El mozo subía a declarar lentamente, arrastrando los pies, como tratando de demorar su turno. Tenía los ojos bien abiertos, las cejas algo arqueadas y evitaba fijar la mirada, que iba del juez a su abogado, de su abogado al juez, del juez a la familia de la víctima, de la familia de la víctima a su abogado.
Miraba para todos lados, salvo hacia el fiscal, cuya imponente figura, enfundada en un lustroso traje, lo desafiaba siguiéndolo con la misma expresión que debe poner el tiburón cuando va a cazar a su presa. Él lo notaba, no hace falta mirar a alguien para saber cómo lo está mirando a uno.
Llegó al estrado,
dio media vuelta en sí mismo y se sentó en ese odioso banquito. El
único traje que tenía, de color marrón, le quedaba un poco grande.
Se le formaban plieges en la zona de los huevos, las botamangas
tocaban el piso y el saco, abierto, abrazaba el banquito dando la
sensación de que el mozo tenía seis piernas, cuatro de madera y dos
de carne y hueso.
El fiscal se le
acercó lentamente, de modo teatral, comiéndolo con los ojos.
Faltaba el ¡chan, chan, chan, chan! de Tiburón y la escena
estaba completa. El mozo esta vez no podía escapar, y perdió el
primer duelo: no pudo sostenerle la mirada. El fiscal se regodeaba en
ese pequeño truinfo, que advertía una victoria aplastante.
-¡Señor Torres!-
el fiscal se movía lentamente, con las manos detrás de la espalda y
la cabeza hacia adelante cuando estaba callado, y se quedaba quieto y
movía aparatosamente las manos cuando hablaba- En primer lugar,
quiero dejar en claro una cuestión: ¿usted admite haber servido al
difunto Correa una ración de vino tinto y sandía?
-S-sí, señor.
-Bien, es importante
empezar por lo importante, valga la redundancia- giro teatral hacia
el público, y breve silencio esperando alguna risa que nunca llegó,
nuevo giro de resignación-. Bueno, decía que es importante que
usted admita haber servido la ración mortífera. Ahora, por favor,
recuerde que ha jurado decir la verdad, ¿usted estaba consciente de
que la combinación de la sandía y el vino tinto puede resultar
mortífera?
Torres abrió grande
los ojos, era la enésima vez que explicaba lo mismo, pero nunca
estuvo tan nervioso como en esa oportunidad. -Mire, yo había
escuchado eso, por supuesto, creo que todo el mundo lo sabe, pero
creí que era un mito, nomás...
-¡Nadie le preguntó
sobre sus opiniones, señor Torres!, responda sólo a la pregunta,
por favor, ¿sabía o no sabía que la sandía y el vino tinto,
combinados, pueden causar la muerte?
-Sí, señor, lo
sabía, ¡pero creía que era un mito!
-¡Evidentemente no
lo es, señor Torres!, ya ve lo que le pasó al difunto Correa por su
negligencia- el fiscal giró en sí mismo con una mano apoyada sobre
el mentón y la otra sosteniendo el codo. Miraba hacia el piso y
demostraba una concentración suprema. Volvió a girar, como si se le
hubiera ocurrido algo de pronto, y avanzó con celeridad hacia
Torres, quien instintivamente se inclinó hacia atrás, tanto que
casi se cae de la silla.
-Usted me dijo que
pensó que era un mito, ¿verdad, señor Torres?
-S-sí, señor.
-¿Y por qué cuando
recibió la orden del finado Correa entró a la cocina burlándose?
Cito las palabras, señor juez, 'el gordo de la mesa 12 pidió
sandía y vino tinto... ¡está boleta!'.
Torres
enmudeció y abrió tanto los ojos que parecía que iban a saltar de
su rostro para huir y nunca más regresar. -Y-yo nunca dije eso,
señor- musitó suspirando.
-¿Niega
que no hizo ese comentario ante Alfonso Cárdenas, el ayudante de
cocinero del restaurante para el que usted trabaja?
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'Saliste en la
tele', era la frase que más
había escuchado desde el día anterior, tras una breve conferencia
de prensa que había brindado a varios canales de TV y radios, ante
el comienzo del juicio.
