Mostrando entradas con la etiqueta Algo de historia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Algo de historia. Mostrar todas las entradas

lunes, 12 de noviembre de 2007

Rebelde por naturaleza


Martín Lutero (o Martin Luther, o Martin Luder) fue de esas personas capaces de cambiar por completo su sistema de creencias a partir de las convicciones adquiridas con el estudio, la observación y el paso del tiempo. Y como cualquier etapa de cambio, primero sufrió un quiebre interno –en este caso una profunda decepción- y luego expresó públicamente su nuevo parecer, con las consecuencias que todos sabemos produjo su obra.
Pero, antes de cambiar al mundo, el joven Martín era el hijo de Hans y Margarette Lutero, y fue concebido en la ciudad alemana de Eisleben, donde nació el 10 de noviembre de 1483, 31 años después de que la imprenta de Gutenberg iniciara el trabajo de edición de la primera Biblia. Su padre, quien dirigía varias minas de cobre, realizó ingentes esfuerzos para darle la mejor educación, ya que soñaba con que su hijo se transformara en funcionario público. Y ese fue el camino que siguió Martín, pues se inscribió en la Universidad de Derecho de Erfurt. Mas todo cambiaría en 1505, cuando Lutero tenía 22 años, pues regresando de la casa de sus padres quedó atrapado en una tormenta eléctrica y ante el temor de perder su vida, se juró a sí mismo que si salía con vida se convertiría en monje. Y así lo hizo.
Contradiciendo los deseos paternos, Martín abandonó la universidad y entró en el monasterio agustino de Erfurt el 17 de julio de 1505. Su dedicación fue absoluta, a tal punto que Johann von Staupitz, el superior de Lutero, concluyó que el joven necesitaba más trabajo para distraerse de su excesiva reflexión, y le ordenó que comenzara una carrera académica. Entonces, estudió con intensidad las Escrituras hasta recibirse en Doctor en Teología.
En esos días fue enviado a Roma, donde pudo observar desde el interior las conductas de la Iglesia Católica y donde precisamente comenzaría el cambio.

La procesión va por dentro



Fue a través de sus estudios sobre los inicios del cristianismo que Lutero comenzó a sacar algunas conclusiones polémicas para la Iglesia. En primer lugar, el hecho de ir a las fuentes le permitió extraer conclusiones propias, más allá de la doctrina vaticana. Por ejemplo, entendió que la Iglesia caía en una incorrecta interpretación de la Ley de Moisés (entendida como el conjunto de preceptos que incluyen la ley moral, la ley ceremonial y la ley civil que Dios dio a Moisés) con los Evangelios y que ese era el principio del error teológico católico. Allí desarrolló su teoría de la gracia, que básicamente consistía en que “sólo la fe en Dios hace justos a los hombres. Esta justificación por la fe implica que la fe del cristiano no puede darse a través de un agente externo, sea eclesiástico o político. La fe es una predisposición interna del individuo que lo inclina hacia Dios” (1). En consecuencia, para él la esencia del cristianismo no se encuentra en la organización encabezada por el Papa, sino en la comunicación directa que cada uno establece con Dios. Y el único canal válido para establecer esa comunicación es la Biblia y la interpretación que cada persona hace de ella, y no el entendimiento de un agente externo, en este caso la Iglesia.
Pero más allá de estas reflexiones que en un principio eran internas, el punto de partida del enfrentamiento entre Lutero y la Iglesia Católica surgió a partir de su desacuerdo con las indulgencias. La indulgencia es un perdón otorgado sobre el castigo temporal, después de que la culpa haya sido eliminada por la absolución. En ese entonces, las indulgencias se compraban y consistían en un importante ingreso para la Iglesia, a tal punto de que se organizaban expediciones para otorgar estos perdones, con el fin de financiar, por ejemplo, la construcción de la Basílica de San Pedro en Roma.
Lutero observó cómo a partir del tráfico de indulgencias se desvirtuaban la confesión y el arrepentimiento verdadero, que en sí mismos representaban la verdadera forma de pagar por los pecados cometidos. Y fue en esos años cuando sus desacuerdos pasaron de lo privado a lo público, pues ya en sus sermones expresaba sus discrepancias con el mando central, es decir, el Papa.

