, reduciría la equidad mundial, hablando del trato entre estados, claro está. Y así fue, porque a partir de 1997 se notó cada vez con más fuerza la influencia estadounidense sobre todos los países del mundo, incluso Asia y Rusia, acaso las regiones que representaban –y representan- un peligro inminente para al imperio.
Pese al contexto, durante la presidencia de Bill Clinton la Casa Blanca no había experimentado la necesidad de desencadenar todo su arsenal –léase político y militar- sobre el resto de la humanidad, bien porque no era necesario ya que había una cierta estabilidad mundial y bien porque la gestión Clinton no era especialmente belicista, pese a que había participado en varias acciones armadas, tal vez algo imposible de evitar para un estadounidense.
Pero pronto todo cambiaría, pues luego de las polémicas elecciones de noviembre de 2000 (muchos aún denuncian un decisivo fraude electoral en Florida) el Partido Republicano retornó al poder luego de ocho años, representados nada menos que por George W. Bush, la cabeza visible de un grupo de neoconservadores, una palabra que en ese entonces ya sonaba fuerte.
Si bien los primeros meses de la gestión Bush estuvieron caracterizados por un quietismo alarmante, fue después de los atentados a las Torres Gemelas y el Pentágono que el nuevo gobierno encontró su razón de ser, y el resto del planeta sufrió las consecuencias, pues esa unipolaridad de la que hablábamos se llevó hasta un extremo casi intolerable y produjo secuelas sangrientas en sus aliados, como los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid o los del 7 de junio en Londres. A tal punto, que por su propia acción desarrolló la creación de movimientos de resistencia política y hasta un Foro Social Mundial.
Pero, volviendo a lo nuestro, el 11S marcaría un antes y un después fundamental en el contexto mundial porque Estados Unidos acentuaría más que nunca su vocación de potencia hegemónica. Por ello sufrieron estamentos supranacionales creados precisamente para evitar una situación de este tipo. Y en este caso, el ejemplo más sobresaliente es Naciones Unidas (ONU), que más que nunca se reveló como una organización pluralista sólo en su apariencia, pues los temas más delicados se deciden entre las cinco naciones más poderosas con derecho a vetar cualquier medida que tome el plenario, en una tendencia que se repetirá en estos últimos años.
Cada uno defendiendo su postura particular pero de alguna manera socavados por la influencia estadounidense, los miembros con derecho a veto del Consejo de Seguridad de la ONU apoyaron sin chistar, en 2001, la invasión a Afganistán, ya que ahí supuestamente se encontraba el nuevo enemigo público número uno del mundo: Osama ben Laden y su Al Qaeda, el villano que definitivamente reemplazó a la otrora maléfica Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas como el rival a combatir.
Así las cosas, una coalición liderada por la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), también bajo el yugo estadounidense, desbancó rápidamente del poder al gobierno talibán, que paradójicamente pocos años antes había recibido el decisivo apoyo de la Casa Blanca para expulsar a las fuerzas soviéticas de territorio afgano.
Corría diciembre de 2001 y aquella unipolaricidad mostraba acaso su costado más cruel: el de la guerra contra enemigos fantasmas y una población civil que sufriría –y sufre- en carne propia sus consecuencias.
Pero lo peor estaba por venir, pues un año después haría su aparición protagónica un culebrón que dejaría a la ONU por el suelo: la invasión a Irak.
A mediados de 2002 la inteligencia estadounidense comenzó a buscar justificativos para cumplir con el viejo anhelo de la derecha dura norteamericana: el derrocamiento de Saddam Hussein. Pero tan poco convincentes eran esos argumentos que ni siquiera la obediente ONU podría justificarlos, en especial por la resistencia de tres países con derecho a veto como Rusia, China y Francia, apoyados por la opinión pública mundial con Alemania en la vanguardia. Fue en ese preciso momento cuando la Casa Blanca dejó los formalismos de lado y demostró quién mandaba en el mundo, pues invadió Irak sin la venia de Naciones Unidas y con una coalición un tanto dudosa, que contaba con el apoyo del Reino Unido, España e Italia como actores secundarios, países que sufrirían luego el fracaso de la guerra.
En medio de todas estas discusiones belicistas quedaron otros procesos que cobran mayor importancia hoy en día, cuando Estados Unidos se halla enfrascado en el inexorable fracaso de su aventura iraquí y bajo una crisis política y económica preocupante, que para muchos hasta puede significar el ocaso del imperio.
Decimos en el medio porque también en este decenio es preciso destacar el regreso de Rusia como un actor que amenaza al liderazgo norteamericano, al igual que China, tal vez el país que más ha crecido en estos años. Y a un costado del camino aparecen otros actores como Irán, latinoamérica y los movimientos antiglobalización europeos, que también pretenden introducirse en la discusión de un movimiento alternativo en el mundo, que equilibre el dominio unilateral que hoy ejerce la Casa Blanca.
Europa, por su parte, sufrió las consecuencias de su propia inacción y se encuentra enfrascada en la imposibilidad de llevar a los hechos el significado de Unión Europea (UE), más una unión de mercados que un bloque político, social y económico consistente, tal como lo indica su nombre. Si bien por peso específico jamás dejará de ser parte central en el juego mundial, la población del Viejo Continente está en otra lucha –especialmente la de Europa Occidental-: la de evitar el veloz avance del neoliberalismo que se traduce inmediatamente en la pérdida de viejas conquistas sociales. Pero al mismo tiempo, navega en la eterna contradicción, pues el temor a una avalancha de inmigrantes permitió la llegada de gobiernos duros y conservadores, al mejor estilo neocons estadounidense, para defenderlos del extranjero invasor. Y mientras, cede sumisa al juego estadounidense de agresión constante y Guerra contra el Terrorismo (recordemos sino los vuelos ilegales que realizaba la CIA por el continente transportando a personas sospechadas de terrorismo, ilegalmente secuestradas en Medio Oriente o en propio suelo europeo).
En fin, parece increíble que en tan poco tiempo tanto haya cambiado el mundo. Cuando este diario iniciaba su existencia en América latina todavía seguíamos las fórmulas del FMI y la mayoría de los gobiernos era de neto corte neoliberal, sólo por citar dos nuevos ejemplos. En realidad no tenemos la certeza si los procesos históricos se aceleraron en los últimos años, pero sí estamos en condiciones de afirmar que los últimos diez años encierran en sí mismos infinidad de sucesos que surcaron la historia de la humanidad. Y nosotros, afortunadamente, estuvimos para contarlo.

martes, 4 de septiembre de 2007

El falsificador del Dante Alighieri


Muchos creen que los dichos populares, o refranes, son la fuente de la verdad absoluta. Y, a decir verdad, no están muy equivocados, porque siempre, casi en toda situación cotidiana, hay un refrán para aseverar cualquier tipo de acción. Claro que para llegar a esas verdades no sólo hicieron falta cientos de años, que perfeccionaron esos dichos a las distintas situaciones que vivió el ser humano, sino que además muchos se encuentran enfrentados y significan serias contradicciones entre sí (“más vale pájaro en mano que cien volando” aconseja ser conservador en cada decisión y “el que no arriesga no gana” predica precisamente lo contrario”) que los hacen infalibles, si sabemos cuando utilizarlos. Sin embargo, muchos de ellos pueden hasta servirnos como guía ante determinadas circunstancias. Y para finalizar con este preludio que ya se está haciendo más largo de lo indicado, cerraremos con decir que la historia que hoy nos convoca parte de un conocido refrán: “la mentira tiene patas cortas”.

