lunes, 14 de septiembre de 2015

Populismo: el embudo por donde pasa todo lo malo


Vilipendiado por algunos, defendido por pocos, malinterpretado por muchos, el populismo es uno de los ismos más usados en los debates políticos y es objeto de tantas interpretaciones que se transformó en un término amorfo, camaleónico y maleable, con la capacidad de aggiornarse a las necesidades discursivas del intérprete de turno.

El populismo es el malo de la película, el inodoro del pensamiento político, el punching ball del discurso. Es la demagogia, la izquierda del capitalismo, la derecha de la derecha, la publicidad de un acto de Estado.
El populismo es un montón de cosas, tantas que la pregunta surge inevitable: ¿Qué cuernos es el populismo?
 Cada uno lo entiende a su manera
Tres, cuatro, miles. No importa cuántas notas periodísticas o discursos políticos que mencionan al populismo puedan abarcarse, cada uno de ellos tendrá su propia y particular interpretación.
El colapso del populismo en pleno cambio del contexto global”, de Luis Secco, fue publicado por Perfil el 15 de agosto.
Aunque no hay argumentos sólidos para demostrarlo, Secco analiza al populismo del gobierno nacional desde un punto de vista económico, relacionado casi exclusivamente con el aumento del gasto público (en realidad, debería llamarse inversión pública), la política subsidiaria, la implicación del Estado en la economía y el presunto retraso cambiario. El remedio es archiconocido: devaluar, desrregular la economía, etcétera, etcétera.
En el mismo sentido, Florencia Carbone, en Impregnados por el populismo (La Nación, 4 de agosto), vincula al populismo con el manejo de la economía.
Carbone cita a Héctor Rubini, del Instituto de Investigación de Ciencias Económicas de la Universidad del Salvador, que sin pelos en la lengua compara los gobiernos de Argentina, Venezuela, Bolivia y Ecuador con el nazismo y el fascismo europeos. Al parecer, todos son populistas. ¿Por qué? Según Rubini, porque distribuyen rentas que no se producen.
Marcela Cristini, de FIEL, también citada por Carbone, marca una nueva distinción: popular es el que incluye con política y educación, populista es el que incluye mediante subsidios. El populismo, por lo tanto, es cortoplacista.
Gloria Álvarez, una politóloga guatemalteca, también citada por La Nación, junta en una especie de compota ideológica a los gobiernos progresistas de América latina, con Hitler, Mussolinni, el Syriza griego y el Podemos español, como ejes de dominación sobre poblaciones con pocos diplomas colgados en la pared.
Del otro lado, Beatriz Sarlo y Julio Montero (docente de la UBA), relacionan al populismo con prácticas políticas y electorales cuestionables.
Sarlo, en la melancólica ¿Qué nos pasó?, acusa a Macri y Scioli de aplicar la “demagogia populista” de la fórmula “estar con la gente”, como si tuviesen que entrevistarse cara a cara con cada habitante del país para demostrar que son como nosotros.
Montero, en El populismo cancela el debate político (Clarín, 17/8/15), acusa al populismo de erosionar el debate político porque “sustituye la construcción colectiva del bien común por la aceptación ciega de una verdad revelada”. Para ello se vale de una propaganda invasiva, una parva de intelectuales orgánicos y funcionales para legitimarse ante el pueblo y construir una grieta en medio de la sociedad.
En el ámbito político, la cosa no es muy diferente. Luis de Guindos, ministro de Economía español (Partido Popular), afirmó que el premier griego, Alexis Tsipras, llevó a Grecia a una situación crítica por sus intentos de rebelión a las políticas de austeridad europeas, y advirtió que los "cantos de sirena del populismo acaban generando espejismos y solo dejan promesas incumplidas, frustración y descontento social".