Llegó la hora de revolucionar



Transformado ya en un activo crítico de las prácticas de la Iglesia, el 31 de octubre de 1517 cambiaría por siempre su relación con la institución a la que perteneció por años, pues escribió sus 95 tesis y luego las colocó en la puerta de la Iglesia de Wittenberg, con el objeto de generar un debate a partir de ellas. Y no sólo generó un debate, sino que puso la piedra basal del cambio por el cual lucharía el resto de su vida, porque fue desde las 95 tesis que su condición de opositor a la autoridad papal cobró estado público.
Lutero jamás imaginó que lograría semejante repercusión con sus pensamientos, pero, bondades de la imprenta mediante, pronto su mensaje se extendió por gran parte de Europa.
En ellas, el sacerdote expresaba todos sus puntos de vista sobre los deberes que debería tener la Iglesia Católica como institución y recortaba los poderes del Papa, con el fin de “despolitizar a la religión”, especialmente en torno a las facultades de otorgar el perdón y de ordenar la permanencia de un alma en el Purgatorio, pues entendía esas tareas como de competencia exclusiva de Dios.
También proponía que la Iglesia dejase de ser una autoridad máxima en el sentido en que estaba concebida en ese entonces, para transformarse en “una comunidad de creyentes, una reunión de corazones en una sola fe, el único fundamento para constituir una Iglesia”. En consecuencia, el ministerio ya no era una mediación necesaria, sino que todos los hombres podrían ser sacerdotes y mensajeros de la gracia.

Reacción tardía



En un principio, el Vaticano menospreció a Lutero al calificarlo de “borracho alemán que escribió las tesis”. Grueso error, porque cuando quiso reaccionar ya era demasiado tarde: las tesis del sacerdote rebelde se habían expandido por toda Europa generando fuertes debates entre los creyentes. La Reforma, de hecho, ya había comenzado.
Un año después de la publicación de las tesis, el papa León X ordenó al profesor de teología Silvestre Mazzolini investigar el tema, con el objeto de refutar las críticas expresadas por Lutero. La primera conclusión de Mazzolini fue de denuncia, pues concluyó rápidamente que el sacerdote alemán se oponía a la autoridad del Papa, razón suficiente para declararlo hereje y desarrollar una teoría para refutar cada una de las tesis. Pero no hizo más que alimentar la polémica al mismo tiempo que le dio la oportunidad a Lutero para que continúe publicando sus conceptos críticos hacia la Iglesia. Y lo transformó en una celebridad en Europa a punto tal que estudiantes de todo el continente viajaban a Wittenberg para escucharlo.
Ya a estas alturas, las diferencias entre el sacerdote rebelde y Roma eran insalvables y acaso la única salida para Lutero era la creación de una nueva corriente, independiente de la Iglesia Católica, pues ésta nunca dejaría de reconocer al Papa como una autoridad suprema y absoluta. En 1520, Lutero era excomulgado por la Iglesia y llegó a comparar al Sumo Pontífice con el Anticristo. En su escrito A la Nobleza Cristiana de la Nación Alemana esbozó una teoría completamente diferente a la católica, con el objeto de fundar una nueva iglesia, idea que terminaría de perfeccionar en el Castillo de Wartburg, en donde permaneció oculto durante más de un año a causa de la persecución papal.
El resto ya es historia conocida. Lutero se casó, tuvo seis hijos y murió en 1546. Lideró la Reforma protestante, sufrió las consecuencias de la Contrarreforma lanzada por el catolicismo y fue uno de los protagonistas excluyentes del final del Medioevo, o el oscurantismo científico.

