viernes, 15 de febrero de 2008

¿Qué pasó?

Le Monde Diplomatique representa el progresismo en pinta. Evoca casi automáticamente a la avanzada intelectual francesa, acaso una de las más importantes del mundo, y simboliza una especie de estoica resistencia de la concentración de medios que propone el capitalismo salvaje. Históricamente una publicación de izquierda y, por sobre todo, periodísticamente seria, Le Monde se sumó a las falsas acusaciones contra Venezuela sobre presunta la participación de este país en el narcotráfico mundial (Red Voltaire).
Nada más falso.
Sin ánimos de hacer una apología de Hugo Chávez, porque ofrece muchos flancos para la crítica, es preciso aclarar que las acusaciones del director del Buró para la Política del Control de Drogas de la Casa Blanca, John P. Walters, son absolutamente falsas. Ningún informe serio sobre la ruta de las drogas incluye a Venezuela como un país narcotraficante. Nada más lejano.
Sólo basta con realizar la siguiente deducción: Colombia es el máximo productor de cocaína mundial (62 por ciento del mercado) y Afganistán el de opio (92 por ciento). Ambos cuentan con una importante presencia militar estadounidense en sus territorios, e incluso el asiático fue invadido por el ejército norteamericano. Al mismo tiempo, Estados Unidos es el máximo consumidor de sustancias prohibidas de todo el mundo.
Entonces, ¿dónde está el problema de la droga y el narcotráfico? Creo que no hace falta ser un genio para adivinarlo.

lunes, 11 de febrero de 2008

Se va para afuera

Los paladines del librecambio y el neoliberalismo (aunque ellos mismos se nieguen en rechazar estos motes y negar la existencia de la ideología) insisten en que tanto la Argentina como América latina jamás atraerán inversiones a causa de su falta de competitividad.
Para poseer esta característica, sostienen, es necesaria la estabilidad. Es decir, convencer a los inversores de que van a poder ganar mucha plata durante un tiempo prolongado.
Claro que esta insistencia tiene como único objetivo sugerir un cambio de rumbo en la región que impulse Tratados de Libre Comercio (TLC) con Estados Unidos. Porque, seamos claros, es la intención excluyente. Y sabemos cómo nos fue cuando “liberamos” nuestras relaciones con las principales potencias, especialmente con aquella que está justo encima nuestro en el mapa, como si se tratase de una cruel metáfora de la cartografía.
Sin embargo, los tristes augurios de estos pretenciosos especialistas contrastan con la realidad argentina, que a decir verdad está mucho más cerca de lo que ellos piden.
Según el diario La Nación, que a su vez se basa en información del Banco Central (BCRA), “en 2007, el giro al exterior de utilidades y dividendos y otras rentas -a las casas matrices de las multinacionales instaladas aquí y, en menor medida, a los accionistas no residentes de empresas locales- alcanzó los 1.921 millones de dólares, un 21,1 por ciento más que el año anterior”.
Como verán, pese al discurso de nuestros dirigentes, la Argentina aún presenta una fuerte inversión extranjera, que sigue creciendo. Y no sólo eso, sino que en la mayoría de los rubros el “empresariado nacional” es casi inexistente.
Entonces, a resultados vista, la clave no pasa tanto por evitar las inversiones extranjeras –que evidentemente son inevitables- como por dejar en claro las condiciones en las cuales se desarrollará esa inyección de capitales. Fácil, si les permitimos entrar y explotar en nuestro país, que lo hagan bajo leyes que protejan precisamente nuestro capital.
En cualquier país desarrollado, precisamente esos para los cuales trabajan los analistas mencionados, la inversión extranjera es posible. El problema viene cuando uno, inversor extranjero, quiere sacar las ganancias del país.
Si la inversión extranjera representa realmente desarrollo interno, bienvenidas. Pero si esa inversión en realidad significa un acto de piratería moderno, pues muchas gracias, pero no.

lunes, 4 de febrero de 2008

Como turco en la neblina

Ya con la fecha de salida encima de nosotros la expectativa crecía por leguas, pero a la vez sentía una pequeña sensación de alivio porque por fin me iba de vacaciones. Sucede que no estaba acostumbrado a tomar mis dos semanas libres con el año tan avanzado.
El inconveniente que ello genera no es exactamente cansancio, sino hastío y hasta desconcierto, porque hay una verdad absoluta: el año empieza después de las vacaciones. Pero normalmente esas vacaciones se toman entre enero y febrero y todas las actividades tienen su inicio en marzo. Pero si te vas de vacaciones en abril, tu año no comienza hasta el regreso, que ya es demasiado tarde.
De todos modos, no había el menor indicio de arrepentimiento en mi decisión, que quede bien claro, simplemente un poco de desconcierto.

viernes, 1 de febrero de 2008

El lado incorrecto

Sus giros interminables inevitablemente la llevan hacia un violento fin.
Yo la miro impávido, desde arriba, sin ninguna capacidad de reacción. Es ese segundo en el cual tengo tiempo de lamentarme por perderla, pero no puedo hacer nada para salvarla. Una paradoja del destino: el cerebro funciona, pero el cuerpo es incapaz de reaccionar.
Ella, sigue rodando en sí misma por el aire con el destino cantado. Caerá violentamente y estoy seguro de que no podré salvarla. Ni siquiera después del impacto.
No es tristeza lo que siento, porque tampoco es para tanto, sino más bien expectativa porque todo salga bien. No quiero empezar todo de nuevo. No tengo ánimos. No es el momento para hacerlo.
Sólo observo con fe.
Pero sucede lo peor. Mis temores se hacen realidad: la tostada cayó del lado de la manteca. ¡Maldita sea! Tendré que levantarme, prender la tostadora, cortar más pan y ponerlo al fuego hasta que tome el color y el calor deseado. Pero no tengo ganas, es demasiado temprano y no estoy de humor.

Evidentemente, esta duda existencial carcomerá mi alma por siempre: ¿por qué las tostadas siempre caen del lado de la manteca?

Mentiras y medios


El trabajo de periodista es bastante difícil. No sólo porque se paga poco, sino porque en muchos casos obtener la información necesaria se torna imposible. Más si uno no pertenece a un medio masivo, sino que trabaja al costado del camino, como diría Fito Páez.
Es tan difícil escapar de las agendas que imponen los grandes medios como acceder a la verdad. Es sencillo: si ellos no lo dicen, es porque no es cierto. Y así lo creemos todos. Sólo vemos lo que nos muestran, y a quienes dicen algo distinto, los castigamos por inventar conspiraciones novelescas o bien porque pasan gran parte de su vida denunciando. Es cierto que muchos de ello mienten y hacen de la denuncia y la conspiración imaginaria un negocio. Tan cierto como que muchos de ellos dicen la verdad, sólo que desde otra perspectiva.
En definitiva, cada uno dice su verdad. Porque, les aviso, la objetividad no existe. Aunque intentemos ser imparciales, cada uno de nosotros tiene un acervo previo. Un sistema de creencias y valores que inevitablemente va a ordenar una noticia de una forma u otra, independientemente de su contenido.
Pero, acá viene lo más tenebroso, la objetividad no sólo depende de la subjetividad que tiene cada periodista en cuanto sujeto pensante. Sino que también entran en juego distintos intereses, porque hace mucho tiempo que los medios de comunicación dejaron de estar al costado del camino para recorrer la autopista del poder por los carriles más veloces.
Entonces, nosotros como lectores, oyentes o televidentes no sólo dependemos de la subjetividad de quién nos comunica, sino que tenemos acceso a la porción de la verdad que nos quieren contar debido a intereses relacionados íntimamente con el poder.

