Los domingos por la mañana se sentaba
en la galería trasera de la Venezia, protegida de las inclemencias
del tiempo con un naylon en el lateral abierto, con una
religiosidad admirable.
Vos llegabas después de las diez,
siempre después de las diez, y él te recibía con una sonrisa. Los
ojos negros le brillaban y el mentón se escondía detrás de la
papada. A un costado tenía el diario, requeteleído, porque para él
las diez de la mañana eran como las cinco de la tarde. En la mesa de
plástico blanco descansaba un pocillo de café, vacío, y un
cenicero con algunas colillas. Tenía un cigarrillo en la mano
derecha, que temblaba sutilmente; demasiado café y demasiado
cigarrillo por una mañana para un hipertenso.
A las mujeres, solía decirles
“corazón”; era el gordo más seductor de la Argentina. Y a vos,
esas mañanas, te saludaba con una exclamación: ¡Patooooo! Haciendo
énfasis en la “o”, extendida.
Apenas te sentabas, empezaba a hablar.
Y dejaba de hacerlo cuando te ibas, cerca del mediodía. Tenía mucho
para decir, pero pocos oídos escuchaban su voz.
Cuando faltabas, porque no podías, o
porque una larga noche impedía que te levantaras, te reclamaba,
mitad en broma, mitad en serio, ¡te esperé el domingo!
Y cuando te fuiste, te preguntó: ¿qué voy a hacer ahora los domingos?
Y cuando te fuiste, te preguntó: ¿qué voy a hacer ahora los domingos?
Siempre luchaste contra el sentimiento
inevitable del egoísmo, cuando alguien enfrenta una pérdida
significativa. ¿Por qué yo?, ¿por qué a mí?, yo no me merecía
esto, ¿qué voy a hacer ahora?, lo necesitaba... si uno quiere al
otro, debería llorar por él, y no por uno mismo.
Pero es inevitable. Vos, tantos años
llenándote la boca contra ese egoísmo desde una tarima demasiado
racional e imaginaria, ahora no podés evadir esa sensación de
ausencia, de que te falta algo que necesitabas.
Te robaron el domingo, y nunca te lo
devolverán.
No hay comentarios:
Publicar un comentario