Repercusiones de una obra



Si bien su intención era despolitizar a la religión, parte del éxito de su doctrina se basó precisamente en razones políticas. En aquel entonces, el feudalismo estaba dando sus últimos pasos y nacía una nueva ideología, conocida más tarde como capitalismo. La Iglesia estaba perdiendo su poder y los Estados ya tenían intenciones de dirigirse a sí mismos, lejos del control eclesiástico. Lutero y sus teorías fueron un pilar fundamental para aquella transición, pues precisamente propugnaba la separación del pensamiento religioso y el pensamiento político, acaso el argumento más importante que podían utilizar los nobles para dirigir sus reinos lejos de la Iglesia Católica. A partir de Martín Lutero podríamos decir que el poder secular se hizo cargo en Europa.
También hizo grandes aportes al idioma, el alemán, pues sus traducciones de la Biblia ayudaron a construir una versión estándar de la lengua alemana, al tiempo que dejó enseñanzas sobre la autoridad, la obediencia y el orden.
Su rebeldía ya se expresaba desde su juventud, cuando desoyó a su padre para ingresar al sacerdocio. Pero su pensamiento religioso lo convirtió en uno de los rebeldes con causa más importantes de la humanidad, que como pocos dividió la historia en un antes y un después de su existencia.

(1) Tomás Varnagy: "El pensamiento político de Martín Lutero".



martes, 6 de noviembre de 2007

Basado en hechos reales


Una frase cargada de sabiduría afirma que la realidad supera a la ficción, es decir, que ni la más imaginativa mente creadora puede siquiera igualar los hechos que ocurrieron y aún ocurren en la vida real. Para apoyar este concepto, sería bueno hurgar en todas las obras literarias y cinematográficas para averiguar si algún escritor pudo unir en una trama a la CIA, la logia Propaganda Due (P2), el gobierno italiano, el Vaticano, el papa Juan Pablo I, la Red Gladio, el Banco Ambrosiano, las acciones paramilitares apoyadas por Estados Unidos, la lucha contra el comunismo en la Guerra Fría, Francis Ford Cóppola, golpes de Estado y la mafia italiana, entre otros.
Aunque todos estos actores parecen imposibles de unir entre sí, una extraña trama que nos brindó la historia reciente atenta contra la lógica al mencionar un solo nombre: Roberto Calvi, muerto en circunstancias dudosas el 18 de junio de 1982; hace 25 años. Más conocido como el Banquero de Dios, Calvi fue la cabeza visible del Banco Ambrosiano, cuyo accionista mayoritario es nada menos que el Vaticano.
La película comienza el día que Calvi fue hallado sin vida, colgado del puente Blackfriars, de Londres. Inmediatamente, los investigadores cerraron el caso bajo el rótulo de suicidio, pero las dudas no se aclararían nunca. Allí fue cuando comenzaron a tejerse todo tipo de teorías que tenían un comienzo en común: Calvi había sido asesinado. Más de 20 años después, la reapertura del caso y una nueva autopsia sobre el cuerpo del banquero demostraron que éste no podría haberse quitado la vida, pues su cuello no presentaba las lesiones que suelen tener aquellos que deciden ahorcarse.
En el medio, comenzaron a descubrirse las conexiones que Calvi tenía con los sectores más poderosos del mundo y, por lo tanto, la gran cantidad de secretos que conocía, cuestión que lo convertía en alguien que sabía demasiado.