La
exposición primero lo había perturbado un poco, pero cuando observó
que recibía un nuevo trato, el de una celebridad, y que gente que no
lo conocía lo miraba con curiosidad, lo dominó la excitación. En
sólo 24 horas, compró un nuevo traje, anteojos más modernos para
reemplazar a aquel horrible armatoste que le cubría la mitad de la
cara y cambió el peinado, ahora su cabello negro estaba prolijamente
hacia atrás, ayudado por una generosa cantidad de gomina.
-¡Yo
nunca dije eso, señor, Alfonso está inventando todo!
-Si
usted me dijo hace unos momentos que tenía conocimiento del
problema, que sabía que si servía sandía con vino tinto ponía en
riesgo la vida de un cliente, ¿por qué he de creerle que no hizo
algún comentario?
-¡Porque
yo nunca creí que ese mito fuera cierto!, ¿cómo voy a pensar que
alguien puede morirse por eso?
-¡Porque
usted sabía que hacía mal, porque usted tenía conocimiento del mal
que estaba causando, porque eso es lo fáctico, porque usted mismo lo
admitió! Entonces -suspiro teatral, mirada oscilante entre el
público, el juez y el acusado-, yo sé que usted sabía que la
sandía y el vino tinto son nocivos. Sé, por un testigo que pronto
se va sentar en ese mismo asiento, que usted hizo un comentario,
confirmando que sabía del problema y hasta burlándose de la víctima
por su peso. Yo sé todas esas cosas que lo implican seriamente, mi
amigo. Ahora usted jura y perjura que nunca se burló del gord... del
difunto Correa y se ubica en la perversa comodidad de enfrentar una
palabra contra la otra. Pero le digo, mi amigo, que lo voy a carear
con Alfonso y no sólo eso, le digo que el solo hecho de que usted
haya sabido que la sandía y el vino tinto hacen mal lo convierte en
culpable, aunque no haya hecho un comentario despectivo. El
comentario no es más que un agravante. Por eso le repito, ¿usted
ratifica bajo juramento que nunca se burló del gord... del difunto
Correa?
El
mozo juró. El miedo seguía al acecho, pero en su interior crecía
un fuego que le quemaba las entrañas. Era bronca. No odio, no dolor,
no pena, no enojo, era bronca lisa y llana. Eran ganas de agarrar a
Alfonso del cogote y molerlo a trompadas, no matarlo, no cortarle un
miembro, no torturarlo, sólo cagarlo a trompadas, como se agarran en
un partido de fútbol o a la salida de la escuela. Bajarle un par de
dientes, inflarle el pómulo con un globo morado y romperle el
tabique de la nariz. Cagarlo a trompadas.
Alfonso
fue uno de los más resentidos porque el mozo se ganó a Agustina, la
mujer más linda del restaurante, a la que todos veneraban como a una
Diosa pero ninguno la trató como a una humana. El mozo fue el único
en hacerlo y tuvo su merecido premio.
Pero
Alfonso no estaba contento. Apenas llegó Agustina al restaurante,
acudió a una de las tretas más bajas del hombre cuando la atención
de una señorita está en juego, el amor. Alfonso decía haberse
enamorado de Agustina. De ese modo, neutralizaba a sus rivales bajo
el postulado de que los amigos no compiten por una mujer si uno de
ellos está enamorado. Pero en este caso, la movida de Alfonso era un
tanto desesperada, pues estaba casado. Por lo tanto, el código de
amistad no tenía vigor si el presunto enamorado tenía a una esposa
de la que no pensaba separarse.
La
regla no escrita del enamorado existía no sólo porque el amor es un
sentimiento poderoso, sino por consideración al amigo que, al estar
enamorado, quería compartir su vida con la dama en cuestión. Los
que no lo estaban sólo querían unos minutos de placer. Alfonso
estaba casado y además su declaración era poco creíble, por cuanto
apenas si había intercambiado un par de palabras con Agustina.