El Grandote Intrépido recorría el Ecuador de la enseñanza secundaria con dos certezas contradictorias: debía cumplir con su única obligación que era finalizar el año escolar sin inconvenientes mayores y, al mismo tiempo, tenía la obligación intrínseca de comportarse como un adolescente rebelde y lleno de hormonas, que sólo ve lo que está delante de sus narices y hace caso omiso a aquello tan abstracto que los adultos llaman futuro. Así, entre una certeza y otra, el Grandote Intrépido navegaba entre su inevitable fracaso escolar y el oportuno disimulo ante sus padres, muy conservadores y preocupados por la opinión del entorno, por cierto.
Ya corría el mes de octubre y el colapso era inminente: el último reporte vaticinaba una catarata de materias con bajo promedio, que irremediablemente acabarían en diciembre, aquél mes tan temido en el secundario. En ese entonces, el Grandote Intrépido sabía que le esperaban dos meses de reclusión perpetua, pues sus progenitores de ninguna manera permitirían que el primogénito fuera un desastroso estudiante. Así las cosas, el período octubre-diciembre se basó en el concepto peronista de las épocas de crisis: “De la casa al trabajo y del trabajo a la casa”, sólo que en este caso no había trabajo, sino escuela. Lejos quedaron los abril, mayo, junio, julio, agosto y septiembre de libertinaje y delirio adolescente. Con la pesada mochila de lo que ya era un mal año, nuestro héroe debía hacer caso a su conciencia y sentarse a estudiar como Dios manda. Pero, sabemos, el cerebro de un adolescente es demasiado complejo o demasiado simple como para hacer caso a las reglas, y nuestro simpático Grandote Intrépido se las ingenió para gambetear los libros y hacer realidad los presagios: diez materias a rendir en diciembre. Pero eso no era todo, pues a ello lo acompañaba una buena cantidad de amonestaciones que hasta ponían en peligro su permanencia en esa prestigiosa institución italiana en el siguiente año lectivo. En consecuencia, debía ser un ángel no tanto para pensar en su futuro, sino para salvarse de sus padres en el presente.
Llegó diciembre, el mes fatídico, y el Grandote Intrépido lo encaró con la valentía que lo caracterizaba, aquella que lo hacía un jugador de básquet de excepción, una práctica olvidada en esos momentos de intenso estudio. Con mucho encono y tesón pudo salvar nada menos que cinco materias, el cincuenta por ciento de lo que adeudaba, mas no era suficiente, ya que para marzo le habían quedado otras cinco y, sí o sí, necesitaba aprobar por lo menos tres más. Al mismo tiempo, sabía que si sus padres se enteraban de su situación escolar se perdería el verano, el mejor momento de un adolescente con novia y muchas amigas. Nuestro héroe se hallaba en una verdadera encrucijada, pues o se perdía el verano o repetía el año. Y, en ambos casos, estaba muerto.
Ante semejante panorama, el Grandote optó por la salida que elegiría cualquier adolescente: la más estúpida. El plan era simple: convencer a sus padres de que no debía tantas materias a marzo. Para lograrlo, era necesario inmiscuirse en la dirección y hurtar un reporte en blanco, para así poder llenarlo como corresponde y, ante sus padres, suplantarlo por el original. Ya con la decisión tomada, el Grandote Intrépido se acercó en cada recreo durante varios días a la Dirección de su escuela, hasta que una vez la vio vacía y se dio cuenta de que era su gran oportunidad. Sin vacilar ni un segundo, se dirigió con la mayor naturalidad posible a la sala en donde se encuentra la máxima autoridad del establecimiento y comenzó a hurgarla hasta dar con las libretas. Una vez con el reporte en su poder, buscó rápidamente el sello de la dirección y más tarde tendría la ardua tarea de llenar todo los casilleros en blanco, con calificaciones positivas, claro.
La falsificación del reporte, que en esta columna llamaremos travesura, salió a la perfección y el Grandote Intrépido pudo gozar de un verano tal cual lo había soñado. Pero los meses de placer pasaron y, nuevamente, el Grandote se encontró ante la disyuntiva de tener que estudiar cinco materias y que sus padres crean que son sólo dos. Al mismo tiempo, su conciencia comenzaba a hacer estragos en su mente, porque si no hacía algo al respecto, como pedir ayuda a sus padres, indefectiblemente perdería el año escolar. Ya transitaba febrero y el Grandote Intrépido debía hacer algo pronto.
Y como todo hombre valiente, decidió encarar el peligro mirándolo directo a los ojos. En otras palabras, le diría a sus padres que había falsificado la libreta y se pondría a disposición de cualquier tipo de castigo. Claro que, dentro de todo, había que minimizar el impacto de semejante noticia. Entonces, pensó que lo más acorde sería revelar su terrible secreto con otras personas presentes, así por lo menos el ataque de ira inicial que tendrían sus padres no se traducía en golpes directos. Y la mejor ocasión era una cena familiar que se realizaría en su casa en los próximos días.
Todo estaba perfectamente planeado. Llegó el almuerzo y el Grandote Intrépido sabía que debía revelar su secreto lo antes posible, así pasaba mucho tiempo hasta que se fueran todos y, en una de esas, no sufría demasiado castigo inmediato –sabía que en el mediano plazo era imposible salir impune-. Esperó a que se sentaran todos a la mesa y, parándose bien erguido realizó el anuncio: “Mamá, papá, hermanos, tíos, primos, debo anunciarles que les mentí a todos. Me llevé cinco materias a marzo y, para no recibir castigo alguno, falsifiqué el reporte para que ustedes creyeran otra cosa. Ahora, como un hombre, afronto mi problema pero les pido ayuda o perderé el año irremediablemente”.
En ese entonces el Grandote Intrépido ya era amigo mío, pero, recuerdo, no lo vi por dos años.

Se molestó Eric


Debo admitirlo, nunca me gustaron los chismes, y mucho menos si atentan contra lo que quiero o creo. Por lo tanto, aprovecho estas líneas para condenar con todas mis fuerzas el deleznable libro publicado recientemente por el pseudo periodista Robert Draper, quien afirma discrepancias en la Casa Blanca basándose en fuentes confusas y poco creíbles.
Este señor, según publicó The Washington Post, indicó que uno de los pilares de la administración Bush, Karl Rove, aconsejó al presidente que no elija al vicepresidente Dick Cheney para la fórmula presidencial, cuando las elecciones. También señala que el cerebro de la Casa Blanca rechazó el nombramiento de Harriet Miers a la Suprema Corete de Justicia, entre otros chismes de pasillo que poco tienen de creíbles.
Con todo el dolor del alma, me gustaría decirle a este señor que se dice ser periodista que acepto el fracaso de nuestra administración. Admito, para ser más preciso, que nadie nos entiende hoy en día, pero que en poco tiempo la humanidad entera estará agradecida a quienes hoy despectivamente llaman neoconservadores. Nosotros no tratamos de defender una ideología en particular, sino que protegemos a la humanidad de sí misma. Y, que quede bien claro, jamás sacaremos los trapitos al sol, si es que alguna vez hubo discrepancias internas.
¡Qué fácil que es hacer leña del árbol caído! Qué sencillo que es para ese señor hablar mal de nosotros cuando nuestra gestión está en su piso de popularidad. Me pregunto, ¿por qué no dijo algo cuando logramos la reelección? Ahí todos nos felicitaban, claro.
Sin embargo, nada me hará cambiar de opinión. Tanto yo como mis copartidarios estamos muy seguros de lo que hicimos y no nos arrepentimos de nada, pese a que nos critiquen desde todos los costados. Porque si violamos los derechos humanos o el derecho internacional, no fue para favorecer a nadie, sino para proteger a la humanidad.
Alguna vez nos entenderán.

