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viernes, 8 de julio de 2011

¿Cómo hacíamos antes?

El hombre encuentra un resquicio en el trabajo para enviarle un mensaje de texto a su amigo: “che, ¿te parece si mañana vamos al cine?”.
Su amigo, casi inmediatamente, le contesta: “¿Hay algo para ver?”
“Sí, dan underworld 17, la transformación de los perros. ¡Es una película de hombres, no seas maricón!”.

lunes, 29 de marzo de 2010

La tragedia del control remoto

El hombre que quería ser intelectual se dio por vencido ante la evidencia irrefutable de que nunca sería intelectual. Cuando llegó a esa conclusión, simplemente optó por ceder ante los placeres terrenales empezando por uno chiquito, mas no menos importante que cualquier otro, como tener una Ferrari, por ejemplo.

jueves, 21 de enero de 2010

¡No me atraparás!


La aparición de la gripe A, o gripe porcina, recuperó un viejo postulado médico originado en el genio de un tal Louis Pasteur.
Ya en el siglo XIX, Pasteur revolucionaba la ciencia con un consejo tan básico como fundamental: “lávense las manos muchachos”. Y si bien en los años posteriores los médicos repitieron estas palabras a sus pacientes, no tuvieron tanto éxito hasta la aparición de la gripe A. Recién en 2009 entendimos que hay que estornudar o toser sobre el antebrazo; que hay que llevar encima un potecito de alcohol, y que hay que lavarse las manos setescientacincuentaysietemildoscientasquince veces por día.

viernes, 7 de agosto de 2009

Esclavos del camioncito

El joven espera ansioso la promesa. Le juraron, le perjuraron que esa mañana se cumpliría por fin su deseo consumista; el afán por tener algo nuevo; la esperanza de un sueño mejor.
Esa mañana, habían dicho, le llevarían el somier que compró con tanto esfuerzo. Había empeñado sus próximos nueve meses. Había explotado su atiborrada tarjeta de crédito para cumplir su sueño: dormir como la gente.
Pero los minutos pasaban y no recibía su regalo. El timbre, preludio del momento esperado, sonar cristalino de la dulce espera, siquiera amagaba con emitir su particular silbido.
La mañana se hacía mediodía y el mediodía se hacía tarde en apenas un segundo. Y el camioncito con los hombres de mameluco y su somier no asomaban en el horizonte.
El llamado se hacía lamento, súplica, rabia, dolor, pero la impasible telefonista repetía una y otra vez ante el joven desesperado: “disculpe las molestias, pero tuvimos un pequeño problema con los envíos. Pasaremos mañana”.
Y el joven, desesperado, volvía en sí para rearmar su humilde camastro. Su sufrido colchón con esas sábanas amarillentas que pedían un descanso a gritos. Debía dormir una vez más allí. En ese catre desvencijado que fielmente lo había acompañado desde la niñez. El destino lo decidió: la permanencia de una compañera eterna sobre la sorpresa de lo nuevo.
El joven, aturdido y abrumado, debía esperar como esperó el cable, la heladera, el Internet, la cocina. Como esperó cada compra descubriendo que no todo se terminaba con la firma del cupón de la tarjeta. Eso, la decisión, era apenas el comienzo.
El somier llegaría uno o dos días después. Y el joven, estoico y ya con dolores de columna, esperó paciente; con la certeza de que en el mundo en que vivimos no somos más que consumidores esclavizados por los envíos.

