viernes, 7 de agosto de 2009

Esclavos del camioncito

El joven espera ansioso la promesa. Le juraron, le perjuraron que esa mañana se cumpliría por fin su deseo consumista; el afán por tener algo nuevo; la esperanza de un sueño mejor.
Esa mañana, habían dicho, le llevarían el somier que compró con tanto esfuerzo. Había empeñado sus próximos nueve meses. Había explotado su atiborrada tarjeta de crédito para cumplir su sueño: dormir como la gente.
Pero los minutos pasaban y no recibía su regalo. El timbre, preludio del momento esperado, sonar cristalino de la dulce espera, siquiera amagaba con emitir su particular silbido.
La mañana se hacía mediodía y el mediodía se hacía tarde en apenas un segundo. Y el camioncito con los hombres de mameluco y su somier no asomaban en el horizonte.
El llamado se hacía lamento, súplica, rabia, dolor, pero la impasible telefonista repetía una y otra vez ante el joven desesperado: “disculpe las molestias, pero tuvimos un pequeño problema con los envíos. Pasaremos mañana”.
Y el joven, desesperado, volvía en sí para rearmar su humilde camastro. Su sufrido colchón con esas sábanas amarillentas que pedían un descanso a gritos. Debía dormir una vez más allí. En ese catre desvencijado que fielmente lo había acompañado desde la niñez. El destino lo decidió: la permanencia de una compañera eterna sobre la sorpresa de lo nuevo.
El joven, aturdido y abrumado, debía esperar como esperó el cable, la heladera, el Internet, la cocina. Como esperó cada compra descubriendo que no todo se terminaba con la firma del cupón de la tarjeta. Eso, la decisión, era apenas el comienzo.
El somier llegaría uno o dos días después. Y el joven, estoico y ya con dolores de columna, esperó paciente; con la certeza de que en el mundo en que vivimos no somos más que consumidores esclavizados por los envíos.

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