viernes, 24 de agosto de 2007

Rubita, la princesa torpe


Esta vez la historia nos remonta a otras épocas, si bien cercanas en cuanto a la noción que tenemos del tiempo, muy lejanas si tenemos en cuenta el desarrollo de nuestras vidas. En este caso, haremos referencia a la niñez. Pero no a cualquier niñez, sino a la de Rubita.
Rubita era una chiquilla muy especial, cuya belleza era superada solamente por su torpeza. Tan capaz de desvelar a cualquiera sólo con mostrar su rostro o su sonrisa como de estropear cualquier formalidad de ocasión, Rubita se movía por la vida con un desparpajo digno de las princesas. Y así era tratada, pues sus padres se preocupaban mucho por ella e intentaban cumplir con todos sus pedidos.
Así fue que un buen día, cuando la nena tenía aproximadamente once años, sus padres accedieron a comprarle un par de patines, con los cuales había insistido durante largos meses. Vale la pena aclarar que en aquella época no existían los rollers con sus ruedas en línea, más dañinos para las rodillas pero mucho más fáciles de manejar, sino aquellos viejos patines con las ruedas a dos pares y dos ejes de metal que los cruzaban. Sencillamente, sólo para expertos. Y Rubita, claro, no lo era.
El caso fue que un buen día sus padres aparecieron con los benditos patines, generando una felicidad indescriptible para Rubita. Esa felicidad que sólo el alma pura de un niño puede sentir ante tan pequeño gesto.
Sin perder tiempo, la nena se calzó ambos rodados a sus pies y con tanta destreza como la que puede tener un esquimal en una playa de Río de Janeiro, se lanzó por la casa dando tumbos y a toda velocidad.
No llevaba cinco minutos con los patines puestos que un potente deslizamiento sobre los mosaicos de la cocina derivaron en un violento tropezón que aventó el cuerpo de Rubita hacia el mueble en donde estaban los platos. Presa de la desesperación, la nena optó por tomarse de donde podía con tal de salvar su humanidad, y lo logró. Pero el costo fue altísimo: un juego de doce platos, platitos y platazos se precipitó hacia el suelo no quedando ni uno sano.
Su madre, al escuchar el sordo ruido de la porcelana destruyéndose, salió a toda velocidad hacia la cocina ante el temor de que su hija se haya lastimado. Afortunadamente, la nena estaba justo al lado de la vajilla destrozada, con sus mejillas ruborizadas y una falsa lágrima a punto de desprenderse de sus ojos. Esa postal, y el alivio porque no haya sufrido ni un rasguño, salvaron a Rubita de lo que sería un castigo inminente, pero no le evitaron un fuerte reproche. Tragándose la bronca, su madre le pidió que vaya al patio con esos juguetes, porque dentro de la casa podría suceder un accidente lamentable.
La mujer pensó que de esta forma había solucionado el problema, pues el patio sólo contaba con césped y muchas plantas y flores. Plantas y flores que la madre de Rubita cuidaba con mucho celo, pues consistían en su pasatiempo preferido.
No pasaron más de diez minutos cuando la mujer se dio cuenta de lo que había hecho: había condenado a su jardín a una muerte segura. Porque, entre su torpeza y su inexperiencia para manejar los patines, Rubita no tardaría mucho en destruir aquél bello patio.
Cuando la madre llegó por fin al fondo de la casa, luego de bajar del primer piso, en donde tenía su habitación, ya era demasiado tarde. Rubita yacía sentada, llorando, con miles de pétalos sobre su regazo y el jardín marcado por las profundas huellas de esas ocho ruedas malditas.
Sin embargo, pese a esa patética escena, la madre estaba ante un dilema moral, porque si bien como nunca en su vida quería asesinar a su hija por haber estropeado el jardín, que tanto trabajo le costó construir, había sido ella misma quien la envió hacia ese sector de la casa. Por lo tanto, optó por una decisión salomónica: afortunadamente, cerca de su vivienda había una pista de patinaje, creada precisamente para que los niños no destrozaran salones.
Sin pausa pero sin prisa, la madre envió a su hija hacia ese lugar para que por fin pudiese divertirse sin destruir nada. O bien para que molestara a otro, pues ya la tenía harta.
Rubita no lo podía creer. Estallaba de alegría al ver a decenas de chicos que compartían una misma pasión: patinar. Sin medir las consecuencias, como siempre, Rubita se abalanzó sobre la pista demostrando que pese al poco tiempo que llevaba con sus patines –apenas unas dos horas- era la mejor de todo el lugar.
Lamentablemente, pese a su optimismo, no sólo que era bastante mala patinando, sino que además era demasiado peligrosa. No pasaron más de diez minutos que Rubita, lanzada otra vez a toda velocidad, embistió a un niño que también estaba dando sus primeros pasos con esos peligrosos juguetes. Y no pasó mucho tiempo más para que las personas que cuidaban el lugar expulsaran a la niña, mientras llamaban a una ambulancia para que atendieran a ese pobre desgraciado.
Rubita, con lágrimas en los ojos y una decepción que hasta podía palparse, dejó los patines en el arcón de los recuerdos y acudió rápidamente a los brazos protectores de su madre, para decirle entre sollozos:
-Mami, ¡ahora quiero una bicicleta!