Para explicarlo mejor, les voy a poner un ejemplo bastante gráfico: la invasión a Irak.
Primero, habrán notado que he utilizado el término invasión y no guerra u ocupación. La guerra se entiende como un conflicto formal entre dos ejércitos o en último caso entre un ejército y una guerrilla (posibilidad contemplada en la Convención de Ginebra, vale aclararlo). Ninguna de las dos circunstancias se dio en Irak, pues la acción armada estadounidense no gozó del apoyo de la ONU, y poco después se demostró que los motivos que la justificaron eran falsos. En consecuencia, a causa de su ilegalidad no podemos hablar de una guerra formal.
El término ocupación se utiliza cuando un país invade a otro, pero con la venia de este último. Por ejemplo, si en un país existe una tiranía ilegítima y la gran mayoría clama porque se termine, entonces la intervención de un agente externo supone una ocupación. De hecho, pese a su ilegalidad, si Estados Unidos hubiese derrocado a Saddam Hussein y luego hubiese abandonado el país (aunque en la realidad esto era imposible y no sólo por los intereses norteamericanos, sino porque sabían que allí se abría una caja de Pandora) podría hablarse de una ocupación. Pero los iraquíes de ningún modo pidieron a las fuerzas extranjeras que tomen el poder y se queden en el país. Por lo tanto, tampoco es una ocupación.
El concepto de invasión, por el contrario, supone la ocupación de un país por otro sin la venia del primero, y por intereses que carecen de legitimidad.
Otro término falso, que responde a esos intereses, es la denominación terrorismo iraquí. Si bien en la actualidad existe una virtual guerra civil en el país, lo cierto es que las facciones armadas que atacan a las fuerzas extranjeras deben catalogarse como resistencia. Sus métodos son los de una guerrilla e intentan infundir el terror en el enemigo, pero resisten a una invasión ilegal e indeseada.
Lo mismo sucedió en Francia cuando fue invadida por la Alemania nazi. Los franceses actuaban como una guerrilla, pero contra una invasión ilegal. Por lo tanto, fueron célebres y pasaron a la historia como la “resistance”. Los iraquíes hacen lo mismo, pero son catalogados como “terroristas”.
Otro ejemplo notable ocurre en la actualidad. Luego de incrementar sus fuerzas en 30.000 hombres, George W. Bush hizo públicos informes según los cuales la violencia había mermado notablemente en Irak. De pronto, el país árabe había pasado de ser un pandemonio para transformarse Disneylandia.
Los medios más importantes, muchos de los cuales habían respaldado la invasión y sirvieron como un canal ideal de legitimación para los falsos argumentos, recogieron con entusiasmo la pacificación iraquí. Apenas en unos meses, las agencias ya no daban cuenta de ataques y atentados en Irak. Sólo algunos hechos violentos destacados como aislados, pues Al Qaeda, la madre de todos los males, estaba acorralada en el norte del país.
Sin embargo, hurgando en todos los lugares posibles, siempre aparece algo. Y si ustedes creen que Irak realmente es más seguro, visiten páginas como Prensa Latina (http://www.prensa-latina.com/) o la versión en inglés de Al Jazeera (english.aljazeera.com) y sabrán la verdad como yo la sé.

jueves, 31 de enero de 2008

La cuerdita del bien y del mal

Una de las habituales frases de la Venganza será terrible, el programa radial de Alejandro Dolina, es “¡corran las mesas y echen a las gordas!”. Mediante este artilugio, el genio deja de tocar los tangos que le pide la gente para comenzar con la música más jocosa. Bailable, si lo decimos en el peor sentido de la palabra.
Pues bien, he llegado a la conclusión de que los estúpidos que cuidan las puertas de los boliches top de Córdoba, que no son otra cosas que asnos –con el perdón de esos pobres animalitos que tienen que cargar con el prejuicio de ser estúpidos, valga la redundancia- que sólo cumplen órdenes, escuchan esa frase absolutamente dolinesca. Ahora resulta que si sos mina, y por casualidad te comiste un par de postres de más, no tenés derecho a divertirte. El concepto de “súper top”, no se adecúa a tus rollos, nena. Lo siento. Seguí participando. Pero, primero, hacé dieta, ¡por favor!
Pero, claro, estos retrasados mentales no solamente discriminan a las pobres, simpáticas y en muchos casos amables gorditas. Nada de eso. Con el poco poder que le da sostener una cuerdita de porquería que divide la felicidad de una discoteca (¡sí, lo digo a la antigua!) al ostracismo de la calle se sienten San Pedro en el mismísimo purgatorio. ¿Sos linda?, ¿te hiciste las tetas?, ¿tu trasero es un durazno en esos pantalones bien ajustados?, ¿tus piernas asoman sensuales por debajo de tu pequeña pollera?, ¿harías cualquier cosa por entrar? Está bien, entonces entrá.
Para ellos, ¿sos famoso en el ambiente?, ¿por alguna puta casualidad te hiciste amigo de los guardias de la puerta?, ¿pasás setentaycincomilcuatroscientascuatro horas delante del espejo antes de salir?, ¿te ponés cremita para levantar la cola, maquillaje para tapar los granitos y te arreglas el pelo con mucho gel y tintura, si es necesario?, ¿tu bronceado caribeño en pleno julio demuestra que te la pasaste encerrado dentro de una píldora futurista con muchas lucecitas que te queman la piel?, ¿pasaste los treinta hace rato pero lucís como menos de veinte? Vos también tenés el honor de pasar.
Pero si no cumplen esas condiciones, queridos míos, están literalmente en el horno. Si la naturaleza no te ayudó. Si tuviste la enorme desgracia de nacer feo, gordo, petiso o si no tenés el don del buen gusto, buena suerte y hasta luego, como diría Andrés, el mejor antihéroe de la ciudad. Te quedarás del lado de los perdedores, en donde no hay música, ni chicas lindas, sólo una jauría tratando de entrar a la máquina de la felicidad.
Además, no sé si se han fijado, pero ¿se dieron cuenta que los boliches son el único lugar en el cual no se hace cola para ingresar? Digo, uno asoma por esos comercios y ve cómo la muchedumbre se agolpa, obediente, eso sí, sobre las cuerditas sin ningún tipo de orden.
¿Imaginen si uno hace eso en el banco? ¿O en la parada del colectivo? Imposible, porque seguro que alguno te va a agarrar de los pelos y te va a poner en tu lugar. Donde te merecés, ahí al fondo.
No quiero pecar de antiguo, pero en mis épocas, allá por comienzos de los 90 iba a Molino Rojo. Y muchas veces debíamos esperar hasta una hora para entrar. Pero porque la fila era larga. Uno se paraba en la cola, ocupaba un lugar como Dios manda, y al cabo de un rato entraba. Así de fácil. Pagabas tu entrada y sencillamente entrabas. Si había mucha gente delante tuyo, esperabas mucho. Sino, era cuestión de minutos. Pero acá no te dan ni siquiera un premio a la puntualidad, porque si vas temprano, el estúpido de turno te dice “a esta hora sólo entran con free”, mientras dos rubias despampanantes, con las que ni siquiera soñarías, pasan a tu lado sin más que lo puesto, le dan un beso al estúpido que te impide el ingreso y pasan como pancho por su casa.
Y lo peor de todo es que tenés plata. No estás tratando de mendigar nada. Es de los pocos lugares en los cuales vos querés pagar la entrada y no te dejan. ¡Antes de las dos sólo pasás gratis! Digo, ¡estamos ante una de las contradicciones más grandes del mundo capitalista!
En resumen, como diría el genial y siempre vigente Tato Bores, “parece un chiste, si no fuera una joda grande como una casa”.
Pero, quédense tranquilos y tengan paciencia, que después de cada reclamo siempre aparece una idea novedosa. Sólo esperen unos días y verán.