En algunas ocasiones, para explicar algunos hechos es mejor remontarse al pasado. En este caso a la post guerra y el inicio de la Guerra Fría, cuando Estados Unidos y la Unión Soviética se disputaban el mundo y en Occidente comunismo era una mala palabra; a tal punto que todos los esfuerzos estaban orientados a acabar con la amenaza que crecía tras la cortina de hierro. Para ello, minaron el mundo de movimientos orientados a proteger el capitalismo, y en Europa hicieron centro en Italia, donde el Partido Comunista Italiano (PCI) era el más popular del país y había grupos más extremos, como las Brigadas Rojas, que también pregonaban por el marxismo. Este contexto llevó a la CIA a operar con fuerza en Roma y a encontrar un aliado fundamental en el Vaticano y la logia P2, a la cual pertenecía el propio Calvi. La logia se encargaría de infiltrar a sus integrantes en todo los estamentos del Estado, mientras el Banco Ambrosiano haría lo propio con el lavado de dinero para subvencionar campañas para mantener el sistema, tales como golpes de Estado, lucha antiguerrillera y atentados que luego serían adjudicados a grupos de izquierda. La mafia, en tanto, se encargaba del trabajo sucio, como limpiar Sicilia de comunistas o asesinar personalidades. Y en el medio, Calvi, director de la entidad crediticia y prominente integrante del grupo secreto. Definitivamente, un hombre que sabía demasiado. Según esta teoría, la mafia efectivamente estuvo implicada con el asesinato del banquero, pero no por una deuda sino por un encargo superior; el mismo que estuvo relacionado con el deceso de Juan Pablo I. Este hecho no sólo llegó a los investigadores periodísticos, sino al cine, con la película El Padrino III, en la cual el mítico mafioso Michael Corleone estaba mezclado con toda esta trama siniestra, obviamente, nunca declarada.
Pero volviendo a la trama de la película, lo cierto es que toda la red de corrupción y las relaciones ilegales saltarían por los aires con la quiebra del Banco Ambrosiano y la muerte de Juan Pablo I.

La P2 y la CIA

La P2 fue fundada por Licio Gelli, un empresario textil que anteriormente había luchado contra las fuerzas Republicanas en España, luego fue reclutado por las SS nazis para terminar recalando en la CIA. Gracias a su logia, Gelli fundó una base de poder increíble, que incluso llegó hasta Sudamérica, y estuvo relacionado con cuanto acto ilícito y conspirativo haya ocurrido en Italia. Tenía el poder de derrocar gobiernos, organizar atentados, favorecer el escape de nazis hacia otros países (la Argentina incluida) y todo bajo el ojo observador de la inteligencia norteamericana, a la cual le convenía tener a un hombre de esas características en Europa para mitigar el avance del comunismo en el continente y del PCI en Italia. Uno de sus más importantes colaboradores era Michele Sindona, miembro relevante de la logia, banquero de la Cossa Nostra desde 1957 y consejero financiero del Vaticano. A través de las finanzas del Vaticano –el Banco Amrosiano- se tejió una amplia red de lavado de dinero para llevar a cabo las actividades ilícitas de la CIA. Allí es donde entraba en juego Calvi, quien apadrinado por Sindona lograría una meteórica carrera en el banco de la Santa Sede hasta convertirse en su director. Esta posición que parecía de privilegio, en realidad era un lugar harto complicado, pues Calvi estaba al tanto absolutamente de todas estas actividades. La reacción en cadena que disparó la quiebra fraudulenta del Ambrosiano arrastró consigo a Sindona, quien fue enjuiciado en Estados Unidos y luego extraditado a Italia, donde moriría de un aparente infarto, que para muchos se trató de cianuro. Esta circunstancia también se llevó a Gelli, otro que fue investigado y a quien le secuestraron documentos secretos de la P2 que incriminaban a todo el aparato político italiano, excepto a los miembros del PCI, claro. Pero Gelli, el dueño de todo el circo, pudo evitar la cárcel e incluso continuó con su actividad en los últimos años de la Guerra Fría, a punto tal que estaría relacionado con un atentado en Bolonia, en 1980, que acabó con la vida de 85 personas, y con el ataque que casi acaba con la vida de Juan Pablo II en 1981. Ambos hechos fueron atribuidos a grupos comunistas y, por el primero de ellos, Gelli fue encarcelado pero luego sería beneficiado con la libertad provisional por sus problemas de salud.
En este extraño y confuso rompecabezas es donde entra Calvi, quien como buen director quedó seriamente implicado en la quiebra del banco, por la que fue detenido el 20 de mayo de 1981, apenas siete días después de que la policía descubriese los documentos secretos en propiedad de Gelli. El hecho de ser un hombre que tenía su base de poder en el puesto que ocupaba, pero que en realidad era sólo el representante de un orden superior (Gelli, la CIA, etcétera), lo convertía en un hombre muy peligroso para sus superiores, pues sabía mucho y estaba en manos de la Justicia. Así fue como un año después de ser condenado y puesto en libertad bajo fianza, Calvi vuela a Londres. Hay sospechas de que busca ayuda en una logia de Londres, a la que decía pertenecer y a la que atribula poderosas influencias financieras. Sea corno fuere, su cadáver fue hallado colgado de un puente londinense, con los bolsillos repletos de piedras.