jueves, 23 de agosto de 2007

Demasiada presión


Corrían los últimos años de la década del ‘80 cuando se conocieron. En esos momentos, ninguno de los dos sospechaba el fuego que se desataría entre ellos; eran demasiado niños. Ambos vivían a pocas cuadras, pero no se conocían. El destino, si es que existe, quiso que se encontraran recién en el secundario, tal vez la mejor época de la vida.
Ella era pura pasión, de esas mujeres que enamoran hasta al más despistado. Él, en cambio, tenía una mezcla de inocencia y hombría bastante extraña, pero que cautivaba.
El primer encuentro íntimo se produjo hacia fines del primer año. El trasluz de la puerta de un baño perdido permitía observar las manos de Aníbal y la nuca de Karina. Justo ese día, la pasión se encendió; y él se enamoró perdidamente.
Su historia se prolongó a través de los años. Siempre que la ocasión lo permitía, Aníbal y Karina encendían las llamas del amor en apasionados besos y caricias. Sin embargo, no podían estar juntos. Algunos afirman que por su forma de ser, otros aseguran que porque ella no quería. Lo cierto, es que nunca formalizaron lo que hacían a escondidas.
Los años transcurrían, sus cuerpos cambiaban, y ya hechos un hombre y una mujer continuaron con su fogoso y ocasional romance.
Ya penando canas, hijos, novias y esposos mediante, Aníbal y Karina continuaban en la clandestinidad. Cualquier suceso era el pretexto perfecto para saciar su sed de amor. El cumpleaños de algún compañero del secundario, encuentros ocasionales minuciosamente planeados, o no. De alguna forma u otra, ellos lograban verse con cierta regularidad.
Sin embargo, siempre existió una materia pendiente que no los dejaba tranquilos: el sexo. Nunca habían podido transformar esa pasión en algo más intenso. Inseguridad de ella, falta de dinero de él, alguna casa que no conseguían a último momento y muchas otras desventuras que no vale la pena enumerar. Lo cierto es que el sexo era la gran materia pendiente para coronar su amor.
Karina dominaba la situación y no se dejaba llevar ciegamente por la pasión. Después de tantos años, quería que su primera vez con Aníbal fuera perfecta. Él, todo lo contrario, con esa ingenuidad y hombría que lo caracterizaba le costaba mucho mantener sus instintos atados cada vez que la veía. Incluso, en algún tiempo, el deseo era tal que comenzaba a pegar alaridos de desesperación. Para Aníbal hacer el amor con Karina era ya una cuestión de existencia.
Como todo en la vida tarde o temprano llega, el día más esperado en la vida de Aníbal estaba al caer. Moviendo cielo y tierra, nuestro héroe consiguió que un amigo de tierras lejanas le prestara su departamento. Y la noche llegó. Fue hace poco. La tensión sexual que había entre los dos podía cortarse con una tijera. Como una mera formalidad, salieron a tomar algo a un bar, como si se tratara de una cita común. Sin embargo, ambos sabían que después de tantos años el día había llegado.
El departamento era pequeño y a Aníbal le costó abrir la puerta para ingresar en él; estaba bastante nervioso y no era para menos. Fueron directamente hacia la cama, que en realidad era un colchón tirado en el suelo, y comenzaron a besarse apasionadamente. A Aníbal le temblaban las piernas, no podía creer que estaba viviendo ese momento, trataba de calmarse, pero era imposible. Tenía nada menos que a Karina entregada entre sus brazos. Y era tal como la había imaginado, la piel joven, sus carnes duras, Karina mantenía el cuerpo de una adolescente. Pero ninguno de los dos sabía lo que les esperaba.
En medio de tanta pasión, Aníbal sentía que tenía un volcán entre sus piernas y se abalanzó nuevamente sobre Karina para culminar el acto de amor. Ella, alertada sobre los peligros de la imprudencia, exigió a su amante que utilice el método más conocido de protección: un profiláctico. El hombre, poco práctico, tuvo que despegarse de ella para alcanzar las benditas gomitas que había dejado en su pantalón. El frío de la piecita, los nervios de él o vaya a saber qué, lograron que el otrora volcán que tenía entre sus piernas se transforme en un despojo, una suerte de masa gelatinosa que parecía no tener vida. Aníbal no lo podía creer, su día soñado no podía terminar así. Los denodados esfuerzos de Karina no pudieron evitar lo inevitable. El miembro de Aníbal no se levantaría más y, al menos esa noche, lo que tanto habían esperado no se daría.
A pesar del fracaso de ocasión, el bueno de Aníbal tuvo su merecida revancha y pudo lograr intimar con su amada. Sin embargo, lo que nuestro héroe no podrá evitar nunca, es la forma en que sería reconocido desde ese momento y para siempre por todos sus conocidos.
Desde esa noche, Aníbal el Valiente, pasaría a llamarse Aníbal, “el hombre que juega al pool con una cuerda”.

El Rey de la Noche


Hay personas que nacieron con un destino marcado. Desde su cuna, su estirpe les impone una manera especial de vivir; como si fuera un verdadero mandato genético. En la Logia de los Aros Perdidos, el miembro que más respondía a estas características era Sandro Ramírez, el Rey... de la noche.
Sandro era un luchador incansable; su lema preferido era “no hay placer sin dolor”, y lo seguía al pie de la letra. No entendía de cuestiones fáciles sencillamente porque no tenían sabor. Para él, el único regalo era la vida misma, lo demás, sufrimiento, y después, el premio. Así era su relación con las mujeres, una lucha constante en la cual perdía la mayoría de las veces. Pero esas derrotas no estaban signadas por su incapacidad, sino por su alma de Quijote que lo llevaba a entrometerse en empresas casi imposibles. Sin embargo, este no era el único inconveniente que Sandro tenía con el sexo opuesto. Otro problema, que también parecía genético, era una increíble mala suerte. Cada vez que aparecía la mujer indicada en su vida algún inconveniente surgía. O vivía a miles de kilómetros de distancia, o padecía alguna enfermedad incurable (tenía como un imán para las mujeres con problemas psiquiátricos), o simplemente algún acontecimiento desafortunado derrumbaba de un zarpazo el castillo de cartas que Sandro se había encargado cuidadosamente de armar.
Precisamente es de esta última característica de la relación de Sandro con las mujeres de la que nos encargaremos de contar.
El suceso se desarrolló de noche. A pesar de que era un tipo bastante desordenado, en las cuestiones sentimentales a Sandro no le gustaba dejar nada al azar; menos en una cita. Todo estaba perfectamente calculado. Desde el primer encuentro hasta el beso soñado al final de la noche. La mujer en cuestión, era bellísima. La noche mostraba una luna redonda y brillante; era la luna de los enamorados. Y Sandro lo estaba. Antes que nada, cabe aclarar que Sandro se enamoraba con una facilidad notable, prácticamente todos los días. Pero en esta oportunidad era imposible no enamorarse de mujer tan espléndida.
Todo se desarrollaba tal cual lo previsto. La velada se inició en un restaurante de categoría, a la luz de tres velas puestas sobre un candelabro. Sandro pidió unos riñoncitos al vino blanco y la Mujer milanesas con papas fritas (era hermosa, pero poco refinada). Él, para tomar eligió su infaltable Etchart Privado, torrontés, que era como su marca registrada. Ella, en cambio, se contentó con una limonada (repito, no era muy refinada). El restaurante quedaba en el barrio de Nueva Córdoba y su entrada era monumental. Los mozos trataban a los clientes cual si fueran reyes. Y Sandro, en realidad, lo era. El blanco mantel, las copas de cristal y la comida deliciosa, como ella. Terminada la comida, los tórtolos se dirigieron a caminar por la ciudad. Era tan mágico el momento que no sabían bien hacia donde se dirigían; estaban perdidos el uno en el otro. Sandro, por supuesto, compró una rosa a su enamorada, que la llevaba como si fuese su tesoro más preciado.
La noche se desarrollaba como Sandro lo había soñado, era más que perfecta. Tan perfecta que jamás pensó que algo podría salir mal.
Tras una larga caminata, la Mujer comenzó a cansarse y propuso a Sandro ir a algún bar, para tomar unas copas. Nuestro héroe (o antihéroe en este caso), como siempre tenía todo planeado y esa misma tarde había recorrido toda la ciudad en busca del mejor restaurante, para comer, tal como había sucedido, y el mejor bar, para este preciso momento. Y su búsqueda había dado resultados: el mejor antro de la ciudad estaba a unas pocas cuadras.
Allá partieron los enamorados, ya de la mano, al bar donde seguramente coronarían con un apasionado beso esa noche perfecta. Pero, como ya adelanté, todo saldría mal.