martes, 15 de enero de 2008

Al oscuro

Avanzaba en medio de la nada hasta llegar a su primer destino. La oscuridad era absoluta y, por momentos, parecía que quería tragárselo, hacerlo parte de ella durante toda la eternidad.
Entre el miedo que genera la nada y la valentía que provoca el propio instinto de supervivencia, él permanecía allí, estoico, desafiando al peligro pero al mismo tiempo con profundos deseos de que todo eso terminase. Atrapado en las poderosas garras de la cotidianeidad, esperaba paciente para terminar con su pesar y pasar a una instancia superior, reveladora, tranquilizadora.
De pronto, vio que la mole amorfa se acercaba violentamente hacia él. Era el momento, pensaba. El ensordecedor ruido proveniente de la bestia de acero encendió su adrenalina. Por fin acabaría todo el dolor de la cotidianeidad. Por fin cumpliría con el pesado objetivo de todos los días.
Comenzó a agitar los brazos como un loco. Sin miedo, sino con mucha decisión. Con la valentía que lo caracterizaba. No le importaban la oscuridad ni el peligro. Mucho menos el hecho de que la mole era ciega. Sólo quería cumplir con su cometido.
Extasiado, se repetía a sí mismo: “¡Es el N4; es el N4!”
Pero con desazón vio que la mole pasaba de largo, sin detenerse siquiera a mirarlo. Ciega, sorda y muda. En fin, indiferente. Tan indiferente que por poco acaba con su vida. Pasó apenas a unos centímetros de su cuerpo dolido, de su alma en pena. El tormento no había acabado, recién empezaba.
En medio de la pesadumbre, con las venas a punto de explotar por la ira, él gritaba a los cuatro vientos: -¿Por qué los malditos autobuses no tienen sus números iluminados?”, mientras le daba de patadas a la parada del colectivo, maldecía por el largo día de trabajo, la consecuente tardanza para llegar a su casa y el alumbrado público que no funcionaba en esa cuadra del demonio.

martes, 1 de enero de 2008

Tire-pull

Ya estaba a pocos metros. Increíblemente, las 30 cuadras que separaban al Patio Olmos de mi casa se habían hecho eternas. Tanto que temía la pérdida del amor de mi vida, quien me esperaba del otro lado de las pesadas puertas de vidrio que separaban a la vieja escuela del mundo exterior.
A medida que avanzaba, mi corazón latía hasta salirse de mi pecho y volar hacia ella. La emoción me abrazaba y me hacía sentir en el paraíso, en un paraíso terrenal con el que siempre había soñado. Me pidió que nos juntásemos a hablar, para decirme que sí, que aceptaba mi amor de una vez por todas. Al menos eso esperaba.
Avanzaba por Vélez Sarsfield, crucé el Teatro del Libertador y observé la primera puerta del Patio Olmos, imponente, que me invitaba al amor. Sin embargo, ella me esperaba en el bar que daba exactamente a la esquina de Vélez Sarsfield y bulevar San Juan, razón por la cual preferí entrar por el acceso más cercano.
Por fin llegué a la intersección, subí por las escaleras que bordean el ingreso al centro comercial y encaré la puerta casi corriendo. No podía perder ni un segundo antes de verla. –Vení al Patio Olmos urgente que quiero hablar con vos. Es sobre aquello que me preguntaste hace unos días, amor-. “Amor” me había dicho. No podía haber errores, ¡me había dicho “amor”! Definitivamente me citaba para entregarse a mí, para siempre.
Casi corriendo, encaré de frente una de las puertas laterales, para no tener que perder tiempo en el pequeño hall que antecede al bar cuando uno ingresa por el centro. Entre los pesados vidrios observé su cara angelical, sonriente, y su palma agitándose ante mi encuentro.
Aceleré mi marcha y enfrenté el “tire-pull” de la puerta con mi mayor decisión, como si allí se simbolizara el ingreso a una vida mejor, el cumplimiento de todos mis sueños, la entrada a su corazón. Y así lo tomé.
Puse una mano sobre la manija y la empujé con todas mis fuerzas mientras prácticamente corría hacia ella. De pronto, todo se apagó, y poco después volvió a prenderse. La gente me rodeaba curiosa, asustada. El hilo caliente rojo fuerte que salía de mi nariz ya me llegaba al pecho y había arruinado toda mi ropa. Sentía que la cara me latía con fuerzas y que los ojos en cualquier momento saldrían de su órbita. “Si se van, no podré verla más”, le pedía a mis propios órganos.
La emoción, el amor, el temor a llegar tarde a mi última llamada, mi última oportunidad, impidieron que me detuviese a pensar en el significado de la palabra tire-pull. Fueron 80 kilos lanzados con toda furia hacia una puerta del vidrio más grueso, y en medio un débil tabique nasal que sufrió las consecuencias del grave impacto.
Ella finalmente terminó conmigo poco después de aceptarme. Pero, ese día, comprendí que hasta las palabras más sencillas tienen significados incomprensibles.

lunes, 31 de diciembre de 2007

Un final inesperado

Contaba con el arma más poderosa de seducción: se sabía lindo. Estaba conciente de ello y así actuaba cada vez que se relacionaba con alguna fémina, con la altanería de quienes, saben, tienen todas las de ganar, porque son lindos.
Mauro era así, aunque lo negaba. Caminábamos por las calles de Mina Clavero, por citar un ejemplo, y él se separaba del resto, para que todo el mundo vea su belleza. Íbamos a cualquier boliche y se paraba en los balcones, o bien cerca del baño de mujeres. Sólo le bastaba con que lo mirasen y lo demás era apenas un trámite. No necesitaba ser simpático, culto o interesante, tenía a su belleza como punta de lanza.
Pero la belleza no siempre es la mejor aliada.

