El Caminante es un hombre sabio. Conoce mejor que a sí mismo la calle, y todas las aventuras y desventuras posibles en el gris asfalto. Su sabiduría no procede de algún libro, o de una escuela; él camina la calle, en el sentido más literal de la palabra. Por lo tanto, está conciente de todos los peligros que se presentan en cada rincón de la ciudad, pero fuera de las casas, pues camina, no anda entrando en hogares ajenos.
César dijo: no me digas que la pelota pasó a un metro del palo, porque lo estoy viendo... ¡son cronistas de lo obvio estos tipos!
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miércoles, 14 de abril de 2010
jueves, 17 de septiembre de 2009
Arbolitos

La calle Rivadavia, entre 25 de Mayo y Rosario de Santa Fe, pertenece a lo que los cordobeses conocemos como “la City”, un concepto robado del norte que significaría algo así como el pulmón financiero de una ciudad. O, en criollo, la zona en donde están la mayoría de los bancos y los prestamistas (o financistas, para mencionar el nombre técnico).
El Caminante transita, con sus pies como tracción, a diario por esta zona que pinta un paisaje contradictorio con sus hombres de negro, trajeados ellos, y los linyeras que escogen las cómodas galerías de los bancos para pasar sus noches.
Pero esta zona también ofrece una de las situaciones más curiosas de la ciudad; uno de los secretos peores guardados y más singulares: los arbolitos.
Los arbolitos nacieron en épocas de bicicleta financiera y dólar escaso. Lisa y llanamente,vendían la panacea verde en el mercado negro explotando el enamoramiento argentino por la moneda norteamericana. De hecho, el color del dinero basta para explicar su nombre. Un tipo que estaba siempre parado en el mismo lugar y vendía dólares, no podía llamarse de otra forma que arbolito.
Estos particulares y pintorescos personajes también supieron superar las adversidades gracias a la aparición de unos papelitos que dábamos en llamar bonos Lecor o Lecop, depende la época y el gobernador. Los pagarés que entregó el gobierno provincial sirvieron para darle aire a los arbolitos, castigados en esa época de uno a uno y de crisis terminal.
Pero sobrevivieron, estoicos y aún hoy sobreviven con mayor fuerza quizá.
Uno los puede ver paraditos enfrente de una galería. En el lugar de siempre, un lugar que todos sabemos en donde está, diciendo en voz baja su grito de guerra: “cambio, cambio”. En voz tan baja, que el Caminante casi cree que nadie sabía de ellos, de su presencia, del secreto peor guardado de la ciudad.
viernes, 14 de agosto de 2009
Los extraños caminos de la felicidad
Un joven lleva la comida de un bar en una bolsa plástica quién sabe a dónde. Tiene un gorro similar al que usan los cocineros pero de color negro y un delantal haciendo juego con el logo del restaurante para el que trabaja en el extremo izquierdo.Es alto, desgarbado y decidido, al menos en su andar.
El Caminante lo observa detenidamente porque algo le llama la atención, aunque a primera vista parece un tipo bastante corriente. Quizás ese joven desgarbado esté pensando en lo que le gustaría ser. Quizás entregar comidas rápidas en una zona comercial es lo que le gustaría ser. Quizá sea un tipo que oculta su tristeza bajo una actitud positiva; de esos vendedores de sí mismos que se muestran como leones pero no son más que corderos. Quizás en realidad esté pensando cómo llegar a fin de mes; cómo progresar en la vida; cómo solucionar sus problemas existenciales; su presente; su pasado.
O quizá no esté pensando en nada.
Pero ahí va el hombre, seguro de sí mismo y con una sonrisa dibujada en la cara.
El Caminante, impávido ante la particular postal con el museo Sobremonte de fondo, examina a su personaje con minuciosidad cuando por fin detecta la razón por la cual ese flaco desgarbado, con un gorro tipo cocinero color negro y un delantal haciendo juego le llamaba tanto la atención: avanza con un manos libres cuyo cable conduce a un teléfono celular que debe costar, por lo menos, dos sueldos de un repartidor de comida.
Quizás un teléfono celular compre la felicidad.
miércoles, 15 de julio de 2009
Entierros ajenos
El Caminante es un personaje extraño. Recorre las calles en silencio y en soledad, y sólo se dedica a observar la realidad de una tórrida ciudad repleta de detalles imperceptibles para el peatón desprevenido.El Caminante escudriña cada milímetro de esa orgía de almas, esa mole impávida de cemento llamada Córdoba. No habla, no juzga, no sentencia, no opina. Simplemente mira y procesa internamente cada observación, cada dato que absorbe de la realidad.
Un día como tantos otros, el Caminante cruzaba la calle Santiago del Estero por avenida Olmos, con cuidado, porque en esa bendita esquina siempre hay agua quién sabe de qué manantial y los automovilistas doblan sin mirar bien porque están hablando por teléfono, bien porque se están hurgando la nariz, bien porque están sintonizando la radio o cambiando el CD.
Luego de dejar pasar a un par de choferes atolondrados, el Caminante cruzó cuidadosamente por Santiago del Estero y a la altura de la parada de ómnibus, allí donde alguna vez hubo un cine llamado Luxor, que más tarde se transformó en una iglesia y hoy es la ruina de lo que fue, una bella mujer esperaba su colectivo cuando una Traffic pasaba cerca de ella.
El conductor, un hombre de mediana edad, se abalanzó hacia donde estaba su copiloto, evidentemente un compañero de trabajo, e intentó seducir a la mujer por todos los medios, teniendo en cuenta que estaba en un vehículo en marcha. El Caminante observó la situación con un dejo de simpatía, y luego concentró su atención en el hecho.
Primero miró a la joven, para ver si estaba buena. Y efectivamente, lo estaba, pero no hacía caso a las obscenas invitaciones del conductor desesperado. Evidentemente acostumbrada a este tipo de casos, sólo se dedicaba a mirar, con paciencia, hacia el horizonte de cemento para esperar su colectivo.
La altivez de ella no amedrentó al buen hombre, que seguía con su poética cordobesa del tipo “¡dale mi vida, subite acá atrás u nratito y haceme feliz, no seas odiosa bombonazo!”, y epítetos peores que no vale la pena transcribir. No cedía, no negociaba, no perdía de vista su objetivo: subir a la mina, echar a su amigo y todo con la Traffic en marcha. Pero no hubo caso, la joven siguió mirando al horizonte y ni siquiera se despeinó ante semejante demostración de caballerosidad precaria.
Él, quizá cabizbajo, aceleró a toda marcha y continuó con su vida, con una derrota a cuestas.
El Caminante miraba con simpatía aquél usual suceso en la Córdoba de la Nueva Andalucía, pero no pudo evitar detenerse en la Traffic, cuando ésta aceleraba hacia lo desconocido. Detrás, en las puertas laterales de la caja, el vehículo tenía una leyenda que decía: “Punilla, Servicios Fúnebres”.
Una mueca surgió de la boca del caminante, quien pudo al fin comprender paradoja del pobre hombre.
¡Cuántos entierros ajenos y tristes!
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