viernes, 25 de septiembre de 2009

Mesa redonda, pero para cinco

La comparación histórica ofrece contradicciones difíciles de justificar. Si programas como TVR, que tienen un archivo limitado, certifican aquél postulado de que nadie resiste al archivo, cuando la búsqueda trasciende las décadas o, incluso, los siglos, la paradoja se torna en aberración. Esclavistas que claman libertad, censores en defensa de la libertad de prensa (ejemplo bastante actual, por cierto), asesinos pacifistas, víctimas transformadas súbitamente en victimarios, débiles devenidos a poderosos o poderosos devenidos en débiles. En fin, los ejemplos y los adjetivos serían eternos. Pero más allá de la vacía enumeración, el postulado inicial tiene una vigencia imborrable e ineludible, incluso para una campaña de prensa.
En Nueva York sucedió el caso que explica toda la introducción. El Consejo de Seguridad de la ONU desarrolló una histórica reunión de presidentes y jefes de Estado. Los mandatarios de los 15 integrantes del máximo organismo ejecutivo de la ONU se reunían en una sala para decir verdades.
Para desburrar un poco, vale la pena explicar que el Consejo de Seguridad es un ente, dentro de Naciones Unidas (ONU) que se encarga de los temas más delicados. Si fuese un sistema de gobierno presidencialista, la Asamblea General sería el Parlamento, a cargo de las cuestiones de fondo y estructurales, y el Consejo el Poder Ejecutivo, llamado a resolver lo urgente, lo que no da tiempo a debate. A modo de ejemplo, la Asamblea nos dice que el bloqueo a Cuba es incorrecto, y el Consejo ordena el envío de tropas a África o le da permiso a Estados Unidos para invadir Afganistán.
Sin embargo, es preciso aclarar, el sistema presidencialista de la ONU funciona defectuosamente. O, mejor, desastrosamente. En principio, por su génesis: en el Consejo hay 15 miembros. Diez de ellos lo integran por un lapso determinado y luego son reemplazados por otro países. Y los otros cinco son miembros permanentes que, entre otras potestades, tienen el derecho de vetar cualquier resolución que adopte el Consejo. Así Estados Unidos anuló sistemáticamente todas las sanciones a Israel, o Rusia demoró las penas contra Irán. Además de los dos mencionados, China, el Reino Unido y Francia son los restantes mosqueteros en esta particular mesa redonda.
Otra de las potestades de los miembros permanentes es el derecho a poseer armas nucleares. Es decir, el derecho legal a poseer armas nucleares. El resto, como India, Pakistán y, se sabe pero no hay pruebas concluyentes, Israel, tienen armas atómicas pero en una especie de limbo legal.
Realizada la rápida y seguramente incompleta explicación, volvemos a lo que nos trae. Decíamos que en un hito histórico, los jefes de Estado de los países que integran el Consejo se reunieron para decir sus verdades y sacarse la foto. Entre esas verdades, y gracias al magnético líder estadounidense Barack Obama, suscribieron un compromiso de reducir los arsenales nucleares.
La medida implica una observación severa a Irán, hoy por hoy uno de los países más malos de esta película porque posee un programa nuclear de dudosa finalidad. Algunos creen que es para tener energía alternativa y otros porque son tan, pero tan malos que quieren construir su propia bomba atómica.
Lo curioso del caso es que dentro de ese Consejo que votó un compromiso tan emblemático se encuentran los únicos cinco países que legalmente poseen armas nucleares. Y entre esos cinco está el que inventó la bomba atómica y el único que la usó, y dos veces, Estados Unidos.
Entonces, la proclama de “liberar al mundo de armas nucleares” debería controlar especialmente a los países que la hicieron posible, Francia, Estados Unidos, el Reino Unido, Rusia y China.
Para establecer una comparación, es como si la Argentina le pidiese a todos los países del mundo que borren el solcito de su bandera, cayendo en la cuenta que quizá la única que tiene una bandera con solcito es la Argentina.
Toda una curiosidad. O, más bien, una aberración, que si nos agarra con las defensas bajas capaz que vamos al Patio Olmos para aplaudirla.

jueves, 17 de septiembre de 2009

Arbolitos


La calle Rivadavia, entre 25 de Mayo y Rosario de Santa Fe, pertenece a lo que los cordobeses conocemos como “la City”, un concepto robado del norte que significaría algo así como el pulmón financiero de una ciudad. O, en criollo, la zona en donde están la mayoría de los bancos y los prestamistas (o financistas, para mencionar el nombre técnico).
El Caminante transita, con sus pies como tracción, a diario por esta zona que pinta un paisaje contradictorio con sus hombres de negro, trajeados ellos, y los linyeras que escogen las cómodas galerías de los bancos para pasar sus noches.
Pero esta zona también ofrece una de las situaciones más curiosas de la ciudad; uno de los secretos peores guardados y más singulares: los arbolitos.
Los arbolitos nacieron en épocas de bicicleta financiera y dólar escaso. Lisa y llanamente,vendían la panacea verde en el mercado negro explotando el enamoramiento argentino por la moneda norteamericana. De hecho, el color del dinero basta para explicar su nombre. Un tipo que estaba siempre parado en el mismo lugar y vendía dólares, no podía llamarse de otra forma que arbolito.
Estos particulares y pintorescos personajes también supieron superar las adversidades gracias a la aparición de unos papelitos que dábamos en llamar bonos Lecor o Lecop, depende la época y el gobernador. Los pagarés que entregó el gobierno provincial sirvieron para darle aire a los arbolitos, castigados en esa época de uno a uno y de crisis terminal.
Pero sobrevivieron, estoicos y aún hoy sobreviven con mayor fuerza quizá.
Uno los puede ver paraditos enfrente de una galería. En el lugar de siempre, un lugar que todos sabemos en donde está, diciendo en voz baja su grito de guerra: “cambio, cambio”. En voz tan baja, que el Caminante casi cree que nadie sabía de ellos, de su presencia, del secreto peor guardado de la ciudad.