El Galpón era el lugar de moda en aquél entonces. Se trataba precisamente de un galpón bastante humilde pero con el decorado, las luces y los relaciones públicas correctos. Sólo con eso le bastó para ser la discoteca de moda durante un verano en Carlos Paz. Mauro estaba esa noche con sus amigos, en plena cacería. A diferencia del resto, Mauro encaraba estas situaciones con el aplomo de quien sabe que tiene el as de espadas en su mazo. Mientras los otros correteaban a las mujeres con toda clase de historias, ciertas o no, y mohines, Mauro tomaba una cerveza junto a la barra y observaba. Observaba a quién le mostraría su bella cara, razón suficiente como para pasar una noche placentera. En otras palabras, buscaba a la ganadora de un premio que él estaba convencido que poseía.
Y la encontró, pero en este caso no era una, sino que varias.
Por un momento, la rutina de la noche se vio interrumpida por una decena de mujeres, tan bellas como exaltadas, que ingresaron prácticamente corriendo a la pista principal para bailar sin ningún tipo de urbanidad, como si nadie hubiese allí dentro. Estaban disfrazadas y, se notaba, habían consumido cantidades siderales de alcohol.
Todos los hombres comunes vieron a las mujeres y comprendieron rápidamente que se trataba de una despedida de soltera, razón por la cual no era muy aconsejable acercarse a ellas directamente porque, se sabe, lo más factible es que uno termine siendo el hazmerreír de la fiesta. Lo mejor era atacar por los flancos, eligiendo bien algún objetivo y centrándose en él. Hablarle disimuladamente para alejarla de ese núcleo de excitación compartida con el fin de acrecentar las chances de obtener la gracia divina, es decir, sexo.
Pero, claro, ese es un razonamiento para cualquier terrícola, mas no para Mauro, quien se acercó decidido por el centro de la jauría y comenzó a menearse como regalando su cuerpo a tantas mujeres. Ellas, agradecidas por contar tan fácilmente con semejante espécimen, lo rodearon y comenzaron a tocarlo y besarlo como si se tratase de una copa mundial. Mauro, sabiendo que no sólo sus amigos lo miraban boquiabiertos por aquél triunfo inédito, se regocijaba en su éxito y se entregaba de cuerpo y alma a ese momento mágico.

Poco después, las chicas se cansaron de la adoración y pretendían pasar a otra instancia. Más intima, por así decirlo. Pensaban ir a otro boliche y llevarse a Mauro como si fuese algo para comer en el camino. Mauro, claro está, después de contarle a todos sus amigos del ofrecimiento, para que se mueran de envidia, aceptó gustoso el convite.
Ya en el automóvil, la adoración y el manoseo de las exaltadas chicas se hicieron un poco más intensos. Mauro creía que estaba viviendo un sueño. ¿A quién no le gustaría tener a tantas chicas para uno solo, y sin pagar un centavo?, se preguntaba.

El recorrido no duró mucho, pues Molino Rojo, la próxima parada, estaba a poca distancia del Galpón. Sin embargo, para Mauro fueron los mejores 15 minutos de su vida, y estaba decidido a prolongarlo todo el tiempo que pueda.
Pero las chicas tenían otros planes. Primero, trataron de dejar a su dulce bombón en la calle, pues ya estaban hartas de él, pero no pudieron debido a su tenaz resistencia. Mauro estaba decidido a llevarse por lo menos a una de esas chicas a la cama. De hecho, si era un premio, ¿por qué no irse con la que se casaba? ¿Qué mejor forma de terminar una despedida de soltera?, pensaba con su amor propio por las nubes.
Así fue como logró acompañarlas hasta el boliche, ya la tercera parada de las chicas, convencido de que en unos minutos ya estaría a las puertas de una nueva conquista.
Sin embargo, Molino Rojo es grande, y apenas ingresaron nuestro héroe perdió de vista a las chicas, quienes tal como le dijeron minutos antes, querían continuar la fiesta en soledad.
En vano las buscó Mauro, pues parecía que se las había tragado la tierra. Buscó, revolvió, preguntó, se distrajo con otras chicas en el camino, pero nada. Entonces, cabizbajo, entendió que al fin y al cabo los sueños, sueños son y decidió regresar a Córdoba.
Pero el regreso no sería sencillo, pues no tenía dinero y sus amigos ya se habían ido, o al menos eso imaginaba ya que en ese entonces no había telefonía celular. Lo primero que hizo, por las dudas, fue regresar al Galpón, que estaba ubicado precisamente en la ruta que va hacia Córdoba. Mas ya no había nadie, pues era demasiado tarde. Entonces, se paró a la vera del camino y comenzó a hacer dedo, ya en un gesto de absoluta desesperación. Afortunadamente, un Fiat Fiorino se detuvo para llevarlo. Era un hombre muy amable que, según dijo, tenía que ir a Córdoba a trabajar.
Si bien la noche no había culminado como se lo imaginaba, Mauro sintió que la suerte volvía a sonreírle; ya estaba de regreso a casa, y sin gastar un centavo.
Pero no todo es lo que parece. A los pocos metros, el conductor de la Fiorino le confesó que no iba a Córdoba, sino que frenó porque Mauro le parecía muy lindo y tenía toda la intención de intimar con él. Nuestro héroe, gentilmente, le dio las “gracias, pero no”, se bajó de la camioneta bajo cualquier pretexto y se olvidó de hacer dedo, por el momento.
Pasada las ocho de la mañana seguía en Carlos Paz, como si esa ciudad no le permitiese salir. Como si fuese un ente pensante que maneja a los seres humanos a su antojo, para que Mauro se quede allí por siempre.
Desesperado, comenzó a caminar hasta llegar a Keops, la discoteca más importante de la villa, que se encuentra en el ingreso a la autopista que une a Carlos Paz con Córdoba. Era su última oportunidad, pues normalmente a ese lugar iba mucha gente de la ciudad.
Se acercó a la salida, en donde había un verdadero mar de personas que se debatían entre el sueño y el exceso de alcohol, y entre el deseo de regresar a casa o continuar con la juerga. Utilizó sus últimas fuerzas para echar un vistazo, y afortunadamente divisó a un conocido del trabajo. Sin perder el tiempo, se acercó hacia él y le rogó que lo llevase a Córdoba. Su camarada asintió sin inconvenientes y, por fin, la noche de Mauro se terminaba.
Mientras regresaba a su casa, confortablemente sentado en ese auto último modelo, pensaba: ¡Pobres chicas! Se perdieron de pasar una noche conmigo…

Lamentablemente, no todos aprenden la lección.

martes, 18 de diciembre de 2007

La borrachera más justa

El cumpleaños de Camilo estaba terminando en Molino Rojo. En realidad, para él había terminado hacía un rato, pues celebró la llegada de sus 17 años con una borrachera soberana.
Y se la merecía, como merecía que nosotros, sus amigos, lo cuidásemos, porque siempre se había encargado de protegernos, con un gesto paternal notable. Él era quien nos sacaba de apuros, nos defendía contra los grandotes, nos hacía entrar a los boliches o nos cargaba cuando era necesario.
Esta vez, era su turno, y estaba absolutamente descontrolado. Su borrachera valió por todas las otras. Era imposible contenerlo. Orinó en la barra mientras pedía un trago, se quiso pelear con todos los guardias, pretendía hacerle el amor a su novia en los reservados del boliche, se cayó cuantas veces pudo y, lo que aquí nos trae, casi la engaña, a ella, la mujer de su vida.

La situación de Camilo era extraña, ya a los 17 años. Primero, porque era el único que tenía la tranquilidad de haber encontrado a la mujer de su vida a tan temprana edad, y también porque, de todos los amigos que tuve por aquellos tiempos, que fueron muchos, sólo Camilo fue fiel a su amada, acaso porque estaba conciente de que era lo más importante de su vida.
Sin embargo, hasta el más perfecto de los príncipes tiene sus momentos de debilidad por algunas piernas incorrectas. A quién no le ha pasado.
Pero lo de Camilo fue distinto a lo normal, y hasta lógico.