Como si su destino fuese la desventura, Sandro sufría el defecto que sólo tienen aquellos que no suelen cumplir con sus empresas cuando de amor hablamos: gustaba de alardear si la noche le salía perfecta. Y esta no fue la excepción.
En la caminata hacia el bar, Sandro comenzó a contarle a su enamorada todas sus vivencias nocturnas (obviamente con un toque literario) y cómo a su entrada al bar al cual se dirigían todos lo parroquianos comenzarían a saludarlo y a hacerles reverencias, porque él era nada menos que el Rey de la Noche. Y a un rey hay que tratarlo como tal.
La Mujer estaba más que ilusionada, porque ella no veía en Sandro al Rey de la Noche, sino a su príncipe azul. Era el hombre perfecto, “Su” hombre perfecto.
Sin embargo, triste fue la decepción que se llevó la joven enamorada cuando llegaron al bar y se encontraron con que el antro al que Sandro asistía, según él, todas las noches estaba cerrado. Pero eso no era todo, la edificación estaba derrumbada. En efecto, lo habían tirado abajo para construir una iglesia evangelista, al menos así lo decía el cartel que estaba sobre una de las chapas que cubría las ruinas.
Sandro no le encontraba explicación a lo ocurrido. No sabía cómo hacerle entender a su amada que esa misma tarde el bar estaba en pie. Que sus amigos no le habían avisado sobre su cierre. Es más, hasta argumentó que se habían llevado el bar entero, con cimientos y todo, hacia otra esquina, y que sólo tendrían que buscarlo.
Pero ya era tarde. Es sabido que una mujer puede soportar muchas cosas, pero nunca la decepción. La Mujer, que creyó encontrar al hombre perfecto, se dio cuenta en ese preciso momento que Sandro era un hombre normal, con millones de defectos. Esa sensación de amor que embriagaba su alma minutos atrás se había transformado en decepción, primero, y en aborrecimiento después. Si, lo odiaba. Le había mentido descaradamente. Él, el amor de su vida, su príncipe azul.
El final de la historia es triste. La despedida fue fría y Sandro nunca más volvió a ver a esa mujer. Otra vez solo, otra vez a sufrir por un amor perdido.
Desde ese día, Sandro fue conocido en la Logia de los Aros Perdidos como el Rey de la Noche. Y, obviamente, al día siguiente ya se había enamorado de nuevo.

Las aventuras de Luccardi


La luz era tenue y nuestro héroe se encontraba como pez en al agua. El departamento de esa joven era el lugar perfecto para realizar una nueva conquista, y la mujer en cuestión estaba más que dispuesta a ser sólo una nueva marca en la pared de Carlos Luccardi.
Carlos era un joven muy apuesto, que dedicaba su vida a las computadoras y a entrometerse en problemas de polleras. Utilizando su belleza física y una innumerable cantidad de trucos y personalidades aprendidas en las mil batallas del amor que afrontó, Carlos pasaba la mayor parte de su tiempo conquistando mujeres. Pero no era un playboy cualquiera, no, Carlos era un aventurero dedicado a las mujeres; que no es lo mismo.
Esa noche todo había salido perfecto, una salida romántica, mimos en la parte más oscura del bar de ocasión y mucho alcohol, pero para ella; un mujeriego que se precie de tal sabe que el alcohol produce en las mujeres una actitud desinhibida fundamental para este tipo de momentos. No había posibilidad de un no como respuesta ante semejante cuadro. La perfección de la situación era total, tal vez demasiado completa; extrañamente completa. El instinto de Carlos le decía que algo podía pasar. Un tipo que había vivido tantas aventuras como él, sabe que en cualquier momento la noche deseada puede desvanecerse.
Y así fue nomás.
Justo cuando estaban por cosechar el beso que crece en la penumbra, un ruido extraño provino de la puerta de entrada. Carlos, en ese instante, pensó en ladrones. “Bueno, se llevan todo, terminamos lo que empezamos y después hacemos la denuncia policial”, conjeturaba, decidido a cumplir su cometido a toda costa. Pero no, no eran unos simples ladrones; era el gigantesco padre de esa hermosa mujer, menor de edad ella, que vivía con un corpulento y celoso gringo, dueño de una verdulería. El Hombre, separado y sin apuros, entraba al departamento acompañado por una mujer y con el mismo propósito que Carlos: pasar una noche ardiente.
Asustados, Carlos y la preciosa menor de edad se vistieron a la velocidad de la luz y comenzaron a buscar un escondite apropiado para el muchacho, que temía por la entereza de su físico cuando esa mole lo encuentre profanando la cuna de su nena. El baño no era un lugar adecuado, puesto que al Hombre entrar a su casa le estimulaba su sistema intestinal y el inodoro era lo primero que visitaba. Descartado el baño, el pequeño departamento no ofrecía demasiadas variantes de escondite. Tenía pocos muebles y tan solo dos habitaciones. Los placares eran demasiado pequeños y no tenía un patio considerable. Además, la pieza de la joven menor de edad tenía un gran ventanal que daba directamente a la entrada al departamento, patiecito mediante. En el apuro, la joven menor de edad no tuvo mejor idea que esconder a Carlos detrás de la puerta de su pieza y acostarse en su cama como si nada pasara.
El Hombre, que ya había saciado sus necesidades intestinales en el baño, fue hacia el dormitorio de su hija para informarle que estaba con una mujer y que si sentía gritos o ruidos extraños no se asustara, que eran los ruidos del amor. El Hombre, estaba convencido de que su joven e ingenua hija no sabía de qué le estaba hablando. Deducción muy lejana de la realidad por cierto.
Carlos, asustado pero acostumbrado a este tipo de situaciones, estaba quieto tras la puerta. Con asombro, pudo observar cómo se oscurecía la pieza, era algo bastante extraño. Sin embargo, cuando observó bien, notó que era el Hombre, que había entrado a la pieza a explicarle lo que iba a ocurrir a su hija y su gigantesca figura producía una suerte de eclipse en el interior de la piecita.
El Hombre se había parado justo delante de Carlos y era realmente inmenso. Nuestro héroe no quería pensar lo que ocurriría si esa bestia lo encontraba y descargaba su ira en él. Además, haciendo una rápida observación de la arquitectura del departamento, no podía haber elegido sitio peor para esconderse. No tenía escapatoria alguna, el Hombre estaba de espaldas a escasos 15 centímetros de él, y con sólo mirar de reojo lo encontraría atrapado entre la puerta y la pared.
Esos minutos, segundos, horas, se hicieron eternos. El Hombre charlaba amablemente con su hija, que manejaba la situación con la tranquilidad de quién ha hecho esto muchas veces. Y Carlos seguía inmóvil, conteniendo la respiración tras la puerta. Era solo cuestión de darse vuelta para el sitio equivocado, de hacer un paso para atrás, o de que Carlos cometiera el más mínimo movimiento para que se desatara la tormenta.
Mientras el Hombre permanecía en la pieza, Carlos, viejo sabedor de estas situaciones, comenzó a especular con los daños que esa bestia podría producirle. Era un hecho que lo encontraría. Sabía que tendría que manejar la situación con mucha cautela. Ya practicaba la forma de convencer a este Hombre cuando se encontrase en estado de furia. Para colmo de males, no hallaba objetos contundentes a su alcance, como para atontar a la mole y salir corriendo a toda velocidad.
Sin embargo, y tras unos instantes que parecieron horas, el Hombre se dio vuelta para el lado opuesto donde estaba Carlos y emprendió su retirada hacia la pieza contigua, con el típico apuro que tienen los hombres a los que los espera una mujer dispuesta a todo en la pieza del lado.
De esta manera, nuestro héroe pudo contar esta historia sin siquiera sufrir un rasguño, y dispuesto a vivir muchas aventuras más. Obviamente, el acto esperado con la joven menor de edad se dio, pero no en ese momento Esa es otra historia que oportunamente será detallada.

