Donald Trump es el extremo de uno de los postulados más cínicos de la comunicación: decir lo que la gente quiere escuchar.
La ciencia de la encuesta tomó por asalto a la política, escribiendo guiones cuidadosamente interpretados por los nuevos líderes, que se excusan bajo la falacia más repetida: lo que la gente quiere escuchar.
| Fuente: Sott.net |
Pero
detrás de lo que la gente quiere escuchar
y debajo de los estudios de opinión, es indispensable un sustento
intelectual, que apuntale los discursos políticos.
En ese sustento es
donde hay que centrar un análisis, pues si se estudian las bases, se
descubren las intenciones detrás de los discursos.
Con el objeto de
respaldar su islamofobia, Trump acudió más de una vez a Frank
Gaffney, un funcionario de medio pelo de la administración Reagan,
fundador del Centro para las Políticas de Seguridad (CSP, por sus
siglas en inglés), un think thank de extrema derecha que busca
sustentar el racismo, en general, y la islamofobia, en particular.
El CSP
se define como una fuerza especial en la guerra de ideas
y guarda secreto sobre quiénes son sus donantes. Pero ese celo no
duró mucho, la revista estadounidense Salón reveló
el año pasado que seis de las contratistas más grandes del
sector de defensa (vendedoras de armamento y otras yerbas para las
aventuras bélicas estadounidenses) aportaron miles de dólares a la
causa cruzada de Gaffney.
Boeing; General
Dynamics; Lockheed Martin; Northrup Grumman; Raytheon y General
Electric sacaron la chequera y entregaron, entre todas, unos 85.000
dólares para la causa anti musulmán.
No es una teoría
conspirativa
Caer en teorías conspiracionistas es una tentación del análisis,
porque a todos nos gustaría descubrir un secreto que tambalee el
mundo.
De
hecho, es uno de los trabajos de Gaffney y su CSP, por ejemplo con la
nacionalidad de Barack Obama o su supuesta inclinación ante el
enemigo musulmán, llegando a publicar una nota en el Washington
Times, llamada “El
voto jihadista”,
en referencia al apoyo al presidente de Estados Unidos.
Pero lo que aquí se analiza no es una teoría conspirativa, sino un
camino que traza un círculo perfecto, como dibujado por la muñeca del mejor pintor.
La
guerra, los proveedores de la guerra, la islamofobia, CSP, Gaffrey,
muchos medios de comunicación y Trump tejen relaciones directas e
indirectas para construir una idea de inseguridad y odio que colabora
en perpetuar el estado militarizado estadounidense. Porque, no nos
engañemos, Estados Unidos es un país militarizado.
Mientras los medios, al tipo Fox, y personajes como Trump se
convierten en voceros de la islamofobia, Gaffney y su CSP dibujan con
magna imaginación dudosos estudios que revelan, por ejemplo, que el
25% de los musulmanes que viven en el gigante del norte creen que la
violencia contra Estados Unidos está justificada como una parte de
la jihad global.
Unos
hablan, los otros piensan (o imaginan, da igual), la gente
escucha lo que quiere escuchar
y las empresas que usufructúan jugosos contratos de defensa gastan
unos pocos dólares para encender los parlantes, educar los oídos y
llevarse los cheques de los furiosos contribuyentes. Y todos se empachan con litros y litros de poder.
Porque, para ir a la guerra, el odio es esencial. Y para vender
armas, hace falta la guerra.
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