Con mis amigos, siempre fuimos de mantener las rutinas, que cuando se repiten muchas veces algunos las llaman tradiciones. En el caso de Molino Rojo, hacíamos lo mismo todos los sábados. Nos juntábamos después de cenar, tomábamos el colectivo nunca después de las 11 de la noche, para llegar a Carlos Paz antes de las 12. Despuntábamos el vicio un rato en City Game y buscábamos a Dady para que nos dé los descuentos.
Luego, regresábamos un rato más a City Game y cerca de la 1 de la madrugada emprendíamos el recorrido a Molino Rojo con el fin de llegar apenas terminaba el matinée. Es que nos gustaba entrar al boliche cuando estaba prácticamente vacío y escoger el lugar de siempre, en el balconcito que estaba frente a la pista más pequeña, delante de los nueve televisores en los cuales pasaban los video clips de moda.
Y, claro, parte del ritual de ingreso era salir corriendo hacia la barra para cambiar la consumición por algún trago. Esos tragos horribles que uno toma en su adolescencia: nafta súper, séptimo regimiento dulce o seco, piña colada con cuantas cosas nos imaginemos, etcétera. Y como frutilla del postre, el balde, que no era otra cosa que un montón de bebidas alcohólicas de escasa calidad rebajadas con durazno o granadina. En resumen, un espanto. Pero nosotros lo tomábamos. Con gusto y, especialmente, con velocidad, así nos emborrachábamos más rápido.
Pero, esa noche, Camilo estaba particularmente excitado. Es como si, antes de salir, hubiese planeado dejar de ser perfecto por un rato y comportarse como el peor de todos. Y lo hizo, pues apenas empezó la noche ya estaba completamente borracho, con devolución de brebajes por vía oral (vómitos) incluidos.

Pasaba la noche y Camilo estaba en su salsa, absolutamente excitado, pasado de vueltas, diría. Corría, quería pelear con todo el mundo y pretendía sobrepasarse con su novia, pero siempre, de alguna extraña manera, frenaba sus instintos justo antes de cometer el pecado.
Hasta que apareció Mariela.
Mariela era una chica de escasa belleza que debido a un par de deslices se había ganado el injusto mote de chica fácil. A causa de ello, tenía que renegar continuamente con adolescentes tapados hasta los ojos de hormonas que pretendían hallar en ella el favor que todos buscamos en la vida, especialmente a esa edad: sexo.
Sin embargo, ella no era así, aunque debía cargar con ello.
Camilo, como todos nosotros, estaba al tanto de la fama de Mariela y apenas la divisó se abalanzó sobre ella, pero con el aparente fin de entablar una charla amistosa. Y ella le creyó, pues Camilo era el hombre más caballeroso del mundo. Nadie imaginaba que podría pretender siquiera sobrepasarse con una dama.
Nadie lo imaginaba hasta esa noche.
Con los ojos salidos de su órbita, Camilo comenzó a buscar un acercamiento físico con Mariela, que no veía con malos ojos aparearse con quien en esos días era el galán del barrio. Pasaban los minutos y el espacio entre los dos se esfumaba como el aire entre las manos. Ambos ya podían sentir la respiración del otro, mientras el sexo de Camilo crecía y crecía. En ese momento, el deseo podía palparse hasta con las manos.
Pero el problema era que Ella, la mujer de su vida, estaba apenas a unos metros de distancia y en cualquier momento podía divisarlo en esa actitud pecaminosa. Afortunadamente, su escasa visión le impedía observar aquella lamentable escena, pues no salió con sus anteojos, pero era cuestión de minutos que decidiera salir a buscarlo y encontrarse con él.

Mucha gente tiene una concepción errónea de las amistades de un adolescente. Como si el grupo al cual pertenece un joven fuera necesariamente la razón de su perdición, o sus errores. Mas en algunos casos esa influencia puede ser positiva, al punto de salvar la pareja más perfecta del universo. Porque nosotros, sus amigos, fuimos más rápidos que Ella y divisamos a Camilo a punto de cometer el error de su vida. Rápidamente, bajamos las escaleras de Molino Rojo y nos abalanzamos sobre él para cortar la conversación con Mariela. Sin explicaciones, pusimos cualquier excusa y nos lo llevamos de los pelos, pues aún los tenía.
Ya en sí, aunque en apariencia, Camilo entró en razón y regresó a los brazos de su novia. Y ella lo cobijó mientras él sufría las consecuencias de la borrachera más justa de la historia.

Y aún lo cobija.

lunes, 10 de diciembre de 2007

El principio del principio

La siesta de abril de 2007 me encuentra sentado ante la computadora con el firme propósito de comenzar el humilde relato de un viaje que para mí, con 29 años, ocho meses y 20 días, fue el mejor de mi vida.
La historia comienza hace exactamente cuatro meses, cuando uno de mis mejores amigos me dio dos opciones, que serían los destinos a seguir durante las vacaciones que se avecinaban: Río de Janeiro o Cuzco. Ambas asomaban interesantes, pero la posibilidad de conocer la cuna de la historia latinoamericana y mi inconveniente ante la exposición solar, por el blanco extremo de mi piel, me terminaron por decidir. Perú era el destino.
Poco después comenzó el camino de la diagramación del viaje, que al menos para mí incluía conocer más de aquél maravilloso lugar. En otras palabras, desburrarme un poco. Y lo logré, porque descubrí que la zona no se limitaba a Cuzco y el Machupicchu, sino que era mucho más extensa, más rica, más interesante.
Entre discusiones, posibilidades y el sabio manejo de Chiquito Reyes, mi compañero de ruta, el periplo quedó diagramado de la siguiente manera: avión hasta La Paz, donde dormiríamos dos noches; luego partiríamos rumbo a Copacabana, ubicado en la frontera con Perú; posteriormente cruzaríamos la frontera hacia Puno y finalmente Cuzco, desde donde tomaríamos el avión de regreso a Córdoba.
Pero lo que en ese momento no sabíamos era que la aventura recién comenzaba.

