martes, 9 de abril de 2013

Te robaron el domingo


Los domingos por la mañana se sentaba en la galería trasera de la Venezia, protegida de las inclemencias del tiempo con un naylon en el lateral abierto, con una religiosidad admirable.

Vos llegabas después de las diez, siempre después de las diez, y él te recibía con una sonrisa. Los ojos negros le brillaban y el mentón se escondía detrás de la papada. A un costado tenía el diario, requeteleído, porque para él las diez de la mañana eran como las cinco de la tarde. En la mesa de plástico blanco descansaba un pocillo de café, vacío, y un cenicero con algunas colillas. Tenía un cigarrillo en la mano derecha, que temblaba sutilmente; demasiado café y demasiado cigarrillo por una mañana para un hipertenso.
A las mujeres, solía decirles “corazón”; era el gordo más seductor de la Argentina. Y a vos, esas mañanas, te saludaba con una exclamación: ¡Patooooo! Haciendo énfasis en la “o”, extendida.
Apenas te sentabas, empezaba a hablar. Y dejaba de hacerlo cuando te ibas, cerca del mediodía. Tenía mucho para decir, pero pocos oídos escuchaban su voz.
Cuando faltabas, porque no podías, o porque una larga noche impedía que te levantaras, te reclamaba, mitad en broma, mitad en serio, ¡te esperé el domingo!
Y cuando te fuiste, te preguntó: ¿qué voy a hacer ahora los domingos?
Siempre luchaste contra el sentimiento inevitable del egoísmo, cuando alguien enfrenta una pérdida significativa. ¿Por qué yo?, ¿por qué a mí?, yo no me merecía esto, ¿qué voy a hacer ahora?, lo necesitaba... si uno quiere al otro, debería llorar por él, y no por uno mismo.
Pero es inevitable. Vos, tantos años llenándote la boca contra ese egoísmo desde una tarima demasiado racional e imaginaria, ahora no podés evadir esa sensación de ausencia, de que te falta algo que necesitabas.
Te robaron el domingo, y nunca te lo devolverán.  

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