miércoles, 23 de diciembre de 2015

Trump: la pistola detrás de la islamofobia


Donald Trump es el extremo de uno de los postulados más cínicos de la comunicación: decir lo que la gente quiere escuchar.

La ciencia de la encuesta tomó por asalto a la política, escribiendo guiones cuidadosamente interpretados por los nuevos líderes, que se excusan bajo la falacia más repetida: lo que la gente quiere escuchar.

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Fuente: Sott.net
Si la gente quiere escuchar una propuesta de cambio, un discurso conciliador, se le da un discurso conciliador y una propuesta de cambio. Si la gente quiere escuchar a un líder fuerte, que ordene el desorden y venza a los malos, entonces Trump se peina el peluquín, se calza las botas y los vaqueros y se sube al caballo de John Wayne para construir una épica que de tan épica ya es comedia, aunque una peligrosa comedia.

Pero detrás de lo que la gente quiere escuchar y debajo de los estudios de opinión, es indispensable un sustento intelectual, que apuntale los discursos políticos.

En ese sustento es donde hay que centrar un análisis, pues si se estudian las bases, se descubren las intenciones detrás de los discursos.

Con el objeto de respaldar su islamofobia, Trump acudió más de una vez a Frank Gaffney, un funcionario de medio pelo de la administración Reagan, fundador del Centro para las Políticas de Seguridad (CSP, por sus siglas en inglés), un think thank de extrema derecha que busca sustentar el racismo, en general, y la islamofobia, en particular.

El CSP se define como una fuerza especial en la guerra de ideas y guarda secreto sobre quiénes son sus donantes. Pero ese celo no duró mucho, la revista estadounidense Salón reveló el año pasado que seis de las contratistas más grandes del sector de defensa (vendedoras de armamento y otras yerbas para las aventuras bélicas estadounidenses) aportaron miles de dólares a la causa cruzada de Gaffney.

Boeing; General Dynamics; Lockheed Martin; Northrup Grumman; Raytheon y General Electric sacaron la chequera y entregaron, entre todas, unos 85.000 dólares para la causa anti musulmán.

No es una teoría conspirativa

Caer en teorías conspiracionistas es una tentación del análisis, porque a todos nos gustaría descubrir un secreto que tambalee el mundo.

De hecho, es uno de los trabajos de Gaffney y su CSP, por ejemplo con la nacionalidad de Barack Obama o su supuesta inclinación ante el enemigo musulmán, llegando a publicar una nota en el Washington Times, llamada “El voto jihadista”, en referencia al apoyo al presidente de Estados Unidos.


Pero lo que aquí se analiza no es una teoría conspirativa, sino un camino que traza un círculo perfecto, como dibujado por la muñeca del mejor pintor.

La guerra, los proveedores de la guerra, la islamofobia, CSP, Gaffrey, muchos medios de comunicación y Trump tejen relaciones directas e indirectas para construir una idea de inseguridad y odio que colabora en perpetuar el estado militarizado estadounidense. Porque, no nos engañemos, Estados Unidos es un país militarizado.

Mientras los medios, al tipo Fox, y personajes como Trump se convierten en voceros de la islamofobia, Gaffney y su CSP dibujan con magna imaginación dudosos estudios que revelan, por ejemplo, que el 25% de los musulmanes que viven en el gigante del norte creen que la violencia contra Estados Unidos está justificada como una parte de la jihad global.

Unos hablan, los otros piensan (o imaginan, da igual), la gente escucha lo que quiere escuchar y las empresas que usufructúan jugosos contratos de defensa gastan unos pocos dólares para encender los parlantes, educar los oídos y llevarse los cheques de los furiosos contribuyentes. Y todos se empachan con litros y litros de poder. 

Porque, para ir a la guerra, el odio es esencial. Y para vender armas, hace falta la guerra.  

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