martes, 4 de diciembre de 2007

La región mesiánica

A juzgar por algunos datos preocupantes, Venezuela estaría cerca de perder la gran oportunidad de hacer realidad un proyecto muy interesante que podría, por fin, generar el desarrollo de un socialismo democrático y positivo. Los pecados propios de una región mesiánica y los errores de un líder invadido por un exceso de poder podrían tirar por la borda años de esfuerzo. Lamentablemente, hay características que unen de una manera notable a latinoamérica y el mesianismo es una de ellas. No hay dudas, pues quienes vivimos por estos lares no podemos evitar el deseo de que un ser superior nos saque de nuestra amarga realidad. Como si no tuviésemos la madurez suficiente como para hacer algo por nosotros mismos y necesitemos volcar responsabilidades hacia algún iluminado. Y así nos va, porque si repasamos rápidamente la historia latinoamericana hallaremos que absolutamente todos los proyectos políticos se agotaron en unos años. Y esto sucedió no sólo porque en muchos casos eran inviables (recordemos el neoliberalismo de la década pasada), sino porque somos incapaces de sostener un proyecto más allá de los nombres propios. Hoy, la República Bolivariana de Venezuela se debate entre la aprobación o no de un texto constitucional que si bien intensifica la entrada del país al denominado socialismo del Siglo XXI y tiene algunas cuestiones muy interesantes, propone además la entrega de una desmedida cuota de poder al presidente, en este caso Hugo Chávez. Tan es así, que las voces opositoras sólo apuntan hacia apartados como la reelección indefinida y no a otros aspectos que son mucho más importantes y positivos para la vida del país. Desde esta columna siempre decimos que independientemente de la ideología que escogimos, latinoamérica se encuentra en una situación ideal para alcanzar una relativa estabilidad política, pero equivoca el camino. Cuando la fórmula debería ser el fortalecimiento de las instituciones democráticas, con el objetivo de que el poder no recaiga sobre una sola persona o entidad, elegimos basándonos en las promesas de un solo líder, y no podemos o no queremos ver más allá de nuestras narices, especialmente ante un proyecto interesante. Mientras, los opositores a esos líderes paternales son aún peores, pues representan a pequeños grupos enviciados por siglos de poder que otrora encabezaron las matanzas más aberrantes desde que los españoles acabaron con los indígenas del continente. Si bien la idea es plantear un problema y que cada uno saque sus propias conclusiones, tal vez no sería mala idea leer la propuesta de una democracia parlamentaria confeccionada por el juez de la Suprema Corte de Justicia Eugenio Zaffaroni (Le Monde Diplomatique del mes de septiembre).
Patricio Ortega

lunes, 12 de noviembre de 2007

El bien supremo


Aunque lo sospechaba y lo intuía, Winston Smith tomó real conciencia de cómo funcionaba el sistema bajo el cual vivía recién cuando fue atrapado por el Partido. Antes, se había preguntado quiénes eran los enemigos capturados por el ejército que desfilaban por las cales de Eurasia. De qué guerra provenían, porque ni siquiera estaba seguro de que las guerras que cronicaban con tanto detenimiento fuesen reales. Pero lo cierto es que existían y, de hecho, su mera existencia se transformaba en un paso más hacia el autocontrol de una sociedad en la cual los propios ciudadanos eran la herramienta perfecta para mantenerse a raya a sí mismos. Si bien la maravillosa 1984 de George Orwell plantea un mundo dominado por el comunismo y el nazismo ofrece también algunas coincidencias escalofriantes con la realidad actual. Porque, así como a Winston Smith -el personaje central de la novela- le resultaba difícil calificar a los enemigos que desfilaban por las calles de su ciudad, hoy a todos nos cuesta definir al enemigo número uno del mundo: Al Qaeda. ¿Realmente alguien puede definir con relativa certeza qué es y cómo funciona la omnipresente red dirigida desde alguna parte por Osama ben Laden? O más aún, ¿alguien se atreve a realizar una definición específica de terrorismo? Porque si nos centramos en los conceptos más corrientes, terrorismo es infundir terror mediante determinados actos. Entonces, tan terrorista es aquél grupo que pone una bomba en Atocha o las Torres Gemelas, como el ejército que invade un país o asesina indiscriminadamente con el mero fin de aterrorizar a una población. ¿Acaso son tan diferentes los fines que persigue uno y otro bando? No, ambos quieren precisamente infundir terror. Pero, yendo un poco más allá en el análisis, otra coincidencia con el libro de Orwell radica en la despersonificación del enemigo de turno, en este caso el radical islámico. Su deshumanización. El constante bombardeo mediático y/o publicitario lo muestra como un loco envuelto en un turbante, con sus ojos rojos de ira y su barba negra y abundante, capaz de hacer cualquier cosa en pos de un objetivo maléfico: destruir el mundo. El mal por el mal en sí mismo, sin justificaciones, sin una historia que lo explique, pero que gracias a su maldad permite legitimar cualquier medida en su contra. Como la que tomó el dictador Pervez Musharraf en Pakistán: en nombre del combate al terrorismo limitó todas las instituciones democráticas (que, a decir verdad jamás respetó) para acallar a una oposición cada vez más numerosa y poderosa. Las potencias occidentales, que tan rápido actuaron en contra del dictador Saddam Hussein o que atacan a los dictadores Fidel Castro y Hugo Chávez, bien gracias.

Rebelde por naturaleza


Martín Lutero (o Martin Luther, o Martin Luder) fue de esas personas capaces de cambiar por completo su sistema de creencias a partir de las convicciones adquiridas con el estudio, la observación y el paso del tiempo. Y como cualquier etapa de cambio, primero sufrió un quiebre interno –en este caso una profunda decepción- y luego expresó públicamente su nuevo parecer, con las consecuencias que todos sabemos produjo su obra.
Pero, antes de cambiar al mundo, el joven Martín era el hijo de Hans y Margarette Lutero, y fue concebido en la ciudad alemana de Eisleben, donde nació el 10 de noviembre de 1483, 31 años después de que la imprenta de Gutenberg iniciara el trabajo de edición de la primera Biblia. Su padre, quien dirigía varias minas de cobre, realizó ingentes esfuerzos para darle la mejor educación, ya que soñaba con que su hijo se transformara en funcionario público. Y ese fue el camino que siguió Martín, pues se inscribió en la Universidad de Derecho de Erfurt. Mas todo cambiaría en 1505, cuando Lutero tenía 22 años, pues regresando de la casa de sus padres quedó atrapado en una tormenta eléctrica y ante el temor de perder su vida, se juró a sí mismo que si salía con vida se convertiría en monje. Y así lo hizo.
Contradiciendo los deseos paternos, Martín abandonó la universidad y entró en el monasterio agustino de Erfurt el 17 de julio de 1505. Su dedicación fue absoluta, a tal punto que Johann von Staupitz, el superior de Lutero, concluyó que el joven necesitaba más trabajo para distraerse de su excesiva reflexión, y le ordenó que comenzara una carrera académica. Entonces, estudió con intensidad las Escrituras hasta recibirse en Doctor en Teología.
En esos días fue enviado a Roma, donde pudo observar desde el interior las conductas de la Iglesia Católica y donde precisamente comenzaría el cambio.

La procesión va por dentro



Fue a través de sus estudios sobre los inicios del cristianismo que Lutero comenzó a sacar algunas conclusiones polémicas para la Iglesia. En primer lugar, el hecho de ir a las fuentes le permitió extraer conclusiones propias, más allá de la doctrina vaticana. Por ejemplo, entendió que la Iglesia caía en una incorrecta interpretación de la Ley de Moisés (entendida como el conjunto de preceptos que incluyen la ley moral, la ley ceremonial y la ley civil que Dios dio a Moisés) con los Evangelios y que ese era el principio del error teológico católico. Allí desarrolló su teoría de la gracia, que básicamente consistía en que “sólo la fe en Dios hace justos a los hombres. Esta justificación por la fe implica que la fe del cristiano no puede darse a través de un agente externo, sea eclesiástico o político. La fe es una predisposición interna del individuo que lo inclina hacia Dios” (1). En consecuencia, para él la esencia del cristianismo no se encuentra en la organización encabezada por el Papa, sino en la comunicación directa que cada uno establece con Dios. Y el único canal válido para establecer esa comunicación es la Biblia y la interpretación que cada persona hace de ella, y no el entendimiento de un agente externo, en este caso la Iglesia.
Pero más allá de estas reflexiones que en un principio eran internas, el punto de partida del enfrentamiento entre Lutero y la Iglesia Católica surgió a partir de su desacuerdo con las indulgencias. La indulgencia es un perdón otorgado sobre el castigo temporal, después de que la culpa haya sido eliminada por la absolución. En ese entonces, las indulgencias se compraban y consistían en un importante ingreso para la Iglesia, a tal punto de que se organizaban expediciones para otorgar estos perdones, con el fin de financiar, por ejemplo, la construcción de la Basílica de San Pedro en Roma.
Lutero observó cómo a partir del tráfico de indulgencias se desvirtuaban la confesión y el arrepentimiento verdadero, que en sí mismos representaban la verdadera forma de pagar por los pecados cometidos. Y fue en esos años cuando sus desacuerdos pasaron de lo privado a lo público, pues ya en sus sermones expresaba sus discrepancias con el mando central, es decir, el Papa.

