viernes, 23 de mayo de 2008

Un velo ennegrecido

La tormenta eléctrica rompe mi paz relativa entre la corriente y el agua. No es de noche, ni de día. La vida es como un letargo eterno en el cual los meses se hacen minutos y los minutos años y los años segundos. Da igual. Mis ojos posan en la inmundicia de un velo ennegrecido por la podredumbre humana. Más allá reposa el dolor de la multitud silenciada y aún más allá el mundo se esconde en su ignorancia fabricada. No ven porque no quieren ver. No ven. Ellos son los que tienen el velo inmundo sobre su cara.
Con los sentidos que me quedan adivino las almas como la mía. Almas que lloran porque saben que llega el final de sus días. Pero lloran porque este purgatorio no sólo les quita la vida; les lacera el espíritu. Ni el más fiel de los creyentes puede creer en el cielo después de vivir en el infierno. Las voces suplican, gritan, claman, susurran, suspiran, ruegan, vuelven a suplicar y a clamar y todo se resume en un macabro círculo de dolor y decepción.
No sé qué más decir. No sé a quién traicionar para que mi lamento se apague; para que mi dolor desaparezca. Sólo quiero volar por el espacio en soledad; inmune a la felicidad pero también a la pena. Al padecimiento de perder la vida bajo un velo. Un velo ennegrecido por la podredumbre humana mientras algún hijo de puta se congracia con su propia conciencia diciendo “por algo será”.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Mientras no seas vos a quien traicionas para que se apague el dolor...Ya lo dijo Sabina, también en el infierno llueve sobre mojado, y el si que ha pasado noches allí.

Abrazo!