La odisea del Forastero


La noche de Córdoba recién empezaba y el forastero se sentía bendecido. Pensaba, para sí mismo, la suerte que había tenido en conocer a esos amigos cordobeses y la consiguiente invitación que había hecho posible su desembarco en tierras serranas. “Mi primera noche en Córdoba”, se decía insistentemente sin poder ocultar su alegría.
En pocos días el forastero se había enamorado perdidamente de la ciudad, porque, consideraba, mantenía las características típicas de una urbe, pero sin la violencia de su Buenos Aires natal, donde prácticamente no se podía salir a la calle. Aquí era distinto, ¡si hasta se podía cruzar una plaza de noche! Además, el itinerario era excelente. Viajes a las sierras, para conocer la provincia; mucho asado y guitarra, además de la posibilidad de hacer nuevos amigos; gente muy hospitalaria, pensaba.
Pero aún quedaba lo mejor, pues por las obligaciones laborales de sus hospedantes no había podido gozar de la noche cordobesa, famosa por su exceso de jóvenes dada su gran población universitaria. Y ese día había llegado. Era sábado, por la noche, y todo comenzó con un asado y altas dosis de alcohol, como es correcto. Posteriormente, comenzó con la típica discusión de los playboys: ¿a qué boliche ir en la única noche del porteño en Córdoba?
Finalmente, la mayoría se inclinó por Faraón, un tugurio de importante tamaño que cumplía con todos los requisitos. En otras palabras, el alcohol era barato, estaba separado por sectores que ofrecían diferentes tipos de música y, por sobre todo, presentaba una gran cantidad de mujeres. Nada podía salir mal allí.
Entonces, acordado el paso a seguir, el grupo rumbeó hacia Faraón, con todas las esperanzas puestas en conseguir algún amor pasajero. El boliche, obviamente plagado de referencias hacia su nombre, estaba emplazado en la Zona del Abasto, a menos de un kilómetro del centro de la ciudad. En su entrada tenía un pequeño lobby para luego pasar a la primera pista, generalmente con música nacional. En ese lugar también había una barra, en la cual nuestros héroes fueron a cambiar la consumición que le habían dado por el valor de la entrada por algún trago para matar la sed. Más atrás, se encontraba el sector principal del comercio, un enorme círculo plagado de gente bailando en el más absoluto frenesí. Hacia la izquierda, una escalera llevaba hacia el primer piso, en el que también había sectores para bailar y reservados, a dónde todos querían ir en algún momento, pues sus cómodos sillones estaban dispuestos para iniciar algún romance. Pero, primero, había que encontrar a aquella mujer que se prestase para tal fin y para ello no se podía perder tiempo, ya que el nido estaba repleto de buitres.
Así fue como el Forastero y sus amigos se insertaron rápidamente entre la masa y repasaron todo un repertorio de formas para atraer la atención de las bellas jóvenes presentes.
Mas no todo salió según lo planeado. Si algo saben aquellos que pululan por las noches es que no siempre se puede cumplir con los objetivos propuestos, principalmente en todo lo referido al sexo opuesto. A veces el éxito se hace presente y otras no. Sencillamente es así y todos lo entienden de esa manera.
Ya la noche se acababa y el grupo se disponía a retornar hacia sus hogares con su soledad a cuestas. La tropa estaba disminuida, pues eran menos, ya que no todos corren con la misma suerte, pero los que quedaban permanecían unidos, como un equipo que jamás podrá ser diezmado por las venturas del destino.

Normalmente, esos regresos suelen ser muy crueles y pueden llevar al más precavido a cometer la máxima de las locuras con tal de saciar su voracidad sexual. Porque las hormonas no saben de éxitos o fracasos, sólo exigen acción. Y allí es cuando aparece la última de las opciones posibles para todo ser decente: amor de alquiler.
Así pensaba al menos El Forastero, quien estaba totalmente decidido a regresar a sus tierras con olor a mujer, habiendo compartido la cama con alguien, sea como sea. Pero el resto de los soldados no estaba dispuesto de la misma forma, el día ya asomaba y todos querían simplemente regresar a sus hogares a saciar su deseo en soledad, o sólo a dormir.
Las opciones del Forastero se resumían pero él insistía en cumplir con su cometido; “tengo que tener sexo en Córdoba”, se decía. Con la conciencia plena de que en algunos casos es necesario tomar al toro por las astas, plantó bandera frente a sus amigos y rugió que buscaría algún sitio para compartir el lecho, y no le importaba el precio. Se separó del resto de la tropa y con mucha valentía se adentró hacia lo desconocido, la ciudad.
Pero no era un improvisado, pues en Capital Federal había incurrido en la misma actividad en innumerables ocasiones y sabía que nadie más que un taxista sabía de wisquerías a esas horas de la noche. Entonces, tomó un taxi y le dijo que lo llevara a uno de esos lugares en los que se puede satisfacer la necesidad de sexo urgente a cambio de una suma de dinero. Y hacia allí partieron; conductor y pasajero.
El lugar al que se refería el chofer estaba en la periferia de la ciudad; más precisamente camino a La Calera, una localidad aledaña a Córdoba Capital. El viaje duró poco, pues ya era domingo por la madrugada y la ruta estaba prácticamente vacía. La cantina estaba ubicada a la vera de la ruta y, pese a que su tamaño era bastante reducido podía divisarse claramente debido a su soledad. Se encontraba a medio camino entre Córdoba y La Calera y su aspecto no prometía demasiado. Pero El Forastero, entre su desesperación por encontrar una mujer y alto nivel de alcohol que tenía en su cuerpo, optó por confiar en el chofer y accedió rápidamente a bajarse del coche, pagar la elevada tarifa del taxi y encarar, decidido, hacia el prostíbulo disfrazado de bar.
Cual no sería su sorpresa cuando nuestro héroe se encontró con las puertas cerradas. El local ya había cerrado y desde adentro no parecían demasiado convencidos en contestar sus reclamos, a estas alturas convertidos en súplicas, para que lo dejen pasar.
Sin embargo, El Forastero no se dejaría vencer rápidamente; llamó, golpeó, gritó y pataleó hasta que la puerta se entreabrió. En ese momento la sorpresa fue mayor, pues quien atendió no era precisamente una bella prostituta, sino una mujer de importantes proporciones que había nacido en el cuerpo de un hombre. Con voz seca, y bastante ronca, la mujer le advirtió que el lugar ya no atendía y que si continuaba con ese escándalo se vería en la obligación de llamar a la fuerza pública para retirarlo de allí.
Luego de varios minutos, que hasta podrían haber sido horas, El Forastero tuvo ese segundo de coherencia que por el que todos pasamos en una situación límite y decidió, con suma tristeza, emprender su regreso.
Pero no sería tan fácil, pues a esas horas la ruta estaba desierta y luego de los insultos que había propiciado contra los empleados del local no podría regresar y pedirles que le presten un teléfono para llamar a un taxi.
Entonces, se acercó hacia la calle, vio para un lado, y nada, para el otro, tampoco, y no le quedó más remedio que regresar caminando.
Según contaría tiempo después, fueron los 15 kilómetros más largos de su vida. Su única compañía fue un perro, que lo siguió por un tiempo hasta que cayó en la cuenta de que no le daría comida. Ese verano fue particularmente cálido y el Forastero pudo dar fe de ello, pues hacia el mediodía aún se encontraba inmerso a mitad de su odisea y el sol parecía calarle en su cuero cabelludo.
Cuando regresó a la casa de sus amigos, quienes estaban preocupados por su demora y hasta habían llamado a la policía, no tuvo otra opción que contarles la verdad.
Por fin, cuando se pudo acostar a dormir, sentía un intenso dolor en sus piernas y recordaba, entre lamentos, que no eran los músculos que precisamente pensaba utilizar esa noche, pero por lo menos tenía el consuelo de haber vivido una verdadera aventura, digna de ser contada por generaciones.