Llegó la hora de revolucionar



Transformado ya en un activo crítico de las prácticas de la Iglesia, el 31 de octubre de 1517 cambiaría por siempre su relación con la institución a la que perteneció por años, pues escribió sus 95 tesis y luego las colocó en la puerta de la Iglesia de Wittenberg, con el objeto de generar un debate a partir de ellas. Y no sólo generó un debate, sino que puso la piedra basal del cambio por el cual lucharía el resto de su vida, porque fue desde las 95 tesis que su condición de opositor a la autoridad papal cobró estado público.
Lutero jamás imaginó que lograría semejante repercusión con sus pensamientos, pero, bondades de la imprenta mediante, pronto su mensaje se extendió por gran parte de Europa.
En ellas, el sacerdote expresaba todos sus puntos de vista sobre los deberes que debería tener la Iglesia Católica como institución y recortaba los poderes del Papa, con el fin de “despolitizar a la religión”, especialmente en torno a las facultades de otorgar el perdón y de ordenar la permanencia de un alma en el Purgatorio, pues entendía esas tareas como de competencia exclusiva de Dios.
También proponía que la Iglesia dejase de ser una autoridad máxima en el sentido en que estaba concebida en ese entonces, para transformarse en “una comunidad de creyentes, una reunión de corazones en una sola fe, el único fundamento para constituir una Iglesia”. En consecuencia, el ministerio ya no era una mediación necesaria, sino que todos los hombres podrían ser sacerdotes y mensajeros de la gracia.

Reacción tardía



En un principio, el Vaticano menospreció a Lutero al calificarlo de “borracho alemán que escribió las tesis”. Grueso error, porque cuando quiso reaccionar ya era demasiado tarde: las tesis del sacerdote rebelde se habían expandido por toda Europa generando fuertes debates entre los creyentes. La Reforma, de hecho, ya había comenzado.
Un año después de la publicación de las tesis, el papa León X ordenó al profesor de teología Silvestre Mazzolini investigar el tema, con el objeto de refutar las críticas expresadas por Lutero. La primera conclusión de Mazzolini fue de denuncia, pues concluyó rápidamente que el sacerdote alemán se oponía a la autoridad del Papa, razón suficiente para declararlo hereje y desarrollar una teoría para refutar cada una de las tesis. Pero no hizo más que alimentar la polémica al mismo tiempo que le dio la oportunidad a Lutero para que continúe publicando sus conceptos críticos hacia la Iglesia. Y lo transformó en una celebridad en Europa a punto tal que estudiantes de todo el continente viajaban a Wittenberg para escucharlo.
Ya a estas alturas, las diferencias entre el sacerdote rebelde y Roma eran insalvables y acaso la única salida para Lutero era la creación de una nueva corriente, independiente de la Iglesia Católica, pues ésta nunca dejaría de reconocer al Papa como una autoridad suprema y absoluta. En 1520, Lutero era excomulgado por la Iglesia y llegó a comparar al Sumo Pontífice con el Anticristo. En su escrito A la Nobleza Cristiana de la Nación Alemana esbozó una teoría completamente diferente a la católica, con el objeto de fundar una nueva iglesia, idea que terminaría de perfeccionar en el Castillo de Wartburg, en donde permaneció oculto durante más de un año a causa de la persecución papal.
El resto ya es historia conocida. Lutero se casó, tuvo seis hijos y murió en 1546. Lideró la Reforma protestante, sufrió las consecuencias de la Contrarreforma lanzada por el catolicismo y fue uno de los protagonistas excluyentes del final del Medioevo, o el oscurantismo científico.

Repercusiones de una obra



Si bien su intención era despolitizar a la religión, parte del éxito de su doctrina se basó precisamente en razones políticas. En aquel entonces, el feudalismo estaba dando sus últimos pasos y nacía una nueva ideología, conocida más tarde como capitalismo. La Iglesia estaba perdiendo su poder y los Estados ya tenían intenciones de dirigirse a sí mismos, lejos del control eclesiástico. Lutero y sus teorías fueron un pilar fundamental para aquella transición, pues precisamente propugnaba la separación del pensamiento religioso y el pensamiento político, acaso el argumento más importante que podían utilizar los nobles para dirigir sus reinos lejos de la Iglesia Católica. A partir de Martín Lutero podríamos decir que el poder secular se hizo cargo en Europa.
También hizo grandes aportes al idioma, el alemán, pues sus traducciones de la Biblia ayudaron a construir una versión estándar de la lengua alemana, al tiempo que dejó enseñanzas sobre la autoridad, la obediencia y el orden.
Su rebeldía ya se expresaba desde su juventud, cuando desoyó a su padre para ingresar al sacerdocio. Pero su pensamiento religioso lo convirtió en uno de los rebeldes con causa más importantes de la humanidad, que como pocos dividió la historia en un antes y un después de su existencia.

(1) Tomás Varnagy: "El pensamiento político de Martín Lutero".



martes, 6 de noviembre de 2007

Basado en hechos reales


Una frase cargada de sabiduría afirma que la realidad supera a la ficción, es decir, que ni la más imaginativa mente creadora puede siquiera igualar los hechos que ocurrieron y aún ocurren en la vida real. Para apoyar este concepto, sería bueno hurgar en todas las obras literarias y cinematográficas para averiguar si algún escritor pudo unir en una trama a la CIA, la logia Propaganda Due (P2), el gobierno italiano, el Vaticano, el papa Juan Pablo I, la Red Gladio, el Banco Ambrosiano, las acciones paramilitares apoyadas por Estados Unidos, la lucha contra el comunismo en la Guerra Fría, Francis Ford Cóppola, golpes de Estado y la mafia italiana, entre otros.
Aunque todos estos actores parecen imposibles de unir entre sí, una extraña trama que nos brindó la historia reciente atenta contra la lógica al mencionar un solo nombre: Roberto Calvi, muerto en circunstancias dudosas el 18 de junio de 1982; hace 25 años. Más conocido como el Banquero de Dios, Calvi fue la cabeza visible del Banco Ambrosiano, cuyo accionista mayoritario es nada menos que el Vaticano.
La película comienza el día que Calvi fue hallado sin vida, colgado del puente Blackfriars, de Londres. Inmediatamente, los investigadores cerraron el caso bajo el rótulo de suicidio, pero las dudas no se aclararían nunca. Allí fue cuando comenzaron a tejerse todo tipo de teorías que tenían un comienzo en común: Calvi había sido asesinado. Más de 20 años después, la reapertura del caso y una nueva autopsia sobre el cuerpo del banquero demostraron que éste no podría haberse quitado la vida, pues su cuello no presentaba las lesiones que suelen tener aquellos que deciden ahorcarse.
En el medio, comenzaron a descubrirse las conexiones que Calvi tenía con los sectores más poderosos del mundo y, por lo tanto, la gran cantidad de secretos que conocía, cuestión que lo convertía en alguien que sabía demasiado.

