martes, 4 de septiembre de 2007

El falsificador del Dante Alighieri


Muchos creen que los dichos populares, o refranes, son la fuente de la verdad absoluta. Y, a decir verdad, no están muy equivocados, porque siempre, casi en toda situación cotidiana, hay un refrán para aseverar cualquier tipo de acción. Claro que para llegar a esas verdades no sólo hicieron falta cientos de años, que perfeccionaron esos dichos a las distintas situaciones que vivió el ser humano, sino que además muchos se encuentran enfrentados y significan serias contradicciones entre sí (“más vale pájaro en mano que cien volando” aconseja ser conservador en cada decisión y “el que no arriesga no gana” predica precisamente lo contrario”) que los hacen infalibles, si sabemos cuando utilizarlos. Sin embargo, muchos de ellos pueden hasta servirnos como guía ante determinadas circunstancias. Y para finalizar con este preludio que ya se está haciendo más largo de lo indicado, cerraremos con decir que la historia que hoy nos convoca parte de un conocido refrán: “la mentira tiene patas cortas”.

El Grandote Intrépido recorría el Ecuador de la enseñanza secundaria con dos certezas contradictorias: debía cumplir con su única obligación que era finalizar el año escolar sin inconvenientes mayores y, al mismo tiempo, tenía la obligación intrínseca de comportarse como un adolescente rebelde y lleno de hormonas, que sólo ve lo que está delante de sus narices y hace caso omiso a aquello tan abstracto que los adultos llaman futuro. Así, entre una certeza y otra, el Grandote Intrépido navegaba entre su inevitable fracaso escolar y el oportuno disimulo ante sus padres, muy conservadores y preocupados por la opinión del entorno, por cierto.
Ya corría el mes de octubre y el colapso era inminente: el último reporte vaticinaba una catarata de materias con bajo promedio, que irremediablemente acabarían en diciembre, aquél mes tan temido en el secundario. En ese entonces, el Grandote Intrépido sabía que le esperaban dos meses de reclusión perpetua, pues sus progenitores de ninguna manera permitirían que el primogénito fuera un desastroso estudiante. Así las cosas, el período octubre-diciembre se basó en el concepto peronista de las épocas de crisis: “De la casa al trabajo y del trabajo a la casa”, sólo que en este caso no había trabajo, sino escuela. Lejos quedaron los abril, mayo, junio, julio, agosto y septiembre de libertinaje y delirio adolescente. Con la pesada mochila de lo que ya era un mal año, nuestro héroe debía hacer caso a su conciencia y sentarse a estudiar como Dios manda. Pero, sabemos, el cerebro de un adolescente es demasiado complejo o demasiado simple como para hacer caso a las reglas, y nuestro simpático Grandote Intrépido se las ingenió para gambetear los libros y hacer realidad los presagios: diez materias a rendir en diciembre. Pero eso no era todo, pues a ello lo acompañaba una buena cantidad de amonestaciones que hasta ponían en peligro su permanencia en esa prestigiosa institución italiana en el siguiente año lectivo. En consecuencia, debía ser un ángel no tanto para pensar en su futuro, sino para salvarse de sus padres en el presente.
Llegó diciembre, el mes fatídico, y el Grandote Intrépido lo encaró con la valentía que lo caracterizaba, aquella que lo hacía un jugador de básquet de excepción, una práctica olvidada en esos momentos de intenso estudio. Con mucho encono y tesón pudo salvar nada menos que cinco materias, el cincuenta por ciento de lo que adeudaba, mas no era suficiente, ya que para marzo le habían quedado otras cinco y, sí o sí, necesitaba aprobar por lo menos tres más. Al mismo tiempo, sabía que si sus padres se enteraban de su situación escolar se perdería el verano, el mejor momento de un adolescente con novia y muchas amigas. Nuestro héroe se hallaba en una verdadera encrucijada, pues o se perdía el verano o repetía el año. Y, en ambos casos, estaba muerto.
Ante semejante panorama, el Grandote optó por la salida que elegiría cualquier adolescente: la más estúpida. El plan era simple: convencer a sus padres de que no debía tantas materias a marzo. Para lograrlo, era necesario inmiscuirse en la dirección y hurtar un reporte en blanco, para así poder llenarlo como corresponde y, ante sus padres, suplantarlo por el original. Ya con la decisión tomada, el Grandote Intrépido se acercó en cada recreo durante varios días a la Dirección de su escuela, hasta que una vez la vio vacía y se dio cuenta de que era su gran oportunidad. Sin vacilar ni un segundo, se dirigió con la mayor naturalidad posible a la sala en donde se encuentra la máxima autoridad del establecimiento y comenzó a hurgarla hasta dar con las libretas. Una vez con el reporte en su poder, buscó rápidamente el sello de la dirección y más tarde tendría la ardua tarea de llenar todo los casilleros en blanco, con calificaciones positivas, claro.
La falsificación del reporte, que en esta columna llamaremos travesura, salió a la perfección y el Grandote Intrépido pudo gozar de un verano tal cual lo había soñado. Pero los meses de placer pasaron y, nuevamente, el Grandote se encontró ante la disyuntiva de tener que estudiar cinco materias y que sus padres crean que son sólo dos. Al mismo tiempo, su conciencia comenzaba a hacer estragos en su mente, porque si no hacía algo al respecto, como pedir ayuda a sus padres, indefectiblemente perdería el año escolar. Ya transitaba febrero y el Grandote Intrépido debía hacer algo pronto.
Y como todo hombre valiente, decidió encarar el peligro mirándolo directo a los ojos. En otras palabras, le diría a sus padres que había falsificado la libreta y se pondría a disposición de cualquier tipo de castigo. Claro que, dentro de todo, había que minimizar el impacto de semejante noticia. Entonces, pensó que lo más acorde sería revelar su terrible secreto con otras personas presentes, así por lo menos el ataque de ira inicial que tendrían sus padres no se traducía en golpes directos. Y la mejor ocasión era una cena familiar que se realizaría en su casa en los próximos días.
Todo estaba perfectamente planeado. Llegó el almuerzo y el Grandote Intrépido sabía que debía revelar su secreto lo antes posible, así pasaba mucho tiempo hasta que se fueran todos y, en una de esas, no sufría demasiado castigo inmediato –sabía que en el mediano plazo era imposible salir impune-. Esperó a que se sentaran todos a la mesa y, parándose bien erguido realizó el anuncio: “Mamá, papá, hermanos, tíos, primos, debo anunciarles que les mentí a todos. Me llevé cinco materias a marzo y, para no recibir castigo alguno, falsifiqué el reporte para que ustedes creyeran otra cosa. Ahora, como un hombre, afronto mi problema pero les pido ayuda o perderé el año irremediablemente”.
En ese entonces el Grandote Intrépido ya era amigo mío, pero, recuerdo, no lo vi por dos años.

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