Vilipendiado por
algunos, defendido por pocos, malinterpretado por muchos, el
populismo es uno de los ismos más usados en los debates políticos y
es objeto de tantas interpretaciones que se transformó en un término
amorfo, camaleónico y maleable, con la capacidad de aggiornarse a
las necesidades discursivas del intérprete de turno.
El populismo es el
malo de la película, el inodoro del pensamiento político, el
punching ball del discurso. Es la demagogia, la izquierda del
capitalismo, la derecha de la derecha, la publicidad de un acto de
Estado.
El populismo es un
montón de cosas, tantas que la pregunta surge inevitable: ¿Qué
cuernos es el populismo?
Tres, cuatro, miles. No importa cuántas notas periodísticas o
discursos políticos que mencionan al populismo puedan abarcarse,
cada uno de ellos tendrá su propia y particular interpretación.
“El
colapso del populismo en pleno cambio del contexto global”,
de Luis Secco, fue publicado por Perfil el 15 de agosto.
Aunque
no hay argumentos sólidos para demostrarlo, Secco analiza al
populismo del gobierno nacional desde un punto de vista económico,
relacionado casi exclusivamente con el aumento del gasto público (en
realidad, debería llamarse inversión
pública),
la política subsidiaria, la implicación del Estado en la economía
y el presunto retraso cambiario. El remedio es archiconocido:
devaluar, desrregular la economía, etcétera, etcétera.
En
el mismo sentido, Florencia Carbone, en Impregnados
por el populismo
(La Nación, 4 de agosto), vincula al populismo con el manejo de la
economía.
Carbone cita a Héctor Rubini, del Instituto de Investigación de
Ciencias Económicas de la Universidad del Salvador, que sin pelos en
la lengua compara los gobiernos de Argentina, Venezuela, Bolivia y
Ecuador con el nazismo y el fascismo europeos. Al parecer, todos son
populistas. ¿Por qué? Según Rubini, porque distribuyen rentas que
no se producen.
Marcela Cristini, de FIEL, también citada por Carbone, marca una
nueva distinción: popular es el que incluye con política y
educación, populista es el que incluye mediante subsidios. El
populismo, por lo tanto, es cortoplacista.
Gloria Álvarez, una politóloga guatemalteca, también citada por La
Nación, junta en una especie de compota ideológica a los gobiernos
progresistas de América latina, con Hitler, Mussolinni, el Syriza
griego y el Podemos español, como ejes de dominación sobre
poblaciones con pocos diplomas colgados en la pared.
Del otro lado, Beatriz Sarlo y Julio Montero (docente de la UBA),
relacionan al populismo con prácticas políticas y electorales
cuestionables.
Sarlo,
en la melancólica ¿Qué
nos pasó?,
acusa a Macri y Scioli de aplicar la “demagogia populista” de la
fórmula “estar con la gente”, como si tuviesen que entrevistarse
cara a cara con cada habitante del país para demostrar que son como
nosotros.
Montero,
en El populismo
cancela el debate político
(Clarín, 17/8/15), acusa al populismo de erosionar el debate
político porque “sustituye la construcción colectiva del bien
común por la aceptación ciega de una verdad revelada”. Para ello
se vale de una propaganda invasiva, una parva de intelectuales
orgánicos y funcionales para legitimarse ante el pueblo y construir
una grieta en medio de la sociedad.
En el ámbito político, la cosa no es muy diferente. Luis de
Guindos, ministro de Economía español (Partido Popular), afirmó
que el premier griego, Alexis Tsipras, llevó a Grecia a una
situación crítica por sus intentos de rebelión a las políticas de
austeridad europeas, y advirtió que los "cantos de sirena del
populismo acaban generando espejismos y solo dejan promesas
incumplidas, frustración y descontento social".
Todo
y nada
Sólo cinco opiniones y ya el populismo se manifiesta como un
pastiche, una palabra inventada para aglutinar todo aquello con lo
que no estamos de acuerdo o, peor aún, un recurso de manipulación
para espantar a los distraídos.
