
La victoria de Salvador Allende en las elecciones chilenas, en 1970, polarizaron a un país que poco después decidiría su destino sobre la base del terror. Entre esos extremos se encontraba una masa desprotegida que exigía igualdad o, al menos, mayores oportunidades para progresar, mientras que en el otro podía verse a las clases medias y altas, aterradas por la llegada de un socialista al poder, con el fantasma de Cuba siempre presente. El resultado ya es conocido: el 11 de septiembre de 1973, un general, Augusto Pinochet, traicionaría a sus comandantes (entre ellos un tal Alberto Bachelet, el padre de la actual presidenta Michelle Bachelet) y tomaría el poder con la vital ayuda de Henry Kissinger. Y la historia conocida continuó: Pinochet se encargó de imponer las medidas que abrirían paso al neoliberalismo, pero en 1988 el clamor popular por democracia y la falta de apoyo norteamericano lo llevaron a tomar la difícil decisión de hacerse a un costado y llamar a elecciones. Llegaron los comicios y ganó la Concertación Democrática, una alianza entre el socialismo y la Democracia Cristiana. Hasta allí, Chile no cambió un ápice de las recetas impuestas por el viejo general, hoy fallecido. Es más, se transformaría en el orgullo del poder central, pues fue el único país de la región que no sufrió una debacle social y económica a causa de ese sistema. Sin embargo, el paso del tiempo demostraría que la población, de a poco, ya se estaba cansando de celebrar los éxitos macroeconómicos sin palpar de manera tangible sus bondades. La deuda interna hacía estragos en un país que no escapa del factor común en toda América latina: la desigualdad social. Así llegó al poder Michelle Bachelet, con un fuerte discurso que apuntaba precisamente a limar esas diferencias aunque no se atrevía a dejar de lado un camino que ya superaba los 30 años -especialmente por la fuerte resistencia dentro de la misma Concertación-. Pero los años de gobierno demostraron que la presidenta aún no cumplió con su promesa. Presa de la imposibilidad de hacerlo por la fuerte estructura creada a su alrededor o bien por incapacidad, lo cierto es que Chile poco ha cambiado y ese reclamo ya se está transformando en acción. Desde el domingo, miles de chilenos salieron a las calles para hacer sentir su voz, con la bandera de Salvador Allende entre sus manos como el pretexto ideal para hacer valer su descontento. El resultado también es conocido: fuertes enfrentamientos con la policía y hasta un muerto. Los intelectuales sostienen que la historia no es circular, y tienen razón, pero la realidad nos demuestra que pese a la sangre que tiñe los suelos, en esencia, poco ha cambiado. El sueño de Allende y de tantos otros todavía no se ha cumplido, y nosotros no aprendimos la lección.
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