20 años no es nada

Casi 24 años después del deceso de Calvi y a pocos días de conocerse el fallecimiento de Juan Pablo II, el diario La Reppublica afirmaba: “el ex cajero de la mafia Pippo Calo, el negociante Flavio Carboni y su amiga Manuela Kleinzig así como el jefe de la banda Magliana, Ernesto Diotavelli, han sido enviados a juicio para responder por el asesinato del presidente del Banco Ambrosiano Roberto Calvi”.
Si esta película fuera de ficción y filmada en Hollywood –donde todos los finales son felices- los acusados serían hallados culpables como los autores materiales del hecho, como mafiosos, es decir, el brazo ejecutor de una trama que si no formara parte de la realidad, sería imposible de creer.

Berlusconi, la continuidad

Pero, como todo éxito hoolywoodense, la película de Gelli, Calvi y compañía tiene su continuidad con el ex primer ministro italiano, Silvio Berlusconi. En efecto, para todos aquellos despistados que creyeron que la influencia de la P2 acabó con el bueno de Licio, es bueno contarles que Il Cavalieri se inscribió en la logia el 26 de enero de 1978 con el número de carné 1816 y a los pocos años concretó un empinado ascenso como empresario, más tarde devenido en político, gracias a los créditos para sus negocios provenientes de la Banca Nazionale del Lavoro y del Monte dei Paschi di Siena, además de ser un férreo defensor de los principios más ultraconservadores del capitalismo y el catolicismo. Otra vez, los bancos, la Iglesia y el poder.

lunes, 13 de agosto de 2007

Persevera y serás libre


En periodismo gráfico, a veces, la inevitable tiranía del espacio nos impide explayarnos como desearíamos sobre un tema. Y por temor a no poder abarcarlo por completo, en ocasiones tendemos a omitirlos. Algo de esto sucede con muchos procesos históricos, que por muy complejos o extensos no pueden ser explicados en detalle, pese a que ese sea nuestro deseo. Sin embargo, siempre hay una buena razón para sacarlos a la luz, aunque sea como una humilde introducción hacia un tema por demás interesante.
En este caso, esa especie de pretexto llega a través de la fecha, pues un 16 de julio de 1947 el Parlamento británico dictaba la independencia de una de sus colonias más importantes: la India. Hecho que, a su vez, nos abre la puerta hacia uno de los procesos independentistas más particulares de la historia, pues su mayor fuerza no provino de las armas, pese a que las hubo, sino de la paciencia, la movilización popular y la desobediencia civil, en una notable expresión de ciudadanía de parte de un pueblo que precisamente no la tenía, sino que la buscaba.