Pero lo más notable es que, de acuerdo a los argumentos expresados
en estas notas, todas las fuerzas políticas y económicas (y
periodísticas) son, en menor o mayor medida, populistas.
Si tomamos la definición de populismo expresada por Montero,
entonces comparar a gobiernos democráticos con el nazismo y el
fascismo es populista, por cuanto no reconoce al contrincante
político como un ser pensante, sino como un peligro comparable con
Hitler o Mussolinni.
Ni qué hablar de la guatemalteca Álvarez, que establece una
diferenciación social bastante perversa para juntar como ganados a
los sectores de la sociedad vulnerables de manipulación (los que no
tienen estudios formales) y blindados ante la manipulación (los que
estudian).
La asociación entre los diplomas y el blindaje a la manipulación es
peor que el populismo, es estigmatizante. Además, si el populismo
existe porque hay gente que no estudia, no se explica que según
Montero el populismo se valga de un pilar intelectual, evidentemente
sostenido por gente que estudia.
Sarlo se apoya en una práctica marketinera realizada, de una forma u
otra, por todos los políticos de los últimos 60 años (más o menos
desde que existe el marketing político, con la campaña de Dwight
Eisenhower).
La identificación del político (o la marca de un producto) con sus
consumidores/votantes es esencial para el marketing y, en todo caso,
debería ser objeto de una discusión que lejos está del populismo,
y más cerca de la mercantilización de la política y la asociación
ciudadanía/consumismo.
El propio Montero manifiesta un ideal exageradamente amable del
debate político, eliminando la distancia entre la negación o
demonización del rival y la hermandad interpartidaria, cuando la
relación es inversa: la amplitud de propuestas ideológicas implica
un debate encendido y dificulta el reconocimiento del otro como un
sujeto político coherente, pero enriquece la realidad política de
una sociedad y amplía la representatividad.
Una cosa es la demonización del rival, y otra es la eliminación del
debate. Y, desde su propio punto de vista, acusar a los “populismos
latinoamericanos” de eliminar el debate político (una práctica
aberrante y antidemocrática) es una forma de populismo.
Lo de De Guindos no merece mucho análisis. El ministro de economía
pertenece a un partido que fue a Irak con Estados Unidos y participó
de la falsa acusación a ETA cuando los atentados del 11M.
El populismo no es nada y es todo. Es la palabra usada para dar
miedo, para manipular a las masas; es el enemigo invisible, un
enemigo que no existe. Es, por lo tanto, demagogia.
El populismo es entonces un término populista.
O, quizá, habría que referirse al populismo como lo hizo Ernesto
Laclau: “El populismo no tiene un contenido específico, es una
forma de pensar las identidades sociales, un modo de articular
demandas dispersas, una manera de construir lo político... Lejos de
ser un obstáculo, el populismo garantiza la democracia, evitando que
ésta se convierta en mera administración".
REFERENCIAS:
Secco,
L. El colapso del populismo en pleno cambio del contexto global.
Diario Perfil, 15/8/15.
http://www.perfil.com/columnistas/El-colapso-del-populismo-en-pleno-cambio-del-contexto-global-20150815-0022.html
Carbone,
F. Impregnados por el populismo. Diario La Nación, 4/8/15.
http://www.lanacion.com.ar/1815896-impregnados-por-el-populismo
Sarlo,
B. ¿Qué nos pasó? Diario Perfil, 16/8/15.
http://www.perfil.com/columnistas/Que-nos-paso-20150816-0018.html
Montero,
J. El populismo cancela el debate político. Diario Clarín, 17/8/15.
http://www.clarin.com/opinion/Democracia-Justicia-Fraternidad-Pensamiento_unico_0_1414658560.html
Arenes,
C. Ernesto Laclau: "El populismo garantiza la democracia".
Diario La Nación, 10/7/2005.
http://www.lanacion.com.ar/719992-ernesto-laclau-el-populismo-garantiza-la-democracia
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