
Aunque lo sospechaba y lo intuía, Winston Smith tomó real conciencia de cómo funcionaba el sistema bajo el cual vivía recién cuando fue atrapado por el Partido. Antes, se había preguntado quiénes eran los enemigos capturados por el ejército que desfilaban por las cales de Eurasia. De qué guerra provenían, porque ni siquiera estaba seguro de que las guerras que cronicaban con tanto detenimiento fuesen reales. Pero lo cierto es que existían y, de hecho, su mera existencia se transformaba en un paso más hacia el autocontrol de una sociedad en la cual los propios ciudadanos eran la herramienta perfecta para mantenerse a raya a sí mismos. Si bien la maravillosa 1984 de George Orwell plantea un mundo dominado por el comunismo y el nazismo ofrece también algunas coincidencias escalofriantes con la realidad actual. Porque, así como a Winston Smith -el personaje central de la novela- le resultaba difícil calificar a los enemigos que desfilaban por las calles de su ciudad, hoy a todos nos cuesta definir al enemigo número uno del mundo: Al Qaeda. ¿Realmente alguien puede definir con relativa certeza qué es y cómo funciona la omnipresente red dirigida desde alguna parte por Osama ben Laden? O más aún, ¿alguien se atreve a realizar una definición específica de terrorismo? Porque si nos centramos en los conceptos más corrientes, terrorismo es infundir terror mediante determinados actos. Entonces, tan terrorista es aquél grupo que pone una bomba en Atocha o las Torres Gemelas, como el ejército que invade un país o asesina indiscriminadamente con el mero fin de aterrorizar a una población. ¿Acaso son tan diferentes los fines que persigue uno y otro bando? No, ambos quieren precisamente infundir terror. Pero, yendo un poco más allá en el análisis, otra coincidencia con el libro de Orwell radica en la despersonificación del enemigo de turno, en este caso el radical islámico. Su deshumanización. El constante bombardeo mediático y/o publicitario lo muestra como un loco envuelto en un turbante, con sus ojos rojos de ira y su barba negra y abundante, capaz de hacer cualquier cosa en pos de un objetivo maléfico: destruir el mundo. El mal por el mal en sí mismo, sin justificaciones, sin una historia que lo explique, pero que gracias a su maldad permite legitimar cualquier medida en su contra. Como la que tomó el dictador Pervez Musharraf en Pakistán: en nombre del combate al terrorismo limitó todas las instituciones democráticas (que, a decir verdad jamás respetó) para acallar a una oposición cada vez más numerosa y poderosa. Las potencias occidentales, que tan rápido actuaron en contra del dictador Saddam Hussein o que atacan a los dictadores Fidel Castro y Hugo Chávez, bien gracias.
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