Los primeros pasos
Si bien sería imposible detallar la cantidad de invasiones y cambios que sufrió una civilización que nació hace unos 3.000 años, podemos afirmar que la relación entre la India y el Imperio Británico comenzó en 1.619, cuando el ejército británico comandado por Robert Clive derrotó al nabab de Bengala, estableciendo en esa región a la Compañía Británica de las Indias Orientales. A partir de allí, el Reino Unido regentearía la región imponiendo un rey obediente en el poder.
Pero, tarde o temprano, las ansias de independencia comenzarían a cobrar fuerza. Y ese momento fue casi 250 años después, más precisamente en 1857, a través de la revolución de los cipayos, comandados por Rani Lakshmi Bai, reina de Jhansi. Pese a que el intento duró apenas un año, cuando los británicos derrotaron a la reina y restauraron el orden, la llama ya se había encendido.
En ese entonces, la estrategia elegida por Londres fue la de endurecer su posición hacia los indios. Primero, tomaron directamente las riendas del país, instaurando la figura del virrey nombrado por el Parlamento británico y aboliendo la Compañía Británica de la India Oriental, que había funcionado por dos siglos y medio. Paralelamente, se premiaría a aquellos indios leales a la corona, reconociéndoseles el mismo trato bajo la ley que a los británicos. Pero la semilla de la desconfianza ya había germinado.
La tímida estabilidad entre invasores e invadidos luego de la revolución de los cipayos perduró hasta 1919, cuando la paranoia británica terminó por destrozar el equilibrio en la India. En ese año, una comisión especial promovió la creación de la Ley Rowlatt, creada para investigar una supuesta conspiración contra la corona. Ella otorgó al virrey poderes extraordinarios para reprimir cualquier acto que pudiese ser considerado sedicioso, lo cual incluía el silenciar la prensa, detener a activistas políticos sin orden judicial y arrestar a cualquier persona que fuese sospechosa de rebeldía.
Paradójicamente, el chispazo que encendió el inicio de la revolución fue precisamente el dictado de la norma, pues en protesta se llamó a una huelga general que derivó en la masacre de Amristsar en Panyab, cuando el comandante británico, el general de brigada Reginal Dyer, ordenó disparar contra una multitud de 10.000 indios, quienes se habían congregado en un jardín amurallado llamado Khallianwala Bagh para celebrar el festival hindú de Baisakhi, sin estar conscientes de la existencia de una orden marcial. Los muertos ascendieron a 379 y los heridos a1.137. El daño ya estaba hecho.

Ghandi, conductor e ideólogo
Pocos podrían haber adivinado que aquel joven y tímido abogado se convertiría en el mentor de una revolución única en su especie, por su carácter pacifista. Fue en Sudáfrica, en 1893, cuando comenzó a representar a trabajadores indios, con el objetivo de que sean tratados igualmente ante la ley. Esa experiencia profesional poco a poco cobró mayor repercusión, y el abogado transformó una simple representación legal en una cuestión de principios. Su principal misión fue eliminar la discriminación racial contra los indios y el trato abusivo que recibían los trabajadores por parte de los patrones. Y luego de varios meses de protestas pacíficas y de miles de detenciones, logró su cometido, pues el regente de Sudáfrica, General Jan Smutts, liberó a los prisioneros y abolió la legislación que permitía el abuso a los trabajadores.
Ya de regreso a la India, Ghandi en un principio no abogaba por la total independencia de su país, sino por una mayor protección por parte del imperio, porque en plena Primera Guerra Mundial era necesaria la protección británica. Pero fue bajo la tutela de Gopal Krishna Gokhale que el joven Mohandas (más tarde sería llamado Mahatma o “Alma grande”) comenzó a recorrer el país y a adentrarse en los verdaderos problemas de una población sometida al yugo británico. Pese a no contar con apoyo de los líderes indios, Ghandi creía que era necesario recurrir a la desobediencia civil, llamada satyagraha. Es decir, echar mano a grandes manifestaciones, huelgas y a quitar toda cooperación con un Estado corrupto, pero sin violencia. Fue después de la masacre de Amristsar y de algunas victorias concretas cuando la estrategia de Mohandas comenzó a ganar adeptos.
Sin embargo, al poco tiempo algunos actos de violencia como el linchamiento de policías durante las protestas despertaron temores en el líder pacifista, porque su revolución corría peligro de descontrolarse por completo. Luego, fue arrestado por dos años debido a su desobediencia civil, tras lo cual se marchó hacia Ahmedabad, a las orillas del río Sabarmati, donde fundó un periódico llamado "Joven India", y vivió unos años virtualmente retirado.
Durante su corta ausencia, el ejemplo de Ghandi conquistó a millones de adeptos, varios de ellos decididos a tomar la posta dejada por el Mahatma. Paralelamente, el espectro político indio se amplió considerablemente con la aparición de varios partidos provenientes de diferentes ideologías. Al mismo tiempo Gran Bretaña admitió implementar reformas civiles, que darían a los ciudadanos indios mayores derechos, similares a los de los británicos. Pero no fue suficiente, porque la movilización hacia la independencia era ya incontenible.
A tal punto de madurez había llegado el movimiento independentista, que el Partido del Congreso nombró al 26 de enero de 1930 como el día de la independencia India. Mientras, Ghandi salía de su reclusión para liderar la célebre Marcha de la Sal, que uniría a pie los 400 kilómetros que separaban a su comuna Ahmadabad, de Dandi, en la costa de Gujarat. El motivo de la protesta fue precisamente el que le dio el nombre, pues se realizaba contra los impuestos sobre la sal. La ola de protestas culminó con una violenta represión y la detención de 100.000 personas, entre ellas, claro, el propio Ghandi.
Un año después el líder sería puesto en libertad y viajaría al Reino Unido para una conferencia con el poder británico realizada en Londres, que terminaría con un rotundo fracaso y el retorno a la desobediencia civil en la India. En los años siguientes, el Partido del Congreso y el gobierno se enfrentaron en diferentes conflictos y negociaciones hasta que se logró la Ley del Gobierno de la India en 1935.
Ya en 1939 el gobierno británico decidió el ingreso de la India en la Segunda Guerra Mundial, cuestión que dividió las aguas en el país, pues algunos creían que con al cooperación en la guerra se obtendría a cambio la independencia, mientras que otros opinaban que no conduciría a ello.

