lunes, 12 de noviembre de 2007

Rebelde por naturaleza


Martín Lutero (o Martin Luther, o Martin Luder) fue de esas personas capaces de cambiar por completo su sistema de creencias a partir de las convicciones adquiridas con el estudio, la observación y el paso del tiempo. Y como cualquier etapa de cambio, primero sufrió un quiebre interno –en este caso una profunda decepción- y luego expresó públicamente su nuevo parecer, con las consecuencias que todos sabemos produjo su obra.
Pero, antes de cambiar al mundo, el joven Martín era el hijo de Hans y Margarette Lutero, y fue concebido en la ciudad alemana de Eisleben, donde nació el 10 de noviembre de 1483, 31 años después de que la imprenta de Gutenberg iniciara el trabajo de edición de la primera Biblia. Su padre, quien dirigía varias minas de cobre, realizó ingentes esfuerzos para darle la mejor educación, ya que soñaba con que su hijo se transformara en funcionario público. Y ese fue el camino que siguió Martín, pues se inscribió en la Universidad de Derecho de Erfurt. Mas todo cambiaría en 1505, cuando Lutero tenía 22 años, pues regresando de la casa de sus padres quedó atrapado en una tormenta eléctrica y ante el temor de perder su vida, se juró a sí mismo que si salía con vida se convertiría en monje. Y así lo hizo.
Contradiciendo los deseos paternos, Martín abandonó la universidad y entró en el monasterio agustino de Erfurt el 17 de julio de 1505. Su dedicación fue absoluta, a tal punto que Johann von Staupitz, el superior de Lutero, concluyó que el joven necesitaba más trabajo para distraerse de su excesiva reflexión, y le ordenó que comenzara una carrera académica. Entonces, estudió con intensidad las Escrituras hasta recibirse en Doctor en Teología.
En esos días fue enviado a Roma, donde pudo observar desde el interior las conductas de la Iglesia Católica y donde precisamente comenzaría el cambio.

La procesión va por dentro



Fue a través de sus estudios sobre los inicios del cristianismo que Lutero comenzó a sacar algunas conclusiones polémicas para la Iglesia. En primer lugar, el hecho de ir a las fuentes le permitió extraer conclusiones propias, más allá de la doctrina vaticana. Por ejemplo, entendió que la Iglesia caía en una incorrecta interpretación de la Ley de Moisés (entendida como el conjunto de preceptos que incluyen la ley moral, la ley ceremonial y la ley civil que Dios dio a Moisés) con los Evangelios y que ese era el principio del error teológico católico. Allí desarrolló su teoría de la gracia, que básicamente consistía en que “sólo la fe en Dios hace justos a los hombres. Esta justificación por la fe implica que la fe del cristiano no puede darse a través de un agente externo, sea eclesiástico o político. La fe es una predisposición interna del individuo que lo inclina hacia Dios” (1). En consecuencia, para él la esencia del cristianismo no se encuentra en la organización encabezada por el Papa, sino en la comunicación directa que cada uno establece con Dios. Y el único canal válido para establecer esa comunicación es la Biblia y la interpretación que cada persona hace de ella, y no el entendimiento de un agente externo, en este caso la Iglesia.
Pero más allá de estas reflexiones que en un principio eran internas, el punto de partida del enfrentamiento entre Lutero y la Iglesia Católica surgió a partir de su desacuerdo con las indulgencias. La indulgencia es un perdón otorgado sobre el castigo temporal, después de que la culpa haya sido eliminada por la absolución. En ese entonces, las indulgencias se compraban y consistían en un importante ingreso para la Iglesia, a tal punto de que se organizaban expediciones para otorgar estos perdones, con el fin de financiar, por ejemplo, la construcción de la Basílica de San Pedro en Roma.
Lutero observó cómo a partir del tráfico de indulgencias se desvirtuaban la confesión y el arrepentimiento verdadero, que en sí mismos representaban la verdadera forma de pagar por los pecados cometidos. Y fue en esos años cuando sus desacuerdos pasaron de lo privado a lo público, pues ya en sus sermones expresaba sus discrepancias con el mando central, es decir, el Papa.