Todo y nada
Sólo cinco opiniones y ya el populismo se manifiesta como un pastiche, una palabra inventada para aglutinar todo aquello con lo que no estamos de acuerdo o, peor aún, un recurso de manipulación para espantar a los distraídos.
Pero lo más notable es que, de acuerdo a los argumentos expresados en estas notas, todas las fuerzas políticas y económicas (y periodísticas) son, en menor o mayor medida, populistas.
Si tomamos la definición de populismo expresada por Montero, entonces comparar a gobiernos democráticos con el nazismo y el fascismo es populista, por cuanto no reconoce al contrincante político como un ser pensante, sino como un peligro comparable con Hitler o Mussolinni.
Ni qué hablar de la guatemalteca Álvarez, que establece una diferenciación social bastante perversa para juntar como ganados a los sectores de la sociedad vulnerables de manipulación (los que no tienen estudios formales) y blindados ante la manipulación (los que estudian).
La asociación entre los diplomas y el blindaje a la manipulación es peor que el populismo, es estigmatizante. Además, si el populismo existe porque hay gente que no estudia, no se explica que según Montero el populismo se valga de un pilar intelectual, evidentemente sostenido por gente que estudia.
Sarlo se apoya en una práctica marketinera realizada, de una forma u otra, por todos los políticos de los últimos 60 años (más o menos desde que existe el marketing político, con la campaña de Dwight Eisenhower).
La identificación del político (o la marca de un producto) con sus consumidores/votantes es esencial para el marketing y, en todo caso, debería ser objeto de una discusión que lejos está del populismo, y más cerca de la mercantilización de la política y la asociación ciudadanía/consumismo.
El propio Montero manifiesta un ideal exageradamente amable del debate político, eliminando la distancia entre la negación o demonización del rival y la hermandad interpartidaria, cuando la relación es inversa: la amplitud de propuestas ideológicas implica un debate encendido y dificulta el reconocimiento del otro como un sujeto político coherente, pero enriquece la realidad política de una sociedad y amplía la representatividad.
Una cosa es la demonización del rival, y otra es la eliminación del debate. Y, desde su propio punto de vista, acusar a los “populismos latinoamericanos” de eliminar el debate político (una práctica aberrante y antidemocrática) es una forma de populismo.
Lo de De Guindos no merece mucho análisis. El ministro de economía pertenece a un partido que fue a Irak con Estados Unidos y participó de la falsa acusación a ETA cuando los atentados del 11M.

El populismo no es nada y es todo. Es la palabra usada para dar miedo, para manipular a las masas; es el enemigo invisible, un enemigo que no existe. Es, por lo tanto, demagogia.
El populismo es entonces un término populista.
O, quizá, habría que referirse al populismo como lo hizo Ernesto Laclau: “El populismo no tiene un contenido específico, es una forma de pensar las identidades sociales, un modo de articular demandas dispersas, una manera de construir lo político... Lejos de ser un obstáculo, el populismo garantiza la democracia, evitando que ésta se convierta en mera administración".


REFERENCIAS:
Secco, L. El colapso del populismo en pleno cambio del contexto global. Diario Perfil, 15/8/15. http://www.perfil.com/columnistas/El-colapso-del-populismo-en-pleno-cambio-del-contexto-global-20150815-0022.html

Carbone, F. Impregnados por el populismo. Diario La Nación, 4/8/15. http://www.lanacion.com.ar/1815896-impregnados-por-el-populismo

Sarlo, B. ¿Qué nos pasó? Diario Perfil, 16/8/15. http://www.perfil.com/columnistas/Que-nos-paso-20150816-0018.html

Montero, J. El populismo cancela el debate político. Diario Clarín, 17/8/15. http://www.clarin.com/opinion/Democracia-Justicia-Fraternidad-Pensamiento_unico_0_1414658560.html

Arenes, C. Ernesto Laclau: "El populismo garantiza la democracia". Diario La Nación, 10/7/2005. http://www.lanacion.com.ar/719992-ernesto-laclau-el-populismo-garantiza-la-democracia

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