martes, 21 de agosto de 2007

El gran titiritero


Todos tenemos cierta atracción por los poderes ocultos. Y no me refiero a lo sobrenatural, sino a la intriga sobre aquéllos seres que, como marionetistas, manejan el mundo desde las sombras. Por citar dos personajes, esa sensación nos dejó el siniestro José López Rega o el ruso Rasputín, quienes inclusive fueron relacionados con magias ocultas. Pero más allá de las prácticas de estos sujetos, lo cierto es que su existencia justifica de algún modo aquello del "poder detrás del poder".
El lunes, otro que sigue la misma línea de los citados anunció su renuncia como consejero del presidente George W. Bush. Se trata de Karl Rove, quien fuera calificado como "el Göbels de Bush" o el “copresidente”. Pero por sobretodo, Rove es conocido como un hombre maquiavélico, en el sentido de que está dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de cumplir un objetivo. Sino, basta con mirar la carrera política de Bush hijo, de la cual él es el principal estratega. Así lo acompañó en dos gobernaciones en Texas y ahora en la Casa Blanca. Si hasta el propio presidente admite que Rove es la principal razón para su victoria en 2000 y 2004. Dueño de alabanzas que lo califican como un gran estratega, o críticas que lo tratan de tramposo, Rove fue sin dudas el cerebro de la revelación del nombre de la agente secreta de la CIA Valerie Plame, en una operación que sirvió de escarmiento contra el ex embajador de Nigeria Joseph Wilson por sus críticas a las causas que justificaron la invasión a Irak.
Independientemente de las calificaciones subjetivas, lo cierto es que Rove tiene un especial talento para encargarse del trabajo sucio de un político. Y también hay que admitir que, aunque no estemos de acuerdo con ello, todos los líderes tienen un personaje de esta calaña cerca suyo. Sin embargo, para muchos lo de Rove va mucho más allá del trabajo de un consejero, sino que es uno de los que realmente maneja el poder en el gobierno norteamericano. Esta teoría es sostenida por aquellos que creen incapaz a Bush de tomar cualquier decisión, y lo consideran un simple títere colocado en un lugar estratégico -vaya si lo es- para permitir el ascenso al poder de un grupo determinado.
Entonces, el panorama actual nos ofrece dos interrogantes: el primero, ¿por qué se fue Rove?, y el segundo, ¿qué hará Bush sin su guía? Diversos analistas coincidieron en remarcar que en parte los argumentos del consejero pueden ser ciertos -dijo que quería dedicarse a su familia-, pero que también jugó un papel importante el hecho de que Bush esté acabado políticamente y de que el Partido Republicano cuenta con muy pocas posibilidades de ganar en las elecciones del año que viene. Por otra parte, se espera que el presidente apueste a los conflictos en Irak, Afganistán y Palestina para obtener al menos una salida decorosa de la Casa Blanca y, para ello, se especula con que se apoyará en la secretaria de Estado, Condoleezza Rice, y el secretario de Defensa, Robert Gates, en la difícil -casi imposible- misión de pacificar Medio Oriente.

martes, 14 de agosto de 2007

Una lamentable pérdida


Lamentablemente, a fines de mes perderemos a uno de nuestros más ilustres dirigentes: Karl Rove. Dueño de una trayectoria intachable, Rove supo manejar a la perfección la opinión pública para que el presidente George W. Bush se mantenga a la cabeza de la Casa Blanca por nada menos que ocho años.
Sé que muchos lo critican por ciertas prácticas poco claras durante sus años de colaboración con el Partido Republicano, pero déjenme explicarles a los lectores que él hizo lo necesario para que el gobierno de los Estados Unidos pueda cumplir con las metas propuestas. Y, lamentablemente, no siempre se puede ser amable con los opositores cuando se persigue una meta superior.
Porque, me pregunto, ¿qué sería de nuestra guerra contra el terrorismo si los comentarios del ex embajador Joseph Wilson hubieran tenido repercusión? ¿Qué hubiese pasado si no se tomaban medidas contra Wilson? Sencillo, otros cientos de ilusos habrían salido a dar gritos sobre la inexistencia de razones para atacar al asesino de Saddam Hussein.
Es cierto que no todo fue verdad en aquél momento, pero también hay que admitir que el mundo necesitaba deshacerse de ese personaje siniestro para la historia de la humanidad. Y también sé que quienes hoy nos critican es porque aún no entienden el real alcance de lo que hicimos, pero tengo confianza de que con el tiempo la humanidad nos agradecerá por los esfuerzos que hicimos por ella.
Por eso grito a los cuatro vientos, y no sin una lágrima que recorre por mis mejillas, ¡salud Karl! El pueblo de los Estados Unidos te agradece por todo lo que has hecho por él.

lunes, 13 de agosto de 2007

Persevera y serás libre


En periodismo gráfico, a veces, la inevitable tiranía del espacio nos impide explayarnos como desearíamos sobre un tema. Y por temor a no poder abarcarlo por completo, en ocasiones tendemos a omitirlos. Algo de esto sucede con muchos procesos históricos, que por muy complejos o extensos no pueden ser explicados en detalle, pese a que ese sea nuestro deseo. Sin embargo, siempre hay una buena razón para sacarlos a la luz, aunque sea como una humilde introducción hacia un tema por demás interesante.
En este caso, esa especie de pretexto llega a través de la fecha, pues un 16 de julio de 1947 el Parlamento británico dictaba la independencia de una de sus colonias más importantes: la India. Hecho que, a su vez, nos abre la puerta hacia uno de los procesos independentistas más particulares de la historia, pues su mayor fuerza no provino de las armas, pese a que las hubo, sino de la paciencia, la movilización popular y la desobediencia civil, en una notable expresión de ciudadanía de parte de un pueblo que precisamente no la tenía, sino que la buscaba.

Los primeros pasos
Si bien sería imposible detallar la cantidad de invasiones y cambios que sufrió una civilización que nació hace unos 3.000 años, podemos afirmar que la relación entre la India y el Imperio Británico comenzó en 1.619, cuando el ejército británico comandado por Robert Clive derrotó al nabab de Bengala, estableciendo en esa región a la Compañía Británica de las Indias Orientales. A partir de allí, el Reino Unido regentearía la región imponiendo un rey obediente en el poder.
Pero, tarde o temprano, las ansias de independencia comenzarían a cobrar fuerza. Y ese momento fue casi 250 años después, más precisamente en 1857, a través de la revolución de los cipayos, comandados por Rani Lakshmi Bai, reina de Jhansi. Pese a que el intento duró apenas un año, cuando los británicos derrotaron a la reina y restauraron el orden, la llama ya se había encendido.
En ese entonces, la estrategia elegida por Londres fue la de endurecer su posición hacia los indios. Primero, tomaron directamente las riendas del país, instaurando la figura del virrey nombrado por el Parlamento británico y aboliendo la Compañía Británica de la India Oriental, que había funcionado por dos siglos y medio. Paralelamente, se premiaría a aquellos indios leales a la corona, reconociéndoseles el mismo trato bajo la ley que a los británicos. Pero la semilla de la desconfianza ya había germinado.
La tímida estabilidad entre invasores e invadidos luego de la revolución de los cipayos perduró hasta 1919, cuando la paranoia británica terminó por destrozar el equilibrio en la India. En ese año, una comisión especial promovió la creación de la Ley Rowlatt, creada para investigar una supuesta conspiración contra la corona. Ella otorgó al virrey poderes extraordinarios para reprimir cualquier acto que pudiese ser considerado sedicioso, lo cual incluía el silenciar la prensa, detener a activistas políticos sin orden judicial y arrestar a cualquier persona que fuese sospechosa de rebeldía.
Paradójicamente, el chispazo que encendió el inicio de la revolución fue precisamente el dictado de la norma, pues en protesta se llamó a una huelga general que derivó en la masacre de Amristsar en Panyab, cuando el comandante británico, el general de brigada Reginal Dyer, ordenó disparar contra una multitud de 10.000 indios, quienes se habían congregado en un jardín amurallado llamado Khallianwala Bagh para celebrar el festival hindú de Baisakhi, sin estar conscientes de la existencia de una orden marcial. Los muertos ascendieron a 379 y los heridos a1.137. El daño ya estaba hecho.