En algunas ocasiones, para explicar algunos hechos es mejor remontarse al pasado. En este caso a la post guerra y el inicio de la Guerra Fría, cuando Estados Unidos y la Unión Soviética se disputaban el mundo y en Occidente comunismo era una mala palabra; a tal punto que todos los esfuerzos estaban orientados a acabar con la amenaza que crecía tras la cortina de hierro. Para ello, minaron el mundo de movimientos orientados a proteger el capitalismo, y en Europa hicieron centro en Italia, donde el Partido Comunista Italiano (PCI) era el más popular del país y había grupos más extremos, como las Brigadas Rojas, que también pregonaban por el marxismo. Este contexto llevó a la CIA a operar con fuerza en Roma y a encontrar un aliado fundamental en el Vaticano y la logia P2, a la cual pertenecía el propio Calvi. La logia se encargaría de infiltrar a sus integrantes en todo los estamentos del Estado, mientras el Banco Ambrosiano haría lo propio con el lavado de dinero para subvencionar campañas para mantener el sistema, tales como golpes de Estado, lucha antiguerrillera y atentados que luego serían adjudicados a grupos de izquierda. La mafia, en tanto, se encargaba del trabajo sucio, como limpiar Sicilia de comunistas o asesinar personalidades. Y en el medio, Calvi, director de la entidad crediticia y prominente integrante del grupo secreto. Definitivamente, un hombre que sabía demasiado. Según esta teoría, la mafia efectivamente estuvo implicada con el asesinato del banquero, pero no por una deuda sino por un encargo superior; el mismo que estuvo relacionado con el deceso de Juan Pablo I. Este hecho no sólo llegó a los investigadores periodísticos, sino al cine, con la película El Padrino III, en la cual el mítico mafioso Michael Corleone estaba mezclado con toda esta trama siniestra, obviamente, nunca declarada.
Pero volviendo a la trama de la película, lo cierto es que toda la red de corrupción y las relaciones ilegales saltarían por los aires con la quiebra del Banco Ambrosiano y la muerte de Juan Pablo I.

La P2 y la CIA

La P2 fue fundada por Licio Gelli, un empresario textil que anteriormente había luchado contra las fuerzas Republicanas en España, luego fue reclutado por las SS nazis para terminar recalando en la CIA. Gracias a su logia, Gelli fundó una base de poder increíble, que incluso llegó hasta Sudamérica, y estuvo relacionado con cuanto acto ilícito y conspirativo haya ocurrido en Italia. Tenía el poder de derrocar gobiernos, organizar atentados, favorecer el escape de nazis hacia otros países (la Argentina incluida) y todo bajo el ojo observador de la inteligencia norteamericana, a la cual le convenía tener a un hombre de esas características en Europa para mitigar el avance del comunismo en el continente y del PCI en Italia. Uno de sus más importantes colaboradores era Michele Sindona, miembro relevante de la logia, banquero de la Cossa Nostra desde 1957 y consejero financiero del Vaticano. A través de las finanzas del Vaticano –el Banco Amrosiano- se tejió una amplia red de lavado de dinero para llevar a cabo las actividades ilícitas de la CIA. Allí es donde entraba en juego Calvi, quien apadrinado por Sindona lograría una meteórica carrera en el banco de la Santa Sede hasta convertirse en su director. Esta posición que parecía de privilegio, en realidad era un lugar harto complicado, pues Calvi estaba al tanto absolutamente de todas estas actividades. La reacción en cadena que disparó la quiebra fraudulenta del Ambrosiano arrastró consigo a Sindona, quien fue enjuiciado en Estados Unidos y luego extraditado a Italia, donde moriría de un aparente infarto, que para muchos se trató de cianuro. Esta circunstancia también se llevó a Gelli, otro que fue investigado y a quien le secuestraron documentos secretos de la P2 que incriminaban a todo el aparato político italiano, excepto a los miembros del PCI, claro. Pero Gelli, el dueño de todo el circo, pudo evitar la cárcel e incluso continuó con su actividad en los últimos años de la Guerra Fría, a punto tal que estaría relacionado con un atentado en Bolonia, en 1980, que acabó con la vida de 85 personas, y con el ataque que casi acaba con la vida de Juan Pablo II en 1981. Ambos hechos fueron atribuidos a grupos comunistas y, por el primero de ellos, Gelli fue encarcelado pero luego sería beneficiado con la libertad provisional por sus problemas de salud.
En este extraño y confuso rompecabezas es donde entra Calvi, quien como buen director quedó seriamente implicado en la quiebra del banco, por la que fue detenido el 20 de mayo de 1981, apenas siete días después de que la policía descubriese los documentos secretos en propiedad de Gelli. El hecho de ser un hombre que tenía su base de poder en el puesto que ocupaba, pero que en realidad era sólo el representante de un orden superior (Gelli, la CIA, etcétera), lo convertía en un hombre muy peligroso para sus superiores, pues sabía mucho y estaba en manos de la Justicia. Así fue como un año después de ser condenado y puesto en libertad bajo fianza, Calvi vuela a Londres. Hay sospechas de que busca ayuda en una logia de Londres, a la que decía pertenecer y a la que atribula poderosas influencias financieras. Sea corno fuere, su cadáver fue hallado colgado de un puente londinense, con los bolsillos repletos de piedras.

20 años no es nada

Casi 24 años después del deceso de Calvi y a pocos días de conocerse el fallecimiento de Juan Pablo II, el diario La Reppublica afirmaba: “el ex cajero de la mafia Pippo Calo, el negociante Flavio Carboni y su amiga Manuela Kleinzig así como el jefe de la banda Magliana, Ernesto Diotavelli, han sido enviados a juicio para responder por el asesinato del presidente del Banco Ambrosiano Roberto Calvi”.
Si esta película fuera de ficción y filmada en Hollywood –donde todos los finales son felices- los acusados serían hallados culpables como los autores materiales del hecho, como mafiosos, es decir, el brazo ejecutor de una trama que si no formara parte de la realidad, sería imposible de creer.

Berlusconi, la continuidad

Pero, como todo éxito hoolywoodense, la película de Gelli, Calvi y compañía tiene su continuidad con el ex primer ministro italiano, Silvio Berlusconi. En efecto, para todos aquellos despistados que creyeron que la influencia de la P2 acabó con el bueno de Licio, es bueno contarles que Il Cavalieri se inscribió en la logia el 26 de enero de 1978 con el número de carné 1816 y a los pocos años concretó un empinado ascenso como empresario, más tarde devenido en político, gracias a los créditos para sus negocios provenientes de la Banca Nazionale del Lavoro y del Monte dei Paschi di Siena, además de ser un férreo defensor de los principios más ultraconservadores del capitalismo y el catolicismo. Otra vez, los bancos, la Iglesia y el poder.