La noche se cerraba violenta y opresiva
como una manta de lana gruesa que se te cae en la nuca y te obliga a
sentarte en el cordón de la vereda, primero, y a juntar el mentón
contra tus rodillas, después. Porque a la conchuda no le alcanzaba
con saber que estaba hecho mierda, sino que quería que se notara,
aunque nadie iba a pasar por ahí a esa hora. Quería saberlo ella.
No había una sola estrella y la luz de
la calle no funcionaba. El viento apenas si mecía las hojas más
altas de los paraísos que se inclinaban sobre la Rafael Núñez y
los palos borrachos que se abrían desde el cantero del medio.
La escena era habitual para mí, pero
no dejaba de aterrarme. Daba un miedo de la concha de la lora,
faltaba que apareciera un tarado con una máscara blanca con agujeros
y me cagaba encima. Y esa noche de mierda, seguro que aparecía, lo
estaba esperando a él o al otro, al Freddie, rayando los palos
borrachos y cagándose de risa del solitario abandonado que hundía
el mentón entre sus rodillas.
Y el puto del Cuarenta que no venía. A
la madrugada, pasaba cada hora, hora y media. Un armatoste verde que
se escuchaba a muchas cuadras, se lo escuchaba antes de verlo. Si el
rayo le ganaba al trueno, el Cuarenta perdía como por doce cuadras
contra el sonido, según mis cálculos de martes a la madrugada
después de firmar.
El petiso apareció ahí, entre la
meditación, la cerrazón de la garganta para evitar el llanto del
abandonado, el cagazo porque Freddie o Jason me desayunaran y le
desesperante espera del Cuarenta. Venía de la vereda del frente.
Como que me vio, olfateando, seguro, y se cruzó sin dudarlo. Se
cruzó con la decisión de los que están cagados de hambre y les
chupa un huevo el miedo. Porque este estaba cagado de hambre en
serio. Si Freddie me abría a mí al medio, iba a encontrar dos
costeletas con puré y una cerveza. Si lo abría al Petiso, sólo
escucharía el eco de la cuchilla atravesando los huesos.
El Petiso era blanco al fondo, con
manchas marrones irregulares. Chiquito y cachorro, no tenía más de
tres meses. Que estuviera vivo en una avenida como la Rafael Núñez,
era un milagro. Eso sentí cuando se me acercó: un bicho que
sobrevive de pedo, se merece seguir viviendo, qué sé yo.
Yo estaba también medio sensiblón,
capaz que por eso pensaba en los milagros y el destino manifiesto del
Petiso. La adolescencia se terminaba con el comienzo de la facultad y
un largo noviazgo de noches y noches sentado solo esperando el
Cuarenta cuando me iba de su casa. Y más tiempo arriba del bondi y
después a caminar como un condenado hasta llegar a mi casa.
Y esa noche en particular, la noche
cerrada del Petiso, me acababan de mandar a la mierda. Qué éramos
chicos para tanto noviazgo, que necesitábamos espacio, aire, tiempo,
distancia, otras pijas, otras conchas, otras tetas, otras barbas,
viajar, ver el mundo, estudiar, conocer gente nueva, divertirnos...
en fin, lo que sea que haya que hacer, pero por separado. Y si
después de suficientes viajes y estudios y pitos y conchas y
distancias y tiempos y espacios nos seguíamos gustando, bueno,
veríamos. Yo la mandé a la mierda, diciéndole que no iba a estar
ahí esperándola, pero sí, iba a estar en donde sea porque me iba a
seguir gustando para siempre de los siempres. Así que estaba en eso,
tratando de convencerme de que tenía que tomar ese tiempo para
divertirme y después volver, porque ni en pedo me iba a dejar de
gustar. Estaba ahí enterrado en las rodillas, aguzando el oído para
cazar al Cuarenta y cagado porque Jason me iba a abrir como una
naranja en cualquier momento y yo no veía un choto, pero al menos
iba salir corriendo, ya que en las películas los malos son lentos y
agarran a sus víctimas porque siempre que salen corriendo, se cagan
de un golpe. ¡Yo ni en pedo me cago de un golpe!
Pero no me hizo falta nada, ni siquiera
el Cuarenta. Así, en la oscura desesperanza, en la soledad del que
acaban de abandonar, el Petiso me olió, cruzó la calle recagado de
hambre y no dudó en quedarse conmigo, aunque cualquiera hubiera
podido advertir que yo no tenía ni para comprar un caramelo. Con el
hocico me levantó la mano derecha para que lo acariciara y trató de
subirse encima mío, el confianzudo. Cuando le devolví la caricia,
se puso a jugar. Iba y venía, ladrando bajito, susurrando, mejor
dicho. Después medio que se cansó y se apoyó en mis piernas. Yo lo
seguí acariciando y nos miramos. “Mirá que no tengo un mango”,
y me miró. “Son como ocho kilómetros”,
y me siguió mirando. “¿En serio te la bancás?”,
y me siguió mirando. Y me paré, y se paró. Y avancé, y avanzó a
mi lado. Y nos fuimos para casa, silbando bajito, uno triste, el otro
cagado de hambre, cabeza con cabeza, echando un poquito de luz a la
noche cerrada, escupiendo alguna estrella al cielo y esperando a
Freddie o Jason para cagarlo a patadas en el culo, porque así de
fuertes éramos los dos juntos.

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