El golpe de gracia
El movimiento Bharat Chhodo Andolan (Abandonen la India) fue la acción más organizada y definitiva para lograr la independencia a través de la desobediencia civil. Este movimiento fue iniciado por Gandhi el 8 de agosto de 1942, y tuvo un mayor impacto pues Gran Bretaña estaba envuelta en la Segunda Guerra Mundial y, por otra parte, el objetivo era directamente la salida de los británicos de India. La movilización cobró vigor luego de que el Reino Unido rechazara el ofrecimiento del Partido del Congreso: participar en la guerra, pero a cambio de la independencia.
La medida engendró una violenta reacción británica, que temía por el avance japonés hacia la colonia y la huelga generaba inconvenientes para conseguir reclutas. Además de una brutal represión, la corona encarceló a Ghandi y a toda la cúpula del Partido del Congreso por tres años. Pero esta decisión fue en realidad la más cara, porque no hizo otra cosa que avivar la desobediencia civil de los indios, inclusive con algunos severos actos de violencia callejera como los atentados contra objetivos británicos.
Ya por ese entonces la guerra había diezmado considerablemente los recursos económicos británicos, y si bien podría deducirse que esta situación empujaría a los británicos a sostener el carácter colonial de la India, en el país la revolución ya estaba en camino, y su concreción era sólo cuestión de tiempo.
A principios de 1946 todos los detenidos políticos habían sido liberados y los británicos adoptaron una política de negociación con el Partido Nacional del Congreso. En esta ocasión ayudó en gran medida la victoria en el Reino Unido del Partido Laborista en 1945, ya que esta corriente era más propensa a facilitar la independencia.
Y así fue, pues el 16 de julio de 1947 el Parlamento británico votó por la independencia, que se hizo efectiva el 15 de agosto de ese mismo año.


Mountbatten, el otro libertador

Si Ghandi fue el hacedor de la independencia India, Louis Mountbatten, conde de Burma, fue el líder británico que facilitó esa empresa. Mountbatten, designado por el primer ministro Clement Attlee como último virrey de la India, en menos de dos meses logró entablar un diálogo con los jefes de la India, sentar las bases de un acuerdo, persuadir a sus interlocutores para que lo aceptasen, y, por último, persuadir a todos los líderes británicos para apoyar la independencia india. “Necesitaba forzar el acontecimiento. Sabía que debía obligar al Parlamento británico a votar la ley concediendo la independencia antes de sus vacaciones de verano si quería continuar controlando la situación. Estábamos sentados encima de un barril de pólvora al borde de un volcán. No sabíamos cuándo se produciría la explosión”, diría más tarde sobre aquel proceso. Incluso la fecha de la independencia tuvo un significado para Mountbatten, quien eligió el 15 de agosto porque coincidía con la capitulación japonesa en Birmania, cuando él lideraba el Comando Aliado del Sureste Asiático.