Llegó la hora de revolucionar



Transformado ya en un activo crítico de las prácticas de la Iglesia, el 31 de octubre de 1517 cambiaría por siempre su relación con la institución a la que perteneció por años, pues escribió sus 95 tesis y luego las colocó en la puerta de la Iglesia de Wittenberg, con el objeto de generar un debate a partir de ellas. Y no sólo generó un debate, sino que puso la piedra basal del cambio por el cual lucharía el resto de su vida, porque fue desde las 95 tesis que su condición de opositor a la autoridad papal cobró estado público.
Lutero jamás imaginó que lograría semejante repercusión con sus pensamientos, pero, bondades de la imprenta mediante, pronto su mensaje se extendió por gran parte de Europa.
En ellas, el sacerdote expresaba todos sus puntos de vista sobre los deberes que debería tener la Iglesia Católica como institución y recortaba los poderes del Papa, con el fin de “despolitizar a la religión”, especialmente en torno a las facultades de otorgar el perdón y de ordenar la permanencia de un alma en el Purgatorio, pues entendía esas tareas como de competencia exclusiva de Dios.
También proponía que la Iglesia dejase de ser una autoridad máxima en el sentido en que estaba concebida en ese entonces, para transformarse en “una comunidad de creyentes, una reunión de corazones en una sola fe, el único fundamento para constituir una Iglesia”. En consecuencia, el ministerio ya no era una mediación necesaria, sino que todos los hombres podrían ser sacerdotes y mensajeros de la gracia.

Reacción tardía



En un principio, el Vaticano menospreció a Lutero al calificarlo de “borracho alemán que escribió las tesis”. Grueso error, porque cuando quiso reaccionar ya era demasiado tarde: las tesis del sacerdote rebelde se habían expandido por toda Europa generando fuertes debates entre los creyentes. La Reforma, de hecho, ya había comenzado.
Un año después de la publicación de las tesis, el papa León X ordenó al profesor de teología Silvestre Mazzolini investigar el tema, con el objeto de refutar las críticas expresadas por Lutero. La primera conclusión de Mazzolini fue de denuncia, pues concluyó rápidamente que el sacerdote alemán se oponía a la autoridad del Papa, razón suficiente para declararlo hereje y desarrollar una teoría para refutar cada una de las tesis. Pero no hizo más que alimentar la polémica al mismo tiempo que le dio la oportunidad a Lutero para que continúe publicando sus conceptos críticos hacia la Iglesia. Y lo transformó en una celebridad en Europa a punto tal que estudiantes de todo el continente viajaban a Wittenberg para escucharlo.
Ya a estas alturas, las diferencias entre el sacerdote rebelde y Roma eran insalvables y acaso la única salida para Lutero era la creación de una nueva corriente, independiente de la Iglesia Católica, pues ésta nunca dejaría de reconocer al Papa como una autoridad suprema y absoluta. En 1520, Lutero era excomulgado por la Iglesia y llegó a comparar al Sumo Pontífice con el Anticristo. En su escrito A la Nobleza Cristiana de la Nación Alemana esbozó una teoría completamente diferente a la católica, con el objeto de fundar una nueva iglesia, idea que terminaría de perfeccionar en el Castillo de Wartburg, en donde permaneció oculto durante más de un año a causa de la persecución papal.
El resto ya es historia conocida. Lutero se casó, tuvo seis hijos y murió en 1546. Lideró la Reforma protestante, sufrió las consecuencias de la Contrarreforma lanzada por el catolicismo y fue uno de los protagonistas excluyentes del final del Medioevo, o el oscurantismo científico.

Repercusiones de una obra



Si bien su intención era despolitizar a la religión, parte del éxito de su doctrina se basó precisamente en razones políticas. En aquel entonces, el feudalismo estaba dando sus últimos pasos y nacía una nueva ideología, conocida más tarde como capitalismo. La Iglesia estaba perdiendo su poder y los Estados ya tenían intenciones de dirigirse a sí mismos, lejos del control eclesiástico. Lutero y sus teorías fueron un pilar fundamental para aquella transición, pues precisamente propugnaba la separación del pensamiento religioso y el pensamiento político, acaso el argumento más importante que podían utilizar los nobles para dirigir sus reinos lejos de la Iglesia Católica. A partir de Martín Lutero podríamos decir que el poder secular se hizo cargo en Europa.
También hizo grandes aportes al idioma, el alemán, pues sus traducciones de la Biblia ayudaron a construir una versión estándar de la lengua alemana, al tiempo que dejó enseñanzas sobre la autoridad, la obediencia y el orden.
Su rebeldía ya se expresaba desde su juventud, cuando desoyó a su padre para ingresar al sacerdocio. Pero su pensamiento religioso lo convirtió en uno de los rebeldes con causa más importantes de la humanidad, que como pocos dividió la historia en un antes y un después de su existencia.

(1) Tomás Varnagy: "El pensamiento político de Martín Lutero".



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