Al
mozo no le pareció digna de respeto la declaración, al contrario,
la consideró indigna, y por lo tanto no cesó en sus lances con
Agustina, hasta que tuvo éxito. Si hubiera sabido que las
consecuencias serían nefastas al punto de que le ganarían un falso
testimonio que podría mandarlo a la cárcel, quizá se lo habría
pensado dos veces.
-Juro
que no hice ese comentario-, respondió el mozo, corrigiendo su
primer juramento.
-Que
conste en actas que el señor ha negado tal comentario, que juró por
lo más sagrado que nunca se burló del difunto Correa...
-¡No!
Yo no dije que no me haya burlado del gordo, dije que no hice un
comentario sobre la sandía y el vino tinto.
Un
murmullo recorrió el tribunal. El juez miró al mozo con severidad y
el fiscal se regodeó en su triunfo. Lo tenía en la palma de su
mano.
Dio
un lento rodeo entre el banquillo de los testigos y su escritorio,
meneando la cabeza y asegurándose de captar la atención, y volvió
a toda velocidad hacia el mozo.
-¡Primero
dice que no habló, luego que habló pero que no dijo lo que dijo!,
usted está metido en un gran lío, mi amigo. Es una máquina de
contradecirse, por decirlo de algún modo- dio media vuelta y se
dirigió al público-, damas y caballeros, señor juez, ustedes lo
han escuchado, este señor dice y se desdice con un descaro
insultante. Cree que está con sus amigotes en la cocina del
restaurante, donde al parecer se burla de la tragedia, del dolor de
los demás. Repito una vez más, ¿hizo o no hizo algún comentario
sobre el pobre gordo?
-Hice
un comentario, pero no hablé de la sandía y el vino tinto, eso es
lo que yo...
-¡Ah
bueno, ahora el señor admite haber hecho un comentario! Espero que
todos hayan escuchado con claridad la contundencia de estas
declaraciones. El señor Torres, un mozo con más de 20 años de
experiencia, le sirvió sandía y vino tinto a un hombre, sabiendo
que era una mezcla mortífera. Y, para colmo de males, se burló del
finado en la cocina. Creo que no hay más que decir. Señor Torres,
puede usted retirarse.
Torres
dejó el banquillo devastado. No era una luz, pero no lo necesitaba
para saber que se le venía la noche, que no tenía salida de ese
insólito embrollo. Sentía que la suerte estaba echada, y no había
errado en su deducción.
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| Fuente: 8300.com.ar |
El caso fue célebre, el primero de su tipo, mas no el último. En los siguientes años, decenas de mozos fueron enjuiciados por servir sandía con vino tinto, en una dinámica que se transformó en un lucrativo negocio, en el cual cientos de personas iban a los restaurantes, pedían la combinación fatal, simulaban un dolor de muerte y después demandaban al establecimiento y al desgraciado que les entregó el juicio en bandeja.
Al
mozo lo condenaron de homicidio culposo simple, por lo tanto zafó de
la prisión, pero el estigma lo persiguió por años. Nunca más pudo
volver a hacer lo que sabía, servir mesas, y le costó encontrar
trabajo. La desesperación lo llevó a integrar una banda que asaltó
un supermercado, pero su esencia amable (aptitud fundamental para un
mozo) lo traicionó en pleno atraco. Mientras sus compinches huían
con el botín, Torres se detuvo a ayudar a una vieja que se había
caído, y el encargado del supermercado lo hirió de un escopetazo.
Fue a la cárcel por cinco años.
El
fiscal cobró la notoriedad pública que buscaba gracias al caso.
Pocos años después fue elegido como Fiscal Anticorrupción y lanzó
su carrera política.
En
plena campaña por la intendencia de Córdoba, fue hallado muerto de
un tiro en la frente. A su lado, había una servilleta blanca con las
iniciales L.M. Algunos especialistas en casos policiales creyeron que
el hecho fue obra de la Liga de los Mozos, una organización secreta
que reúne y protege a los trabajadores de la bandeja. Hace años,
ellos fueron los encargados de hacer circular un rumor que se
transformó en dicho popular: nunca te enfrentes a un mozo,
porque puede mearte la sopa.



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