Ghandi, conductor e ideólogo
Pocos podrían haber adivinado que aquel joven y tímido abogado se convertiría en el mentor de una revolución única en su especie, por su carácter pacifista. Fue en Sudáfrica, en 1893, cuando comenzó a representar a trabajadores indios, con el objetivo de que sean tratados igualmente ante la ley. Esa experiencia profesional poco a poco cobró mayor repercusión, y el abogado transformó una simple representación legal en una cuestión de principios. Su principal misión fue eliminar la discriminación racial contra los indios y el trato abusivo que recibían los trabajadores por parte de los patrones. Y luego de varios meses de protestas pacíficas y de miles de detenciones, logró su cometido, pues el regente de Sudáfrica, General Jan Smutts, liberó a los prisioneros y abolió la legislación que permitía el abuso a los trabajadores.
Ya de regreso a la India, Ghandi en un principio no abogaba por la total independencia de su país, sino por una mayor protección por parte del imperio, porque en plena Primera Guerra Mundial era necesaria la protección británica. Pero fue bajo la tutela de Gopal Krishna Gokhale que el joven Mohandas (más tarde sería llamado Mahatma o “Alma grande”) comenzó a recorrer el país y a adentrarse en los verdaderos problemas de una población sometida al yugo británico. Pese a no contar con apoyo de los líderes indios, Ghandi creía que era necesario recurrir a la desobediencia civil, llamada satyagraha. Es decir, echar mano a grandes manifestaciones, huelgas y a quitar toda cooperación con un Estado corrupto, pero sin violencia. Fue después de la masacre de Amristsar y de algunas victorias concretas cuando la estrategia de Mohandas comenzó a ganar adeptos.
Sin embargo, al poco tiempo algunos actos de violencia como el linchamiento de policías durante las protestas despertaron temores en el líder pacifista, porque su revolución corría peligro de descontrolarse por completo. Luego, fue arrestado por dos años debido a su desobediencia civil, tras lo cual se marchó hacia Ahmedabad, a las orillas del río Sabarmati, donde fundó un periódico llamado "Joven India", y vivió unos años virtualmente retirado.
Durante su corta ausencia, el ejemplo de Ghandi conquistó a millones de adeptos, varios de ellos decididos a tomar la posta dejada por el Mahatma. Paralelamente, el espectro político indio se amplió considerablemente con la aparición de varios partidos provenientes de diferentes ideologías. Al mismo tiempo Gran Bretaña admitió implementar reformas civiles, que darían a los ciudadanos indios mayores derechos, similares a los de los británicos. Pero no fue suficiente, porque la movilización hacia la independencia era ya incontenible.
A tal punto de madurez había llegado el movimiento independentista, que el Partido del Congreso nombró al 26 de enero de 1930 como el día de la independencia India. Mientras, Ghandi salía de su reclusión para liderar la célebre Marcha de la Sal, que uniría a pie los 400 kilómetros que separaban a su comuna Ahmadabad, de Dandi, en la costa de Gujarat. El motivo de la protesta fue precisamente el que le dio el nombre, pues se realizaba contra los impuestos sobre la sal. La ola de protestas culminó con una violenta represión y la detención de 100.000 personas, entre ellas, claro, el propio Ghandi.
Un año después el líder sería puesto en libertad y viajaría al Reino Unido para una conferencia con el poder británico realizada en Londres, que terminaría con un rotundo fracaso y el retorno a la desobediencia civil en la India. En los años siguientes, el Partido del Congreso y el gobierno se enfrentaron en diferentes conflictos y negociaciones hasta que se logró la Ley del Gobierno de la India en 1935.
Ya en 1939 el gobierno británico decidió el ingreso de la India en la Segunda Guerra Mundial, cuestión que dividió las aguas en el país, pues algunos creían que con al cooperación en la guerra se obtendría a cambio la independencia, mientras que otros opinaban que no conduciría a ello.

El golpe de gracia
El movimiento Bharat Chhodo Andolan (Abandonen la India) fue la acción más organizada y definitiva para lograr la independencia a través de la desobediencia civil. Este movimiento fue iniciado por Gandhi el 8 de agosto de 1942, y tuvo un mayor impacto pues Gran Bretaña estaba envuelta en la Segunda Guerra Mundial y, por otra parte, el objetivo era directamente la salida de los británicos de India. La movilización cobró vigor luego de que el Reino Unido rechazara el ofrecimiento del Partido del Congreso: participar en la guerra, pero a cambio de la independencia.
La medida engendró una violenta reacción británica, que temía por el avance japonés hacia la colonia y la huelga generaba inconvenientes para conseguir reclutas. Además de una brutal represión, la corona encarceló a Ghandi y a toda la cúpula del Partido del Congreso por tres años. Pero esta decisión fue en realidad la más cara, porque no hizo otra cosa que avivar la desobediencia civil de los indios, inclusive con algunos severos actos de violencia callejera como los atentados contra objetivos británicos.
Ya por ese entonces la guerra había diezmado considerablemente los recursos económicos británicos, y si bien podría deducirse que esta situación empujaría a los británicos a sostener el carácter colonial de la India, en el país la revolución ya estaba en camino, y su concreción era sólo cuestión de tiempo.
A principios de 1946 todos los detenidos políticos habían sido liberados y los británicos adoptaron una política de negociación con el Partido Nacional del Congreso. En esta ocasión ayudó en gran medida la victoria en el Reino Unido del Partido Laborista en 1945, ya que esta corriente era más propensa a facilitar la independencia.
Y así fue, pues el 16 de julio de 1947 el Parlamento británico votó por la independencia, que se hizo efectiva el 15 de agosto de ese mismo año.


Mountbatten, el otro libertador

Si Ghandi fue el hacedor de la independencia India, Louis Mountbatten, conde de Burma, fue el líder británico que facilitó esa empresa. Mountbatten, designado por el primer ministro Clement Attlee como último virrey de la India, en menos de dos meses logró entablar un diálogo con los jefes de la India, sentar las bases de un acuerdo, persuadir a sus interlocutores para que lo aceptasen, y, por último, persuadir a todos los líderes británicos para apoyar la independencia india. “Necesitaba forzar el acontecimiento. Sabía que debía obligar al Parlamento británico a votar la ley concediendo la independencia antes de sus vacaciones de verano si quería continuar controlando la situación. Estábamos sentados encima de un barril de pólvora al borde de un volcán. No sabíamos cuándo se produciría la explosión”, diría más tarde sobre aquel proceso. Incluso la fecha de la independencia tuvo un significado para Mountbatten, quien eligió el 15 de agosto porque coincidía con la capitulación japonesa en Birmania, cuando él lideraba el Comando Aliado del Sureste Asiático.