La interpretación de la ley formulada
por el oficialismo boliviano para que el presidente Evo Morales pueda
volver a presentarse en los próximos comicios generó un fuerte
debate en torno a la supuesta perpetuación en el poder del
mandatario.
Algunos se refieren a los sistemas
europeos en los que los políticos pueden presentarse indefinidamente
en cargos de liderazgo, otros recuerdan las oscuras consecuencias de
la perpetuación en el poder.
Es un debate interesante y válido. Sin
embargo, la izquierda, o el progresismo, o el socialismo, o como se
quiera llamar a las corrientes alternativas surgidas en Latinoamérica
con el nuevo milenio se deben una discusión más profunda: ¿Qué
pasa con la alternancia?
La permanencia de los líderes
progresistas de la región en el poder desnuda la poca capacidad de
los movimientos alternativos de generar dirigentes que puedan
discutir el liderazgo, que lo cuestionen, que lo asalten.
Si bien es cierto que el debate
político es mucho más rico y enriquecedor en la izquierda que en la
derecha, también es verdad que la izquierda, pese a su efervescencia
política, no genera líderes y suele encolumnarse detrás de
proyectos que terminan por convertirse en personalistas.
Ejemplos recientes, sobran. Dilma
Rousseff debe ser de los cuadros políticos más importantes de la
historia latinoamericana. Sin embargo, fue echada de la presidencia
mediante una medida burda, que no obstante contó con un fuerte apoyo
popular. Y ahora el PT depende del regreso de Lula para subsistir.
El kirchnerismo en Argentina ya parte
de un inconveniente: su ismo surge de un apellido (más personalista,
imposible). Pero cuando Cristina ya no podía presentarse, optó por
Daniel Scioli, un dirigente cercano al movimiento, fiel al
movimiento, pero ideológicamente a kilómetros del movimiento.
En Ecuador, la progresista Alianza País
se ha quebrado, dejando al presidente Lenin Moreno a un costado y su
predecesor, Rafael Correa, por el otro.
Resulta curioso cómo un sector
político en el que el debate político es rico e intenso, en el que
la juventud suele tener un papel preponderante y la militancia se
impulsa y premia, no genera cuadros para acelerar la alternancia,
mientras que la derecha, que propone la antipolítica, que premia la
despolitización y castiga la militancia, cuenta con una notable
facilidad para encontrar líderes.
¿Será que los líderes de la derecha
no son en realidad los líderes? Es posible, pero así y todo, la
alternancia en la derecha es mucho más sencilla que en el
progresismo, o izquierda o neosocialismo, o como se le quiera llamar.
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