lunes, 17 de mayo de 2010

Pobre es igual a malo

La percepción de la pobreza como un mal a erradicar genera coincidencias en todos los ámbitos y los espectros políticos. Dirigentes, intelectuales y organizaciones sociales unen sus voces al gritar que la pobreza debe ser eliminada de la faz de la tierra. El problema, sin embargo, se produce cuando nos preguntamos cómo se soluciona un mal que aqueja a toda la humanidad.

Algunos acudirán a expresiones como justicia social, políticas redistributivas, un papel central del Estado en la economía, etcétera. Otros, creerán que el camino será incrementar la producción privada y esperar a que la generación de riquezas decante a toda la sociedad. Cada una de estas expresiones provoca adhesiones y rechazos. Pero existe una tercera posición, dominante en los ámbitos más favorecidos de las sociedades, que invoca a otro tipo de desaparición, mucho menos amable que las previamente citadas.
La tercera postura pretende la desaparición de la pobreza haciendo desaparecer a los pobres, literalmente. Algunos, los más extremos, piden “que maten a todos los negros de mierda”, pero otros más humanos apenas proponen que los escondan en algún lugar. El centro de la ciudad de Córdoba, por ejemplo, sería más bello y atraería más turismo si no estuviese infectado por “hombres pidiendo, mujeres con sus bebés y todos con ropas harapientas que dan una mala imagen de la ciudad”. Lo mejor, sostienen, sería apartarlos a lugares recónditos para que no molesten en círculos a los que no pertenecen y vivan cultivando su comida, preferiblemente en medio de una montaña amurallada y protegida con ametralladoras.
La estrategia de esta corriente cada vez mayor (derivada de la segunda posición inicial, aunque con algunos infiltrados de la primera, admitámoslo) consiste en un trabajo semiótico fino pero persistente: reunir el significado de la palabra pobre con la palabra malo.
De esta manera, pueden despotricar contra la inseguridad haciendo referencia al asalto, repudiable por cierto, de un pobre en una casa de familia respetable. Pero evitan referencias directas a otro tipo de inseguridad jurídica, por citar un caso el control de la evasión fiscal o el trabajo en negro, aplicado por grandes empresarios. Eso no es tan inseguro como un hombre con una pistola.
La noción de inseguridad así definida permite una asociación entre el pibe que camina por el centro de cualquier ciudad con síntomas de pertenecer a una clase social desfavorecida (optamos por esta palabra antes que la odiosa expresión clase baja) y un robo inminente. Y deriva en un mayor control, como la averiguación de antecedentes en la ciudad de Córdoba. Basta que tengas un corte de pelo con el flequillo levantado gracias al gel y aplanado por detrás, como formando una especie de delgada barrera capilar, para que un policía te detenga diez o quince minutos porque tenés pinta de choro. Basta ese aspecto para que nosotros, los buenos ciudadanos, crucemos la calle porque le tenemos miedo.
Normalmente, asociamos a los medios de comunicación como los conductores designados para generar nuevas significaciones en una sociedad. Pero olvidamos que los medios son eso, un medio que responde a otros intereses, aún más poderosos. Y que en el papel de medios no sólo juegan los medios de comunicación, sino los personajes ilustres. Un rabino por acá, un padre despechado por allá, y un político como el senador Ernesto Sanz por este otro lado.
El radical Sanz, quien alguna vez dijo que la UCR era la expresión del progresismo en la Argentina, afirmó que la asignación familiar por hijo sancionada el año pasado por el gobierno nacional genera un excedente económico que se vuelca a “drogas y juego”. Aunque sin decirlo, Sanz dijo, si me permiten el juego de palabras, que entregar dinero a los pobres aumenta el delito y la droga. Desde su punto de vista, entonces, el pobre es malo, porque no dirigiría esos ingresos extra a mejorar su calidad de vida y la de su familia (un buen destino de ese dinero sería, por ejemplo, comer todos los días), si no para el vicio y la depravación, aumentando el efecto desmoralizante sobre una sociedad.
Luego aclaró que en sus primeras declaraciones no hizo uso de generalizaciones, pues reconoció la importancia de la asignación universal “en términos técnicos”. Sólo manifestó que ese dinero produce estragos en el conurbano bonaerense. Son ellos, los que viven en las afueras de la gran ciudad, y no lo pobres de otros lugares, los que destinan el dinero de la asignación en juego y drogas. Así, el mendocino creyó evitar la asociación entre pobre y malo, aunque olvidó que en el conurbano (esencialmente peronista) viven unas 10 millones de personas. Entonces, de acuerdo a este mecanismo de raciocinio tan particular, los pobres malos, drogadictos y jugadores empedernidos se encuentran sólo en el conurbano de Buenos Aires. No en otro lugar.
Pero para evitar suspicacias, querido lector, pues la deducción previa pertenece a quien escribe y no al presidente del Comité Nacional de la UCR, transcribiremos al propio Sanz defendiéndose así mismo, como una especie de abogado del diablo, siendo el diablo su propio abogado.
"Es bueno poder aclarar que la Asignación Universal por hijo es buena y hay que ampliarla para que no se diluya por la inflación. El Estado mira para otro lado cuando están proliferando flagelos sociales como la droga y el juego, que afectan a los sectores mas humildes, los que reciben esta asignación".
Mil perdones, pero no puedo dejar de expresar mis sensaciones con la aclaración de Sanz: ¡volvió a repetir que se están proliferando flagelos como la droga y el juego porque los sectores más humildes reciben la asignación universal!, ¿o estoy loco?, ¿ehhh... ehhhh?

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