martes, 15 de enero de 2008

Al oscuro

Avanzaba en medio de la nada hasta llegar a su primer destino. La oscuridad era absoluta y, por momentos, parecía que quería tragárselo, hacerlo parte de ella durante toda la eternidad.
Entre el miedo que genera la nada y la valentía que provoca el propio instinto de supervivencia, él permanecía allí, estoico, desafiando al peligro pero al mismo tiempo con profundos deseos de que todo eso terminase. Atrapado en las poderosas garras de la cotidianeidad, esperaba paciente para terminar con su pesar y pasar a una instancia superior, reveladora, tranquilizadora.
De pronto, vio que la mole amorfa se acercaba violentamente hacia él. Era el momento, pensaba. El ensordecedor ruido proveniente de la bestia de acero encendió su adrenalina. Por fin acabaría todo el dolor de la cotidianeidad. Por fin cumpliría con el pesado objetivo de todos los días.
Comenzó a agitar los brazos como un loco. Sin miedo, sino con mucha decisión. Con la valentía que lo caracterizaba. No le importaban la oscuridad ni el peligro. Mucho menos el hecho de que la mole era ciega. Sólo quería cumplir con su cometido.
Extasiado, se repetía a sí mismo: “¡Es el N4; es el N4!”
Pero con desazón vio que la mole pasaba de largo, sin detenerse siquiera a mirarlo. Ciega, sorda y muda. En fin, indiferente. Tan indiferente que por poco acaba con su vida. Pasó apenas a unos centímetros de su cuerpo dolido, de su alma en pena. El tormento no había acabado, recién empezaba.
En medio de la pesadumbre, con las venas a punto de explotar por la ira, él gritaba a los cuatro vientos: -¿Por qué los malditos autobuses no tienen sus números iluminados?”, mientras le daba de patadas a la parada del colectivo, maldecía por el largo día de trabajo, la consecuente tardanza para llegar a su casa y el alumbrado público que no funcionaba en esa cuadra del demonio.

martes, 1 de enero de 2008

Tire-pull

Ya estaba a pocos metros. Increíblemente, las 30 cuadras que separaban al Patio Olmos de mi casa se habían hecho eternas. Tanto que temía la pérdida del amor de mi vida, quien me esperaba del otro lado de las pesadas puertas de vidrio que separaban a la vieja escuela del mundo exterior.
A medida que avanzaba, mi corazón latía hasta salirse de mi pecho y volar hacia ella. La emoción me abrazaba y me hacía sentir en el paraíso, en un paraíso terrenal con el que siempre había soñado. Me pidió que nos juntásemos a hablar, para decirme que sí, que aceptaba mi amor de una vez por todas. Al menos eso esperaba.
Avanzaba por Vélez Sarsfield, crucé el Teatro del Libertador y observé la primera puerta del Patio Olmos, imponente, que me invitaba al amor. Sin embargo, ella me esperaba en el bar que daba exactamente a la esquina de Vélez Sarsfield y bulevar San Juan, razón por la cual preferí entrar por el acceso más cercano.
Por fin llegué a la intersección, subí por las escaleras que bordean el ingreso al centro comercial y encaré la puerta casi corriendo. No podía perder ni un segundo antes de verla. –Vení al Patio Olmos urgente que quiero hablar con vos. Es sobre aquello que me preguntaste hace unos días, amor-. “Amor” me había dicho. No podía haber errores, ¡me había dicho “amor”! Definitivamente me citaba para entregarse a mí, para siempre.
Casi corriendo, encaré de frente una de las puertas laterales, para no tener que perder tiempo en el pequeño hall que antecede al bar cuando uno ingresa por el centro. Entre los pesados vidrios observé su cara angelical, sonriente, y su palma agitándose ante mi encuentro.
Aceleré mi marcha y enfrenté el “tire-pull” de la puerta con mi mayor decisión, como si allí se simbolizara el ingreso a una vida mejor, el cumplimiento de todos mis sueños, la entrada a su corazón. Y así lo tomé.
Puse una mano sobre la manija y la empujé con todas mis fuerzas mientras prácticamente corría hacia ella. De pronto, todo se apagó, y poco después volvió a prenderse. La gente me rodeaba curiosa, asustada. El hilo caliente rojo fuerte que salía de mi nariz ya me llegaba al pecho y había arruinado toda mi ropa. Sentía que la cara me latía con fuerzas y que los ojos en cualquier momento saldrían de su órbita. “Si se van, no podré verla más”, le pedía a mis propios órganos.
La emoción, el amor, el temor a llegar tarde a mi última llamada, mi última oportunidad, impidieron que me detuviese a pensar en el significado de la palabra tire-pull. Fueron 80 kilos lanzados con toda furia hacia una puerta del vidrio más grueso, y en medio un débil tabique nasal que sufrió las consecuencias del grave impacto.
Ella finalmente terminó conmigo poco después de aceptarme. Pero, ese día, comprendí que hasta las palabras más sencillas tienen significados incomprensibles.